París‘, de Julien Green

Decían los clásicos que el inicio de la reflexión filosófica es la disposición admirativa. Es decir, el hombre contempla con estima la realidad que le…

Decían los clásicos que el inicio de la reflexión filosófica es la disposición admirativa. Es decir, el hombre contempla con estima la realidad que le circunda y se interroga acerca de ella. Y lo hace en grados diversos, tanto en la importancia de la pregunta como en su respuesta.

 

O como dice mi antiguo profesor de metafísica y hoy amigo Nacho Guiu, ésa es la diferencia (con todos los respetos, apostilla él de manera educada) entre un filósofo y un ingeniero: no esperes del segundo que conteste a ninguna de las cuestiones realmente importantes de la vida.

 

Acaso esa inclinación a admirarse ante la belleza se cumpla, como en ninguna otra situación, cuando viajamos por vez primera a ciudades desconocidas para nosotros. Con el tiempo, algunos de esos lugares van indisolublemente unidos a nuestra trayectoria personal. Todos tenemos en la memoria una ciudad, un viaje en los que sentimos una extraña cercanía, un sentimiento de pertenencia a algo común que trasciende el origen local de cada uno.

 

Esa relación se vive de varios modos, pero el más corriente es el asombro estético, la admiración callada ante lo que nos sobrepasa. Es el llamado síndrome de Stendhal, una variante del enamoramiento que se proyecta hacia lo melancólico, hacia un pasado no vivido pero en el que, como Platón, creemos reconocer allí lo que jamás habíamos contemplado, y que llega, en los casos de mayor afectación esteticista, hasta el desmayo y la enfermedad.

 

Los que hemos vivido en París durante algún tiempo, sabemos del indudable atractivo que la ciudad ofrece a todos los que se adentran en sus plazas, callejuelas y puentes. Es una ciudad hermosa como pocas, atrayente y esquiva al mismo tiempo.

 

En el imaginario popular común París representa el ideal de la bohemia, la ciudad de los artistas y literatos, de Hemingway y Picasso, del cubismo y el art nouveau, de Henry Miller y Julio Cortázar; la ciudad, en suma, que reúne todos los tópicos acerca de la plenitud de la vida desgarrada y marginal, esa presunta autarquía alejada de las convenciones sociales al uso, repleta de sensaciones nuevas y de bullicio estético e intelectual. Es la herencia insoportable del romanticismo, que impregna viscosamente nuestro mundo: la sentimentalización de lo racional, el llanto inmotivado, la cursilería estridente.

 

Pero el París que nos ofrece Julien Green es una ciudad callada y sobria, alejada de excesos manieristas. El París de los parisinos. Y relata de ella cosas tan lúcidas como sencillas.
 
«Muchas veces he soñado con escribir sobre París un libro que fuese como un largo paseo sin objetivo, uno de esos paseos en los que uno no encuentra nada de lo que busca, sino un buen número de cosas que no buscaba. De hecho, sólo de esta forma me siento capaz de abordar un tema que me desalienta y me atrae por igual. En efecto, la ciudad sonríe sólo a quienes se le arriman y curiosean por sus calles. A ellos les habla en un lenguaje tranquilizador y familiar. Sin embargo, el alma de París sólo se revela a distancia y desde lo alto, pues es en el silencio del cielo donde puede oírse el gran grito patético de orgullo y de fe que eleva hacia las nubes».
 
Green nació precisamente en París el primer año del pasado siglo, de padres americanos. Tras haber combatido como voluntario en el ejército francés durante la primera guerra mundial, realizó en Estados Unidos estudios superiores lo que le familiarizó con autores como Hawthorne y Blake. Después se estableció en París para estudiar pintura y música.
 
De una profunda conciencia religiosa y filosófica, y perteneciente a una familia de tradición protestante, se convirtió al catolicismo. Murió en 1988. Una de sus obras más conocidas es esta crónica del lugar en el que vivió la mayor parte de su vida, y que conocía y amaba con extraordinaria devoción. Estamos, pues, ante un libro clásico y muy bello, aderezado con veinte fotos de París, todas ellas realizadas por el autor desde los años diez hasta la Segunda Guerra Mundial.
 

París

Julien Green

153 páginas

Editorial Pre-textos,

2006

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