Piketty, desigualdad y Podemos

El libro que ha convertido al economista francés Thomas Piketty en una estrella, El Capital en el Siglo XXI merece ser leído y reflexion…

El libro que ha convertido al economista francés Thomas Piketty en una estrella, El Capital en el Siglo XXI merece ser leído y reflexionado por diversas y buenas razones. Primera porque está escrito con la voluntad y claridad de llevar la economía a debate público, y eso es hoy más imprescindible que nunca. Quienes lo lean aprenderán, con independencia de la conformidad que tengan con sus conclusiones. La segunda razón es por el volumen de datos que maneja, que han sido criticados en cuanto a su elaboración -algo nada infrecuente en este tipo de trabajos-, pero su dimensión es tan importante que si, no sirve para avalar lo que Pikkety argumenta, la mayoría de las consideraciones económicas globales en uso todavía podrían hacerlo menos. El FMI, el Banco Mundial, cometen errores frecuentes y eso no ha invalidado sus trabajos.

La tercera razón es que sitúa el foco sobre un tema de actualidad: el convencimiento muy extendido de que la economía ha dejado de estar al servicio de todos y se ha convertido en solo el benéfico de algunos.

Las tesis de Piketty son bien conocidas: en la medida que la renta del capital crece más que la riqueza del país se produce una desigualdad creciente entre capital y rentas. Una consideración que se deduce de su primera ley fundamental del capitalismo: la participación de las rentas del capital en la renta total (es decir, la porción de la producción anual que va a parar al capital y no a las rentas del trabajo) es igual a la ratio capital/renta multiplicado por la tasa de retorno de capital. Y también segunda ley Pikkety, el ratio capital/renta depende directamente de la tasa de interés e inversamente del agregado del crecimiento del PIB más el crecimiento de la población. Esta segunda formulación ha recibido menos atención de la opinión publicada que la primera, y cuando se ha abordado, la han reducido solo al crecimiento económico sin considerar la población, como puede observarse en este enlace, cuando esto no es lo que bien explicita y reiteradamente explica Piketty. De ahí que favorezca el crecimiento del capital sobre la renta –los términos en que el autor sitúa la desigualdad-, no solo el bajo crecimiento económico, sino también el escaso aumento de la población, que como en su mayor parte depende de la natalidad (por ejemplo en la UE la población inmigrada es del 7%), nos remite por otra vía a la importancia de la función de la familia en su generación de descendencia. En los países de desarrollo económico maduro, la decisión de no tener hijos favorece la desigualdad. Esta es también otra interpretación de las sencillas ecuaciones de Piketty.

La desigualdad en términos de distancia entre el 10% de mayores ingresos y el 10% de menores ha crecido en general, pero no en todas partes. En relación a los países de la OCDE, se ha reducido en Portugal, Reino Unido, Bélgica, Israel, Australia, Nueva Zelanda, Holanda y Polonia. En España ha crecido de una forma abrumadora, junto con Grecia, y lo ha hecho en mucha menor medida en Irlanda. Es evidente que los efectos de la crisis por si solos no bastan para explicar este proceso, porque los cuatro países más afectados presentan comportamientos bien distintos. Al mismo tiempo, hay que señalar que la pobreza en el mundo se ha reducido de una manera muy importante –destaca China-, y tiende a concentrarse en la India y el África subsahariana, aunque también se ha reducido en ambos casos. América Latina es la región del mundo (exceptuando claro esta los países de la Alianza Atlántica) con una menor tasa de pobreza.

El elogio a Pikkety comporta una crítica a sus deducciones y una consideración final. La crítica es que la belleza de la simplicidad de su formulación reduce la complejidad del fenómeno de la desigualdad. Me explico. Que el capital crezca más que la renta no nos dice nada sino atendemos a la forma como se distribuye. El crecimiento de la propiedad inmobiliaria determina un aumento del capital, pero eso no significa más desigualdad. El pinchazo de la burbuja reduce este capital, pero no significa axiomáticamente una disminución de aquella. El capital puede estar poco o muy distribuido -y esto último seria el distribucionismo de Chesterton. Esto cobra especial interés cuando el pequeño accionista, su participación en los fondos de inversión, y el aumento de la propiedad inmobiliaria son de una gran magnitud en Europa y Estados Unidos. Y lo mismo podríamos decir de las rentas del trabajo. Su predominio no tiene porque significar una menor desigualdad, como bien expresan los Estados Unidos, si el abanico salarial se polariza. Una minoría que cobra cada vez más y una mayoría que ve sus salarios congelados.

Por consiguiente, lo que importa es la distribución, y esto lo observamos mejor país por país con los datos sobre la renta (del capital y trabajo) de los hogares. Esto no quita mérito al enorme análisis de Piketty pero si sitúa en otra perspectiva sus conclusiones. No se trata solo de la relación entre un stock, el capital, y un flujo, la renta (su crecimiento), sino también de su distribución.

La otra consideración, y creo que es clave en términos políticos, es esta: Una buena política es aquella que combate la pobreza y al mismo tiempo se ocupa sobre todo, no de la distribución entre el 10% con más ingresos y menos ingresos, sino entre la evolución de los primeros -los que más y la renta mediana (que no la renta media) porque lo que nos interesa preservar, porque esto favorece la dinámica económica y dota de cohesión social, es que la minoría con más recursos no los vea aumentados en detrimento de la clase media, que se sitúa estadísticamente en torno a la renta mediana.

Y finalmente esto nos conduce al planteamiento de Podemos. En realidad, más allá de la quita o renegociación -ya no se sabe- sobre la deuda, su programa económico no es tal, en el sentido que no posee un planteamiento de cómo crecer –al menos no uno que pueda aplicarse desde el gobierno, sino un proyecto de oferta de servicios y prestaciones, lo cual resulta poco serio cuando el problema, no de España sino de Europa, Alemania, Suecia, Holanda, es cómo pagarlos. Reducir la defraudación fiscal y la vía que más destacan, pero esto es una necesidad que no resulta exclusiva de aquel partido, y no por ello lo que se consiga permitirá atar perros con longanizas. La cuestión de fondo es cómo se consigue un desarrollo sostenible y como se articula una distribución justa de las ganancias, y esto lo es todo menos sencillo; y, cuestión fundamental, no forma parte del proyecto económico de Podemos, si en sus propuestas se introduce la exigencia de mantener la productividad, creando ocupación, el gran reto que tiene España, y cómo evita que el progreso técnico y las deficiencias educativas españolas, incluida la universidad, marginen para siempre al 20% de la población, la menos preparada. Parte de lo que propone Podemos, guiado por la belleza de la simplicidad, castigaría todavía más a las rentas medias, y esto en un país como España donde están particularmente dañadas, porque son quienes pagan todos los platos rotos -incluida la última reforma fiscal-, resulta del todo inaceptable.

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