Perforar la banalidad

Algunos analistas de la cultura occidental coinciden en caracterizar nuestra sociedad como banal, como un mundo presidido por la banalidad. La tesis p…

Algunos analistas de la cultura occidental coinciden en caracterizar nuestra sociedad como banal, como un mundo presidido por la banalidad. La tesis parece dar en el clavo, porque, a nuestro juicio, lo banal no sólo está omnipresente en el ámbito audiovisual, sino también en el ámbito educativo, cultural, religioso y político. En sentido estricto, no hay ninguna esfera de la vida social que permanezca ajena al colonialismo de lo banal, ni siquiera la esfera intelectual. También el intelectual tiene que hacer sus guiños a lo banal para poder sobrevivir y no perder el contacto con la realidad.

No resulta fácil caracterizar en qué consiste lo banal, pero, de entrada, se puede definir como lo que se opone a la seriedad, a la gravedad. Lo banal se identifica con lo divertido, con lo superficial. Da la impresión que un producto que se presente socialmente con la etiqueta de la seriedad tiene poco mercado, mientras que cuando un producto se presenta dentro de los márgenes de la banalidad, de lo divertido, de lo ingenioso, tiene amplia recepción. Un alumno me decía el otro día que el existencialismo es muy aburrido porque sus núcleos temáticos son muy graves y serios: la angustia, el sentido, la existencia, la muerte, la situación límite, el drama de la libertad, todo ello le resultaba insoportablemente bochornoso. El citado alumno me sugería que los filósofos no conectan con el mundo, porque se lo toman demasiado en serio y hay que tomárselo más a la ligera. Lo serio no vende.

El imperialismo de lo banal no sólo vale para los productos cuyo fin es divertir, entretener o simplemente liberar al consumidor de sus pesares, sino también de productos políticos, educativos y religiosos. Eso explica porque la banalidad también se impone en el ámbito político y, de hecho, el político que aspira a tener un determinado horizonte de recepción tiene que hacer constantes concesiones a lo banal, pero también debe hacerlo el creador cultural y hasta el referente religioso. Da la impresión, pues, que la seriedad no vende, que no está de moda, que lo grave nos horroriza y que deseamos el consumo de productos más ligeros o, para decirlo con el lenguaje actual, más light.

A menudo, en el ámbito “sagrado” del saber, la universidad, se enjuicia positivamente la labor de un profesor porque, simplemente, es divertido, hace reír a sus alumnos, explica anécdotas curiosas y entretiene a los futuros líderes sociales. En un contexto de esta naturaleza, Edmund Husserl o Martin Heidegger pasarían completamente desapercibidos, porque la dureza del pensar y la sobriedad en la exposición eran algunas de sus características más llamativas cuando desarrollaban el papel de Herr Professor. La broma, el exabrupto, la boutade más o menos oportunista vende y es deseada como agua de mayo.

En los medios de comunicación audiovisual se multiplican un tipo de figuras cuyo rol consiste, fundamentalmente, en distraer, en entretener, en combatir la caída en el tedio, en el aburrimiento. Algunos de ellos se convierten en arquetipos sociales y se les invita a presentar libros o a inaugurar librerías. Actúan como ganchos sociales y su presencia garantiza éxito seguro. Si uno de esos sujetos es invitado a la universidad, el paraninfo rebosa de alumnos y curiosos. Si invitáramos, en cambio, al mismísimo Platón o a Arthur Schopenhauer, deberíamos obligar a los alumnos a que acudieran. En el ámbito libresco, se multiplican productos literarios, filosóficos, psicológicos cuyo fin es el cultivo de la banalidad, de la estupidez. Éxitos editoriales carentes de valor literario que jamás adquirirán la categoría de clásicos, pero que venden… y, mientras tanto, los clásicos agonizan unas estanterías más arriba.

Sociedad banal, sociedad hastiada que necesita bufones virtuales para evadirse, para olvidarse de la lucha cotidiana. Estas figuras juegan, en el fondo, un papel terapéutico, catártico, pues nos liberan de la ardua tarea de pensar, de reflexionar sobre cómo vivimos y qué esperamos. Acertó Bourdieu cuando dijo que estamos instalados ya en la era del postpensamiento.

Tampoco los periódicos calificados de serios no escapan al colonialismo de la banalidad y tienen que hacer concesiones a la galería. Tienen que llenar páginas con las desventuras amorosas del famoso de turno, porque el lector necesita vivir vidas ajenas. Las declaraciones de un sujeto completamente irrelevante desde el punto de vista cultural, social o político, pero que, por extrañas razones, es muy requerido, ocupan un espacio de papel carísimo. Tiene que ocupar un espacio carísimo. Da pena ver como determinados políticos tienen que jugar al juego de la banalidad y hacer unas muecas y piruetas infantiles que no les incomodan, pero que deben hacer para mantener los niveles de popularidad a que aspiran.

Lo serio se ridiculiza, se despacha con una broma. Lo grave se oculta tras las cortinas de la banalidad. No queda bien ponerse muy grave en una discusión, tampoco es necesario argumentar con pasión, parece algo trasnochado esto de defender convicciones, ideas, creencias u opciones espirituales. Todo entra en el formato del juego, del show, del pasatiempo.

Y, sin embargo, el imperio de la banalidad no es invulnerable. Cuando vivimos determinadas experiencias en propia carne, se nos abren los ojos y vemos con una extraña claridad que habitualmente habíamos ocultado. No hay lugar para la banalidad en las salas de urgencias, en los pasillos de las cárceles, en los centros psiquiátricos o en los tanatorios. En determinados lugares, se perfora la banalidad e irrumpe lo serio, la dimensión ignorada de la vida que es mucho más real que la otra, pero que nos empecinamos en ocultarla.

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