Pedagogía de la tolerancia

La tolerancia constituye uno de los valores fundamentales de las sociedades abiertas. La asignatura Educación para la ciudadanía y los derechos humano…

La tolerancia constituye uno de los valores fundamentales de las sociedades abiertas. La asignatura Educación para la ciudadanía y los derechos humanos la contempla como una de las virtudes fundamentales que se deben transmitir a las nuevas generaciones. Más allá de las suspicacias que pueda levantar una materia como ésta, no cabe duda que la educación para la tolerancia constituye una de las tareas inexcusables en una sociedad democrática, plural y participativa.

Todo ello exige, necesariamente, una honda reflexión en torno a la pedagogía de tal valor. No cabe duda que para vivir correctamente en sociedades plurales, es esencial esta virtud, como lo es también el principio de la equidad.

Nos jugamos mucho en ello, pero según como sea tratado este valor en las instituciones educativas puede acabar identificándose con la permisividad o la indiferencia. Es fundamental trabajar a fondo tal virtud, hurgar en sus cimientos y no deslizarse por encima de ella como si se tratara de un puro ornamento estético.

La tolerancia no es, ningún caso, la indiferencia, sino un modo de sufrimiento. El tolerante no pasa de todo. Siente dolor frente a determinadas expresiones y formas de vida, siente vergüenza ajena y pena en el corazón, pero se contiene, se domina a sí mismo y no niega al otro la posibilidad de expresarse libremente.

El tolerante no desprecia la verdad, tampoco se cree en posesión de la misma, pero la busca y siente dolor cuando observa en su alrededor formas de vida que destruyen la dignidad humana. El tolerante sufre, porque no es un cínico, ni es un escéptico. Le gustaría que la realidad fuera de otro modo, que sus conciudadanos tuvieren otras costumbres, pero aguanta, tolera, soporta estoicamente sus modos de vida, porque sabe que está en juego lo más preciado: la convivencia pacífica.

Por lo que se ve, la tolerancia requiere de una gran dosis de autocontrol emocional y ello exige una práctica educativa seria y dosificada, puesto que la tolerancia no se da de un modo primario, ni espontáneo en el ser humano, sino que es la consecuencia de un largo proceso de aprendizaje.

La tolerancia tiene límites y cuando estos límites se transgreden, es un deber mostrar explícitamente el disenso, sin recurrir jamás a la violencia, pero expresando razonablemente la crítica. Tolerarlo todo es un modo de legitimar la barbarie. La intolerancia puede ser virtud, pero, siempre y cuando se exprese dentro de los cauces de la cortesía, la buena educación y las razones.

La pedagogía para la tolerancia no puede limitarse únicamente a ensalzar esta actitud y contrastarla con la intolerancia, sino que debe insertarse dentro de una educación de virtudes que incluye la apropiación de una cosmovisión que fundamente la ética.

El primer marco para llevar a cabo la transmisión de tal valor es, sin lugar a dudas, el ámbito familiar. La familia es el lugar privilegiado para comprender y practicar la virtud de la tolerancia, tanto en la relación conyugal como en la relación entre padres e hijos, quienes en su niñez y la adolescencia configuran los rasgos típicos de su personalidad.

La familia es, ya, en sí misma una pequeña sociedad, donde conviven personas de edades distintas y que están llamadas a convivir pacíficamente. Vivir en familia es un modo de ejercerse en el arte de tolerar.

En este sentido, la cultura individualista no ayuda lo más mínimo a integrar este valor y menos aún la tendencia a vivir aisladamente, atomizados, separados del resto de los mortales. La familia es, además de escuela de tolerancia, el terreno más propicio para educar en valores como la hospitalidad, la gratuidad y el sentido de la responsabilidad. Si esta institución cumpliera adecuadamente con su tarea social, no serían necesarias, en ningún caso, materias educativas impuestas desde el gobierno de turno para paliar el naufragio moral de la sociedad.

Un ambiente de intolerancia o, por el contrario, de ultratolerancia, influye negativamente en el carácter de los hijos, que tienden a asumir los patrones de comportamiento de sus padres. Una pedagogía adecuada de la tolerancia debe ayudar a los educandos a aprender a controlar las reacciones primarias intolerantes y a discernir ante opiniones o personas que piensan o actúan de manera distinta a la propia.

El quid de la cuestión está en discernimiento de los límites. El completo discernimiento sobre una acción u opinión ajena implica un juicio ético sobre la aceptabilidad de ésta. Si se opta por la inaceptabilidad hay que discernir todavía sobre su tolerabilidad o intolerabilidad, teniendo en cuenta las consecuencias previsibles de ambas alternativas.

El análisis consecuencialista es la clave a la hora de llevar a cabo tal discernimiento. Cuando el asunto pone en tela de juicio los valores fundamentales de la persona, su vida, su integridad física y moral, su dignidad, su salud o bienestar mental, es irresponsable ser tolerante.

La pedagogía de la tolerancia, junto con las otras virtudes éticas, es necesaria dentro del sistema democrático para educar a los ciudadanos en la convivencia interpersonal, internacional, intercultural e interreligiosa.

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