Por qué (casi) todos persiguen solo el dinero

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El vínculo es aquella fuerza que nos relaciona entre las personas, nos articula con el presente, el pasado y el futuro, es lo que nos hace humanos y la gran fuerza constructora de la civilización. Los fundamentos del vínculo son el compromiso, el amor y el deber en su quintaesencia, aunque se manifieste en apariencia con otras formas. Su naturaleza se encuentra en los cimientos de nuestra cultura occidental y su destrucción es la causa de la gran Crisis que vivimos, cuya última manifestación es en el plano económico. Pero el vínculo es percibido hoy como un esfuerzo innecesario, como un sacrificio inútil. Es como aquellos hombres y mujeres que se niegan a tener hijos deliberadamente porque los consideran una carga innecesaria. Se trata de un error grave, porque la vinculación entraña siempre una gran recompensa. La dificultad radica en que para poder valorarla se necesita tener un sentido apropiado de la vida, un fin adecuado de la misma, el telos de los griegos, y esto es precisamente lo que la cultura de la desvinculación no proporciona.

Si la vida no es percibida en todas sus dimensiones humanas, entre las que lo material es una de ellas pero jamás la única, solo asumiremos los vínculos que nos reporten este tipo de bienes. Porque ésta, la del dinero, será la única recompensa que entenderemos. Así, hemos reducido a la persona a un ser unidimensional. Esta es la causa de que en nuestra sociedad el horizonte de sentido más común para lograr la felicidad sea la máxima posesión y disfrute de bienes materiales, incluidas las personas en una relación cosificada; luego solo los muy ricos pueden aspirar a una vida realizada y los demás son meros espectadores o imitadores de estas estrellas refulgentes del espectáculo, del deporte y de las finanzas, cuyo valor no radica en lo que hacen sino en lo que ganan. Y si este es el fin de una vida realizada a nadie puede extrañar que la posesión de dinero no conozca límites, y que la corrupción, grande, pequeña, y el gran delito organizado, se hayan extendido como una intrincada maraña que lo coloniza todo.

En definitiva, el ser humano busca una y otra vez la felicidad y, si el mensaje de la cultura de la desvinculación, repetido hasta la obnubilación, es que se encuentre en el dinero, no debe extrañarnos que se intente conseguir a cualquier precio. Al mismo tiempo, sucede que la sociedad con más bienes materiales de la historia es la que mayor frustración, inseguridad e indignación provoca. La imposible satisfacción del deseo, de tener más y más, porque esta parece ser la única manera de realizarnos, genera el agravio comparativo, la envidia, en una dimensión jamás vista. Lo que aflora en la sociedad como respuesta a la desigualdad manifiesta no es solo el sentido de la justicia sino también el resentimiento. Para que surgiera hegemónica la justicia social sería necesario disponer de una tradición moral común y, por tanto, de los vínculos necesarios para haberla procurado y sobre todo haberla mantenido.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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