Podemos cambiar la economía

Lo que se nos presenta generalmente como verdades inmutables en el orden económico algunas lo son en un determinado sentido, queremos decir que…

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Lo que se nos presenta generalmente como verdades inmutables en el orden económico algunas lo son en un determinado sentido, queremos decir que lo son dentro de un marco de referencia que las contiene, pero que si el marco de referencia fuera otro estas verdades se verían afectadas. En otros casos, tales ‘leyes’ no son sino propuestas ideológicas cuya razón de ser está en función únicamente del fin real que persiguen.

Para entendernos mejor, la economía es una antropología. Dependerá del hombre que la practique y del hombre que queremos construir con ella, que será de un tipo o de otro. Generalmente, debemos entender la economía en dos términos distintos: una, la teoría de la acción humana; otra, aquellos procedimientos que permiten asignar de la manera más eficaz posible los recursos que por definición son exactos. A partir de estas premisas, también dependerá de lo que contabilicemos como costes y como ingresos.

La economía que actualmente practicamos mide básicamente solo aquello que tiene un determinado valor de mercado, y aún no todo, y a partir de aquí sacamos cuentas. El ejemplo más espectacular es el del trabajo familiar, que no es contabilizado en este sentido, carece de valor de cambio pero es evidente que lo posee y que es muy alto. Si se introdujera en el PIB no solo seríamos más ricos sino que las personas que trabajan en él verían reconocida su tarea. Es uno de los múltiples ejemplos. Otra característica de la economía es que, en el marco neoclásico, la externalización, es decir los beneficios o las cargas que una determinada actividad genera sobre los demás, sin participación en ella, son de difícil incorporación. Necesitan un acto cultural, como es el de darle un valor determinado. Esto es lo que sucede por ejemplo con el mercado del CO2. Por lo dicho y para no extendernos más, podemos ver que quien tenga la idea de la economía como una especie de física monetaria anda muy equivocado. De ahí que parte de los males que nos aquejan hoy surjan del tipo de economía que se practica, encerrada en unos esquemas fundamentalmente neoclásicos y de corte liberal.

Pero podríamos tener otros enfoques. Por ejemplo, la raíz de la palabra economía es el oikos, es decir hace referencia al hogar. La economía es la forma de actuar para que el hogar en sí mismo y pensando en la familia que lo habita disponga de los bienes y servicios necesarios en las mejores condiciones. Esta es una concepción perdida y suplantada por la idea liberal, que considera que el buen funcionamiento de la economía surge del egoísmo de individuos aislados que, por medio del mercado perfecto, habría que decir que perfectamente inexistente en su perfección, transforma aquellos egoísmos mediante una mano oculta en un bien común. No nos detengamos ahora sobre las consecuencias que esto tiene en términos reales porque son muy evidentes. Si se siembran egoísmos y ganancias individuales como único motor, y queremos subrayar lo de ‘único’, es difícil que el resultado no sea de la misma índole.

Si el centro de la economía tuviera como finalidad la que hemos apuntado, el bienestar de los hogares, conseguiríamos, primero, hacer políticas económicas muy distintas a las actuales, porque lo que nos preguntaríamos en primer término es qué es lo que los daña en la actualidad, qué es lo que los beneficia, y orientaríamos las políticas públicas en el sentido de avanzar en la restricción de uno y en procurar el otro. Una segunda ventaja que conseguiríamos es que el hogar, como sede física de la familia, beneficiaría de una manera muy importante, decisiva, a la actividad económica. Lo haría de dos formas distintas: por una parte, porque si las políticas fueran dirigidas a procurar el modelo bueno, la ecuación áurea, el matrimonio estable con hijos y capacidad educadora de los mismos, esto tendría a medio y largo plazo una repercusión positiva en la generación de riqueza y en la disminución de los costes sociales. Todos los estudios empíricos que conocemos, y son muchos, apuntan en el mismo sentido. Los resultados de un hogar que presenta la ecuación áurea son extraordinariamente más positivos en todos los renglones, los económicos, sociales, culturales, de salud, de seguridad, de felicidad subjetiva… Por consiguiente, una política económica dirigida a favorecer este modelo de hogar tendría su lógica repercusión en el ámbito macroeconómico. Si además de esto se tendiera a realizar aquel tipo de políticas capaces de liberar las energías emprendedoras de los hogares y buscar la colaboración entre ellos, dispondríamos todavía de un segundo vector que funcionaría también en el sentido de la mejora.

Esto solo es un esbozo que debe ser profundizado, pero que es lo suficientemente concreto para entender que el eje sobre el que se construye toda la acción económica debe ser substituido y el oikos, el hogar de la familia, ha de pasar a ocuparlo. Ésta sí sería una buena forma de plantearse y resolver el drama de la gran contracción en mayúsculas en el que vivimos.

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