¿Por qué es difícil convencer a un ateo?

Michael Shermer, famoso divulgador científico y fundador de The Skeptics Society, publicó en febrero de este año un artícu…

Michael Shermer, famoso divulgador científico y fundador de The Skeptics Society, publicó en febrero de este año un artículo intitulado ‘The awe delusion‘, que salió también en la revista Scientific American en la edición de marzo. Las preguntas que formula son las siguientes: "¿puede un ateo asombrarse del universo? ¿Qué tiene que ver la magnificencia del universo con Dios?". El estudio de dos psicólogos le ha permitido obtener una respuesta. Según este estudio, hay dos maneras diversas de reaccionar dependiendo de la inclinación o no al asombro. El asombro, según estos psicólogos, tiene relación directa con la percepción de la vastedad. Quienes tienden a asombrarse se sienten conformes con la sensación de incerteza que este experiencia produce. Quienes, en cambio, no son proclives al asombro, en medio de la confusión que este les crea, tienden a asociar esta experiencia con algún “agente intencional invisible”, es decir, con Dios.

La propuesta de Shermer es clara: un ateo sí puede sentir asombro ante cualquier maravilla del universo. Y la creencia en Dios no es otra cosa que una necesidad psicológica para poder arreglar la confusión que causa este tipo de maravillas.

Alguno podría sentirse indignado… obviamente, si es creyente. Pero la cosa no termina aquí. Realmente se podrían dar más respuestas y réplicas sobre el asunto. Por ejemplo, es maravillosa la capacidad del ser humano. Es capaz de negar que haya una causa superior a su misma capacidad de pensar. Esto no significa que sea incapaz de pensar a lo grande, sino que es tan grande su capacidad que puede negar la grandeza misma.

El ser humano es tan capaz que puede negar sus propias capacidades. Por supuesto, esto no es lo que hace un ateo o un creyente, sino todo ser humano: ¿quién no niega o ignora alguna vez sus capacidades?

Por eso, el hombre es grande, porque puede encerrar cosas gigantes en su pequeño magín, como se encarcela a un genio en una lámpara mágica. ¿Y esto lo hace grande?

El hecho de ser un erudito a la Menéndez-Pelayo o un constructor de un sistema filosóficamente casi perfecto a la Hegel no garantiza que todo lo que digan estos estudiosos sea así, sino que, al menos, nos queda claro de qué es capaz el hombre. El problema es el mismo de siempre, el del eterno retorno: ¿de dónde le viene esta capacidad? ¡Hemos caído en el segundo grupo de personas no proclives al asombro! Por tanto, tenderemos a explicar esta capacidad con un “agente intencional invisible”… ¡Mala suerte! Esta solución no parece satisfactoria.

No hay problema, otros dos psicólogos en la mismísima edición de marzo de Scientific American nos ofrecen una vía de escape: "Why Good Thoughts Block Better Ones" ("Por qué ideas buenas obstaculizan otras mejores"). En este artículo ambos especialistas demuestran, a través de un estudio realizado con jugadores de ajedrez, cómo las concepciones previas y fijas se convierten en un obstáculo para nuevas y mejores soluciones. Siendo consecuentes con este artículo, creemos que lo mismo se puede aplicar a la solución que Shermer propone: seguramente hay una mejor explicación sobre la grandeza del universo y Dios, pero ciertamente no se hallará recurriendo una y otra vez a los mismos procedimientos y andamientos, como uno que da vueltas alrededor del mismo molino.

No hemos respondido aún la pregunta del inicio: ¿por qué es difícil convencer a un ateo? Tenemos ya una pista para la respuesta: porque ni nosotros ni él ha explorado nuevas posibles soluciones a sus interrogantes. "Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre", escribió Sófocles en Antígona. Nada es más asombroso que el hombre, aunque este hombre sea un ateo o sea un creyente… o con casi las mismas palabras de Shermer: ¿puede un creyente asombrarse de un ateo?

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Aristóteles atribuye un dicho a Protágoras: "hacer de la causa más débil la más fuerte" ("τ τν ττω δ λόγον κρείττω ποιεν"). Cuando nos topamos con las objeciones a la existencia de Dios es frecuente que muchos argumentos estén dirigidos a desmantelar los supuestos atributos que supuestamente debería tener Dios. Es frecuente, por ejemplo, oír el siguiente argumento: "Dios no existe; porque, si existiera, tendría que ser omnipotente; pero vemos que los hombres somos libres, entonces Dios no es omnipotente, porque simplemente no existe". Más o menos así.

A este argumento desafortunadamente se aplica el dicho de Protágoras. Y ello se debe a que es verdad que, si vemos que el hombre es libre, nos cueste entrever que haya alguien que lo pueda todo. Pero este argumento no hace sino reforzar una sospecha hasta casi convertirla en una certeza: quizá, más bien, haya un ser sumamente omnipotente que sea capaz de dotar de libertad a un sujeto o a varios…

Creo que nos hemos desviado del camino… volvamos al punto. Cuando un ateo se declara tal y aduce sus razones, sus argumentos, las explicaciones que encuentra en la materia, en el mundo, puede ser que algún creyente se sienta en la necesidad de preparar una réplica para no hacer las veces del bufón a quien nadie toma en serio. Es una tentación.

