Pero ¿hubo o no hubo multiplicación de los panes?

Si no creemos en la multiplicación de los panes, ¿cómo podemos creer en la Eucaristía?

Cuadro de artista italiano del siglo XVII en el Musée de Valence. Foto STUDIO BASSET-Alain Basset.

En una reciente homilía de estos días de la segunda semana de Navidad en que se lee el evangelio de la multiplicación de los panes, escuché al sacerdote decir que en la multiplicación de los panes el milagro había sido la solidaridad, y que la había suscitado Jesucristo al hacer que todos pusieran en común lo que llevaban, pues cada uno seguramente llevaba algo de comer.

Esta interpretación me parece el clásico ejemplo de querer simplificar algo para en realidad complicarlo. Para empezar, el mismo sacerdote no pudo menos que mencionar que a Cristo le daba lástima aquella gente. No dijo por qué le daban lástima, pero según el Evangelio es porque llevaban tres días sin comer y si los despedía a sus casas desfallecerían por el camino. ¿Llevaban tres días sin comer y sin embargo todos llevaban algo de comer? ¿Desfallecerían por el camino olvidando que llevaban comida? ¿El milagro fue la solidaridad o sacarlos de la gilipollez de haberse olvidado de que tenían comida?

La segunda pregunta casi podría esquivarse si pensamos que desfallecerían algunos, porque quizá no todos llevaban comida, y que no desfallecerían los egoístas que llevaban comida para sí y para que sobraran doce cestos… Pero lo de que estos que iban sobrados de comida llevaran tres días sin probarla… Ya se ve que la explicación complica las cosas en vez de simplificarlas.

Y también serían gilipollas los discípulos de Cristo, que desde luego como agentes de servicio secreto o incluso de movilidad no valían un duro, ya que les pone Cristo a buscar comida y solo encuentran a un chaval que lleva cinco panes y dos peces.

Duro es decirlo, pero el mismo epíteto que empieza por g. habría que aplicárselo a Jesucristo si a la vista de cinco panes y dos peces dijera que “es suficiente”… ¿Suficiente para qué? Para que Cristo no sea más gilipollas que sus discípulos (que al menos se daban cuenta de que cinco panes y dos peces no eran nada “para tanta gente”) habría que hacer una nueva interpretación forzada del relato -es decir, forzar la sencilla descripción para inventar una oculta- y suponer que Cristo echó entremedias un discursazo en el cual, exaltando quizá la solidaridad del chavalillo que entregaba su comida, convirtió los duros corazones de los egoístas que tenían comida -¿o debería decir de los gilipollas que llevaban tres días arrastrando comida suficiente para ellos y para los demás, sin haberla tocado?-, y les animó a compartir.

Gilipollas también los judíos por querer convertir en rey a un tipo por el solo hecho de haberles recordado que llevaban comida y que ya era hora de comerla, o de reblandecer sus mollejas y hacerles compartir.

Además del anterior epíteto, Cristo merecería el de mentiroso, por decir después a los judíos que le buscaban no porque admiraran su doctrina sino porque les había dado de comer. Mentiroso sí, pero ciertamente más hábil que un Pablo Iglesias, pues parece que fue capaz de convencerles de que en efecto le buscaban porque les había dado de comer, cuando en realidad la comida la llevaban ellos. Ellos, triple o ya cuádruplemente gilipollas.

Y luego viene Cristo con que todo fue una preparación para que comprendieran que Él tenía otro Pan, un Pan de vida que quienes lo comieran no morirían. Y que se lo iba a dar… Pero si no les había dado ni pan terrenal, ¿a qué creer que les daría un Pan de Vida, que era además su Cuerpo?

Resulta que lo único coherente del relato fue que muchos dejaran de ir con él después de oír eso. Naturalmente: un tío que ni nos ha dado de comer y viene a hacernos proposiciones antropofágicas.

Así que por el prurito bultmaniano (por el teólogo protestante Rudolf Karl Bultmann, 1884-1976) de hacer el relato más aceptable a quien le cuesta creer en milagros, llegamos a que lo único lógico que se puede hacer frente a Cristo es abandonarle. Y no es broma, porque es lo que ha pasado. Pensando en no obligar a creer a la gente más que lo imprescindible, hemos pensado que no necesitábamos milagros -y es cierto que no necesitamos más milagros, pero otra cosa es negar los que nos dicen los testigos fidedignos que vieron hacer a Cristo-, y puestos a dar explicaciones sencillas hay quien borra los milagros del Evangelio y los sustituye por valores tan bonitos como la solidaridad. Pero resulta que para seguir a Dios, y para negarse a uno mismo hasta el sacrificio de la propia vida… a veces ser un prestidigitador capaz de animar a la solidaridad no es suficiente… o es suficiente solo para un rato. Si el mismo milagro de la multiplicación de los panes solo atrajo al personal por un rato y por motivos no del todo generosos -como puso de manifiesto el anuncio de la Eucaristía-, ¿cuánto pensamos que durará el deseo de seguir a Cristo si solo es un líder humano que reparte solidaridad?

Pues eso, lo que ha tardado una sociedad cristiana que creía en los milagros en convertirse en una sociedad que solo cree en los prestidigitadores que le prometen renta mínima gratis… Y aun a estos los cree durante un período de cuatro años, máximo ocho.

Que no Bultmann, que si Cristo hizo milagros será porque eran necesarios…. Con razón se preguntaba Cristo si al volver a la tierra encontraría fe. Y aquí vienen a cuento los mártires, pues recuerdo el caso de uno de que se lamentaba al prever que llegaría un tiempo en que no se podría celebrar la Eucaristía (no he podido encontrar quién era, prometo buscar). Si en tiempo de persecución se puede prever que dejará de haber iglesias abiertas y no se podrá comulgar, en tiempo de fe escasa se puede prever también que se cerrarán las iglesias y será difícil adorar a la Eucaristía… pero no porque persigan a los que creen, sino porque con una fe muerta desaparece también la práctica. Pues, hombre de Dios, si Cristo multiplicó los panes para abrir las mentes a la fe de que él sería capaz de multiplicar su presencia como alimento, ¿cómo creerás que en tus manos eres capaz de multiplicar ese milagro grande, si -aunque haya sido por el prurito de hacer la fe más accesible a la razón- no crees en el milagro pequeño? ¡Oh contradicción! Por el afán de simplificar la fe de las almas que crees sencillas, puedes llevarles a perderla.

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