¿Pesimismo o realismo? ¿A dónde vas España? ¿A dónde vas Cataluña?

En un libro testimonial se comenta: "Contemplo con pavor lo que sucede en el mundo y, más concretamente en España, a la que en tiem…

En un libro testimonial se comenta: "Contemplo con pavor lo que sucede en el mundo y, más concretamente en España, a la que en tiempos pasados llamábamos con orgullo "tierra de María Santísima". Pero hoy muchos se avergüenzan de ello. Por eso, si somos justos, deberíamos llamarla "tierra desolada, "seca y sombría", una tierra intransitada donde nadie se siente" seguro. "Pasmaos, Cielos, de ello; erizaos y cobrad gran espanto. Doble mal ha hecho mi pueblo: a Mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, incapaces de retener el agua".

Aquí se señala la decadencia espiritual de nuestro país. Y a ella no son ajenos algunos ministros de la Iglesia, que llegan incluso a cambiar las palabras de la consagración en la Santa Misa, arrojando lógicas dudas sobre si celebran una Eucaristía válida o bien representan un esbozo teatral.
Otros sacerdotes prohíben arrodillarse en el momento crucial de la Misa, en la consagración, cuando el Ritual vigente de la Iglesia Católica, instruye a los fieles que deben ponerse de rodillas en ese momento esencial del Sagrado Sacrificio. Y olvidan que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", es decir, obedecer a lo que manda autorizadamente la Iglesia más que a lo que se le ocurra a un miembro suyo.
O afirman en la homilía que el concilio Vaticano II sí fue un buen concilio, mientras rechazan como retrógrados los concilios anteriores. Cuando si dejamos de creer que todo concilio válido cuenta con la asistencia del Espíritu Santo y es, pues, infalible, ¿qué razón quedaría para afirmar que el concilio Vaticano II es fiable?
También se dan religiosos y sacerdotes que propagan verdaderos disparates y herejías, tales como poner en duda la divinidad de Jesucristo, o defender activamente el aborto, o introducirse, blasonando de religiosos o religiosas católicos, en política con un ideario filo-comunista.
Y resulta grave que, ante estos salteadores de la conciencia del fiel sencillo, algunos pastores guarden un estrepitoso silencio: serían "perros mudos" que, viendo venir al lobo, miran para otro lado. Obligación suya es denunciar los errores manifestados públicamente y guardar la disciplina a que están singularmente obligados sacerdotes y religiosos.
Tampoco resulta ajena a la decadencia espiritual de los fieles laicos el hecho de que haya instituciones oficiales de la Iglesia que enseñan y diseminan errores y herejías ante el silencio de la jerarquía. O profesores de religión que profesan un cristianismo acomodaticio plagado de ideas "políticamente correctas", pero que se apartan de la Fe católica de siempre y del Magisterio autorizado de la Iglesia.
Y si no se acrisola y purifica la Fe en el interior mismo de la Iglesia ¡qué difícil es que atraiga a los de afuera! Si la luz está velada por diversas neblinas y no resplandece y por tanto no brilla convenientemente en la oscuridad, difícilmente congregará en torno suyo a los buscadores de claridad. Por eso para impulsar la nueva evangelización resulta imperativo barrer las penumbras internas, para que luzca esplendoroso el sol de la Fe.
En cuanto a muchos católicos que se debaten en un ambiente de confusión, aunque su Fe esté puesta a prueba, deben y debemos, con palabras y obras, afianzarnos en la Fe y moral católicas de siempre.
Es cierto que esas infidelidades de almas consagradas en el interior de la Iglesia han sido un factor para que arreciara el temporal de la apostasía, el renegar teórica o prácticamente de la Fe. Pero no deja de ser verdad que para combatir un mal tan grande hemos de echar mano a un remedio sencillo: le preguntaron a Teresa de Calcuta por dónde había que empezar la necesaria reforma de la Iglesia y ella contestó: "por usted y por mí", viniendo a decir que nos convirtamos usted y yo.
No miremos a otros cuando pensemos en remediar los recios males que nos afligen: mirémonos en el espejo y empecemos por nosotros mismos edificando nuestra vida espiritual sobre roca (y no sobre arena), es decir, sobre Cristo, no cejando en la oración y venciendo el mal a fuerza de bien.
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