El Plátano y la Papaya

El Gran Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha reiterado en una nueva sentencia de 9 de junio que el matrimonio homosexual no es un derecho, y que en todo caso es una cuestión que queda a la decisión política, ideológica de cada gobierno, y tanto si se legisla como sí o como no a su favor, no se comete ninguna vulneración de derechos.

¿Cómo que no es un derecho, acaso no es lo mismo que el emparejamiento entre un hombre y una mujer? ¿Es que acaso dos hombres o dos mujeres que se amen no son iguales que una mujer y un hombre?

La respuesta está ya contenida en la pregunta, es obvia. Un conjunto de dos iguales es diferente a otro formado por elementos distintos. ¿Quién puede cuestionar esta evidencia lógica?

Tenemos dos bolsas en una hay un plátano y una papaya, en la otra hay dos plátanos. ¿Diremos que ambas bolsas contienen lo mismo?

Si, si nos referimos a que ambas son frutas, es decir, al genérico que incluye todo producto vegetal que forma parte del aparato reproductor que generalmente se utiliza como inicio o final de comida y concentra una mayor proporción de sacarosa que el resto de la planta.

La respuesta es negativa si nos referimos a especies específicas, poco tiene que ver la naturaleza del plátano y la de la papaya. Nadie las confundirá ni por la forma, el color y el sabor. Ni siquiera por el olor. Son distintas. Eso es una evidencia y resultaría extraña, muy anómala, la confusión.

Pues lo mismo sucede con hombres y mujeres. Compartimos idéntica condición de seres humanos y en este sentido somos iguales. Pero esta igualdad no excluye que a la vez seamos distintos, en tamaño, funciones biológicas clave, formas de procesar la información, capacidades físicas. Somos distintos, y como especie relacional, complementarios. La unión de ambos es la base de nuestra continuidad como especie. En otros términos, el matrimonio entre distintos da lugar a una realidad nueva. Una realidad radicalmente distinta a la unión de dos iguales.

No hay nada más arbitrario y, por tanto, injusto que tratar igual a lo que es diferente, hacer pasar por igual lo que es distinto. Reconocer la especificidad de lo humano significa reconocer la naturaleza del hombre y de la mujer, que no obedece a una construcción intelectual sino a una evidencia material, física, biológica; a una lógica evolutiva.

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