A alguien se le podría ocurrir una especie de refutación semejante a la que expone Chesterton en su Autobiografía. Escribe recordando su período de materialista escéptico: "El ateo me decía con prosopopeya que no creía en la existencia de Dios; pero había momentos en que yo no creía ni siquiera en la existencia del ateo". No se trata tampoco, por tanto, de traer a colación la famosa frase de Heinrich Böll, que combina con la anterior, “’¿Y los ateos?’ Seguía riéndose. ‘Me aburren porque siempre hablan de Dios’”.

Otro puede ampararse bajo la sombrilla de la filología, intentando dar una explicación evolucionista de la palabra a-teo (θεος). Se puede explicar que es una palabra que denota una negación a un elemento anterior, por lo que, en línea de principio, no se ha dado en la lengua griega, por ejemplo, una denominación primigenia de la persona que niega a Dios o que cree en él, sino que la persona nace indeliberadamente creyente (θεος, εσεβής, σιος) y posteriormente puede optar por negar tal cualidad. Tal explicación sería muy pobre.

¿Por qué son soluciones insuficientes? Porque la persona que se declara atea y da razones de su postura lo hace libremente, consciente de su propia libertad; al menos, en algunos casos, pues también existen los ateos que lo son porque han respirado desde su infancia el oxígeno de la ausencia de Dios. Un ateo no solo tiene cabeza y razón, también tiene un organismo físico, sentimientos, anhelos, etc. Y también tiene una historia muy personal, vivencias positivas y negativas, como todo el mundo. Y eso no se puede explicar con simples silogismos.

Por supuesto, el ateo puede maravillarse del universo, porque en él existe incluso más vastedad que en el vasto universo.

¿Puede un creyente asombrarse de un ateo? Por supuesto. Todo ser humano –digámoslo con palabras de la Biblia– está hecho a "imagen y semejanza de Dios". En todo ser humano, sea creyente o ateo, hay un universo de maravillas de las que asombrarse. No se trata de admirar al ateo por ser ateo, sino de mirar más allá de la palabra “ateo”, porque en el hombre se dan la amabilidad, la bondad, la belleza; pero también la hosquedad, la malicia, la deshonestidad.

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Hemos dado vueltas en una rotonda, sin haber escogido una calle en particular. Comenzamos (parte I) resumiendo un artículo de Michael Shermer (que se define escéptico, aunque no rechaza el título de ateo) donde sostiene que los ateos pueden sorprenderse de la magnificencia del universo sin necesidad de recurrir a Dios como explicación del mismo. Ante este tipo de razonamientos el creyente se puede sentir aludido, o molesto. No es suficiente arremeter contra otro como un ejército, para ver quién se queda con la bandera del enemigo, ganando la argumentación. Argumentar es una buena solución, pero buscamos una mejor.

Fue así que, en primer lugar, hemos destacado no la maravilla y vastedad del universo con sus complejidades y fuerzas, sino la maravilla del ser humano, lleno no menos que el universo de misterios, de recursos, con su capacidad de pensar, juzgar, sentir, desear, querer, ser libre, hacer.

Una persona, y en especial un creyente cristiano, no puede ignorar y pasar por alto la maravilla que es todo hombre, ateo o creyente. Hay ateos amables y hay creyentes huraños. Hay ateos flemáticos y cristianos apasionados. Hay formas de ser, pero el hombre tiene siempre en sí la huella de su Creador.

Cuando nos encontramos ante un ateo y sus opiniones debemos mirar más allá de la palabra “ateo”, para descubrir más bien las maravillas de la persona. Esta fue nuestra última conclusión.

El segundo mandamiento, según leemos en el Evangelio, no es "confuta a tu prójimo…", sino "ama a tu prójimo…". Esa es la luz, siempre antigua y siempre nueva, que aporta Jesús al cristiano. No es una simple aspiración de hippies que cantan "peace and love". No es aceptar que el mundo ideal es un amor donde cada individuo se contente con las dimensiones de la propia concha y deje en paz a los demás. Afirmar el amor no es negar la razón. Sócrates dice lo siguiente a Menón: "si […] fuesen amigos los que quieren discutir entre sí, sería necesario entonces contestar de manera más calma y conducente al diálogo". Es decir, con los amigos se puede dialogar.

La amistad o una actitud amistosa abre al diálogo, abre a la verdadera discusión, al auténtico enriquecimiento.

¿Por qué es difícil convencer a un ateo? Quizás la causa no se halla en el ateo, sino en quien pretende convencer a otro; quizás por ciertas presuposiciones y prejuicios que impiden ver más allá. La nuez se esconde en una cáscara. Lo mismo ocurre con las personas: hay una grandeza que nuestros ojos a simple vista no pueden ver.

A un ateo la grandeza del universo no le dice nada más. A un creyente no solo la magnificencia del universo, sino incluso el “universo” de un ateo, le puede hablar de Dios.

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