¿Pero que celebramos en la Navidad?

Luces, fiesta, comer y beber, viajes, crédito para pagar las fiestas, crédito para pagar el crédito ¿Es esto la Navidad? N…

Luces, fiesta, comer y beber, viajes, crédito para pagar las fiestas, crédito para pagar el crédito ¿Es esto la Navidad? No, con certeza. Esto es lo que se afana en convertirlo el imperio de la sociedad desvinculada. Entonces, ¿qué caramba celebramos? Ciertamente no una especie de carnaval de invierno. Conmemoramos el nacimiento -el pesebre es testigo- del niño Jesús hijo de una familia judía; María y José. Dios hecho hombre, que así interviene en la historia para transformarla en historia de salvación. En el seguimiento a su persona nace la gracia de la fe, y también una gran tradición arraigada en nuestra cultura. Somos receptores y transmisores, unos de la fe, la gran mayoría de una tradición viva. Son unos recursos formidables de trascendencia, apertura, y sabiduría, que nuestros antepasados nos regalan sin más exigencia que la escucha. Hace más de veinte siglos que lo celebramos y sólo este hecho ya exige respeto y comprensión.

La Navidad es ante todo celebración del Dios que nos ama. Es la fiesta de un gran amor. La Buena Nueva del anuncio que toda la contradictoria ansia de certeza y de infinito, de reconocimiento y donación, de amor, de belleza, rara vez satisfecha, encuentran respuesta en Jesucristo para siempre y a partir del aquí y ahora. Marko Rupnik, autor de una obra artística de belleza deslumbrante, escribe en “El Arte de la Vida” que el patrón de medida de la humanidad no es ella confinada en sí misma, que significa encerrarse en la finitud y la presencia pavorosa del mal, sin explicación ni esperanza de justicia, sino que su medida verdadera es Jesucristo. Solo en Él está el poder de crecer humanamente en los términos a los que Dios nos ha destinado. Pero el ser humano rechaza o falsea aquel camino con sus propias visiones. La Navidad nos lo recuerda, como más adelante lo hace su culminación, la Semana Santa.

Todo este relato de liberación comienza en una realidad tan casera como el pesebre. De ahí la gravedad que tal símbolo se haya visto dañado por una empresa que por afán miserable de lucro presenta en la figura de la patrona de Cataluña, la Moreneta, una imagen ensuciada de la ternura de la madre de Jesús. Y a los del “je je” y “ji, ji” y a los que calláis os digo: un pueblo incapacitado para disfrutar y respectar sus símbolos y tradiciones, nunca será capaz de respetarse a sí mismo, y menos de hacerse respetar por los demás.

Publicado en La Vanguardia el día 9 de diciembre de 2013

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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