Para evitar la guerra (II)

Los fuertes no son los que se pasan el día y la noche aplastando a su prójimo para colocarse en el centro en todas las conversaciones y situaciones de la vida. El de verdad fuerte es el que aguanta, no el que pisa

No confundamos conceptos. Clarifiquemos bien: Los fuertes no son los que van de “guerreros”, los que están haciendo la cusqui a cada momento a los demás; los fuertes no son los que se pasan el día y la noche aplastando a su prójimo para colocarse en el centro en todas las conversaciones y situaciones de la vida. El de verdad fuerte es el que aguanta, no el que pisa. Porque es más difícil aguantar que pisar. ¡Quién no sabe pisar, todos sabemos! “Hacer crítica, destruir, no es difícil: el último peón de albañilería sabe hincar su herramienta en la piedra noble y bella de una catedral. -Construir: ésta es la labor que requiere maestros” (Josemaría Escrivá de Balaguer. Camino, n. 456). Pisando se aplasta, se destroza. Aguantando, en cambio, tenemos la posibilidad de tañer con precisión de relojero la más delicada pieza de música o esculpir la mayor filigrana de orfebrería. Que incluso la disfrutará –no lo olvidemos- el que pisa, si el pisado es humilde y no deja de ceder y de compartir. Así se ganará una filigrana de cielo. Lo saben tantos esposos y esposas, y tantos hermanos y tíos y abuelos, y tantos amigos, y tantos empleados y tantos jefes: ellos son los auténticos líderes, los que dirigen soplando sobre la vela sin usar el timón, ellos son el viento invisible que da y que refresca la vida. Hay en la vida, en la Naturaleza, imágenes que nos lo indican. Una barra de acero templado, tan inflexible él, al ser sometida a presión, se rompe. En cambio, un hilo de seda se adapta a todos los recovecos, y con él hasta podemos bordar y tejer una bella prenda de vestir. El agua no tiene forma, se adapta a cualquier recipiente, en ella podemos nadar y hasta chapotear. Y precisamente porque no se rompe. Y, quizás lo más importante, al tomar la forma y el color de cada recipiente, no pierde su identidad, no deja de ser agua. Y en el caso del ser humano, como tiene alma, seguramente habrá crecido en su vida espiritual al haber mejorado su lucha ascética, desarrollando y hasta creciendo en su identidad. Lo cual no significa que debamos diluirnos en un único brebaje. Cada cual debe permanecer como lo que es. Pero no lo que pretende hacer creer que es. Por tanto, para empezar un diálogo genuino y constructivo, se debe partir de dos o más entes reales, tal y como son, y buscar el encaje de lo que les es común en la única Verdad. Parece fácil, pero lo difícil está en aceptar cada uno su realidad y la del otro, y también la única Verdad.

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