Pioneros de desastres

España ya fue pionera en la legislación europea sobre fertilización in vitro. A efectos propagandísticos, esta circunstancia se aireó mucho en su día,…

España ya fue pionera en la legislación europea sobre fertilización in vitro. A efectos propagandísticos, esta circunstancia se aireó mucho en su día, de modo semejante a lo que ocurrió cuando nuestra Constitución fue la primera del mundo en incluir, en 1978, garantías de derechos fundamentales relacionadas con la informática. Éramos los primeros, los que roturaban un terreno que luego los demás tendrían que recorrer, y se fijarían en nuestro precedente para hacerlo.

Lo que ocurrió con las fecundaciones artificiales lo sabemos ahora, al cabo de pocos años: Se ha producido un número indeterminado, pero muy grande, de embriones humanos congelados cuyo destino, al principio incierto, será finalmente el de ser reanimados y luego sacrificados para servir como material de investigación. El haber sido los pioneros ha conducido a decenas de miles de muertes que nuestras sociedades occidentales fingen ignorar gracias a una torpe manipulación terminológica, que presenta a estas víctimas como “preembriones”, sugiriendo que no se trata de individuos humanos.

Ahora, el Gobierno español parece dispuesto a volver a ser pionero de otro desastre: la modificación del matrimonio en el Código Civil, para que se comprendan en el mismo régimen jurídico (incluida la capacidad de adopción) los matrimonios y otras uniones sentimentales, incluidas las establecidas entre personas del mismo sexo. Si esto prosperase, habría una víctima clara, objeto de una injusticia no menos patente: la institución del matrimonio entre un hombre y una mujer para formar una familia natural.

El Foro Español de la Familia ha presentado en el Congreso de los Diputados una iniciativa legislativa popular encaminada a reforzar en el Código el instituto del matrimonio entre uno y una, lo que no impediría otro tipo de regulación para las otras uniones afectivas, pero preservaría una institución de probadísima eficacia psicológica, familiar y social a lo largo de siglos. Las reacciones de los partidos políticos presentes en el Congreso, admitiendo o rechazando esta iniciativa, nos darán la respuesta y nos aclararán si lo que pretenden es dar respuesta jurídica a las nuevas uniones sentimentales emergentes o, por el contrario, infligir al matrimonio un golpe del que salga malherida la familia natural.

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