Pinceladas para la hora de votar

Se nos dice (nº 3) que no basta con que una propuesta vaya a tener éxito electoral o suponga un beneficio material, sino hay que dilucidar…

Se nos dice (nº 3) que no basta con que una propuesta vaya a tener éxito electoral o suponga un beneficio material, sino hay que dilucidar si es moral o justa. ¿Qué lugar hay entonces para la teoría del mal menor? Es decir, si puede votarse algo que siendo injusto lo es menos que su alternativa. En realidad, si algo es gravemente injusto no debemos votarlo en ningún caso.

Sirva como ejemplo que a un hombre inocente se le deje elegir si será ahorcado o fusilado: es evidente que elegir entre esas alternativas carece de sentido. Otra cosa sería si la elección fuera entre 1 año de cárcel o la pena de muerte. En tal caso alguien, dejando claro que considera injusto que a un hombre inocente se le condene a la prisión, puede optar por elegir tal alternativa para evitar su ejecución que es un mal incomparablemente mayor. Algo de eso nos ha mostrado el Magisterio de la Iglesia al permitir a los políticos católicos votar algo que, siendo lesivo, rebajaba el grado de injusticia.

Respecto a la grave crisis económica (nº 6), se nos pide una política social y económica que propicie que haya trabajo para todos, en especial para familias y jóvenes carentes de medios de vida. Y, al tiempo, se nos pide que se atienda a las necesidades de los más vulnerables, ancianos, enfermos e inmigrantes.

A la hora de establecer los necesarios recortes del presupuesto nunca se deben sacrificar las necesidades vitales. Pensemos, por ejemplo, en una familia que desea trabajar pero tiene a todos sus miembros en paro, que tendrá que recortar exigiendo sacrificios que no sean vitales. Pensemos en determinados sueldos escandalosamente altos de empleados privados y públicos; o en gastos o inversiones públicas perfectamente prescindibles. Tampoco habría que recortar la ayuda, por medios fiables, a los hambrientos del Tercer Mundo, cuya alternativa sería no poder vivir. No podemos caer en un egoísmo nacional miope. Ni tampoco deben cercenarse las inversiones productivas que generarán trabajo y podrán devolverse en un plazo medio con beneficios.

Se hace también eco la nota que comentamos (nº 7) del derecho que asiste a los niños y jóvenes a ser educados de manera que se eviten las imposiciones ideológicas del Estado que lesionen el derecho de los padres a darles la educación filosófica, moral y religiosa que deseen. Así como que se permita la presencia opcional de la clase de religión y moral católica en la escuela estatal.

En el nº 5 se nos ha advertido que se ha dado una violación gravísima del derecho a la vida, definiendo como derecho el asesinato del no nacido. Así como se ha despojado a hombre y mujer de su derecho a contraer el matrimonio natural, y que consecuentemente habrá que promover nuevas leyes que tutelen el derecho a la vida y a un matrimonio natural.

En el nº 8 reconoce la legitimidad de un nacionalismo pacífico, aunque advierte que no debe desentenderse del bien común del conjunto de todos los que conviven en el marco español. Esto debe interpretarse como que es normal y natural que uno ame más a su propia familia, o a lo que concibe como su nación. Sería en cambio reprobable que el amor legítimo a la propia familia derivase en odio a la familia de los demás. Así sería criticable un desentenderse del bien común de los pueblos o regiones más cercanos, cuando a lo mejor se estaría de acuerdo en socorrer a los más lejanos del Tercer Mundo.

Por otra parte, ese nacionalismo criticable que podríamos llamar nacionalismo excluyente, y que Juan Pablo II criticó, no es privativo del nacionalismo de una región, sino que también puede contaminar al nacionalismo general o a nivel del Estado español. Excluir a pequeños o a grandes sería una perversión de un nacionalismo legítimo tanto en un caso como en el otro.

Terminemos con una advertencia muy seria, que recoge el magisterio de Benedicto XVI: en el nº 4 nos advierte respecto a quienes se creen dioses y “desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo y lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias (…)”.

Nos jugamos mucho en estas elecciones, incluida una concepción del hombre y de la vida. Puede ser que alguno no halle una alternativa que le convenza, pero aún en ese caso habría que ir a votar, aunque se tratara de un voto testimonial o incluso en blanco. Busquemos lo mejor según nuestra conciencia iluminada por la fe y por el magisterio de la Iglesia y “todo lo demás se nos dará por añadidura”.

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