¿Por qué está fracasando la cultura de la paz?

Si hay una idea hegemónica en la sociedad europea, esta es la paz. Pero apesar de ello, la realidad nos muestra que en el siglo XXI presenta ensituaci…

Si hay una idea hegemónica en la sociedad europea, esta es la paz. Pero a
pesar de ello, la realidad nos muestra que en el siglo XXI presenta en
situación presente y retrospectiva un balance desmoralizador. ¿Por qué una
sociedad que confiesa querer la paz como nunca en la historia, es tan
incapaz de construirla a pesar de su potencial en todos los órdenes? Más aun
cuando tiene en su experiencia reciente un resultado tan brillante como la
reconciliación europea tras la Segunda Guerra Mundial. Es importante
detenerse primero y meditar sobre esta otra contradicción, por razones
prácticas. Porque tener una cultura de paz se revela insuficiente. Y,
también, porque nos muestra claramente las limitaciones con las que operan
los marcos referenciales cuando sólo se encuentran sostenidos por el
laicismo.

De las muchas definiciones que existen sobre el concepto de cultura querría
remarcar tres ideas básicas comunes a todas ellas:

Por una parte, la cultura entendida en toda su dimensión colectiva como
concepción compartida que impera en un momento histórico, en una determinada
sociedad. Una segunda acepción entiende la cultura como el fruto del
desarrollo del intelecto y del espíritu humano de cada persona, como vía de
excelencia. Finalmente, arrancando de la concepción de Aristóteles, la
cultura como ejercicio de la libertad o, en este sentido, como realización
opuesta radicalmente a la predeterminación de la naturaleza. La cultura sólo
es posible en el hombre porque es consecuencia de su libertad y, por tanto,
no constituye un acto "natural".

En relación a la paz, Kant afirmaba que no era un estado natural sino un
deber ético instaurado desde la voluntad. Sólo puede nacer de la acción
producida por la voluntad del hombre. También aquí habría una contraposición
entre la naturaleza y la paz misma que sólo resulta posible como acto de la
voluntad y no es el resultado de procesos predeterminados.

Con todo ello podemos ya establecer el concepto de cultura de la paz.
Consistiría en el desarrollo al que cada persona llega y que, a su vez,
posee el conjunto de la sociedad como elección -y subrayo la idea de
elección- dirigida a vivir en paz, estar en paz. Cultura y paz se encuentran
estrechamente relacionadas en su génesis. No nacen de manera natural, no
constituyen un hecho espontáneo, instintivo, sino surgido del ejercicio de
la voluntad, del Yo, donde la conciencia de cada uno, de cada hombre, de
cada mujer, es fundamental.

Establecida la estrecha relación entre cultura y paz, es necesario
introducir tres distinciones en el concepto de ésta última:

Existiría una primera concepción de la paz entendida como técnica de gestión
basada en determinados procedimientos y conocimientos profesionales
especializados, dirigidos a evitar o concluir el conflicto. Aquí la paz es
entendida simplemente como la ausencia de guerra, su enfoque sería
meritocrático, técnico.

Existe una segunda distinción de lo que es la paz, cuando es asumida como
deber ético, como imperativo y norma de todo comportamiento. Así, la paz es
vista como armonía necesaria, como concordia civil para todos, que surge de
un axioma relacionado con la convivencia.

Pero, a parte de ese nivel ético, de esta distinción, existe un tercer
concepto de paz que deseo subrayar dada su importancia y sobre todo porque
es, a su vez, sistemáticamente omitido, olvidado. Se trata de la paz como
hecho religioso. En este caso la violencia y la guerra son entendidas como
trasgresión hacia Dios, como una forma de pecado. Esta es la paz que el
"shalom" judío expresa de una manera tan precisa, porque significa la
recuperación de la relación con Dios. Aquí, por tanto, la paz no surge de
una técnica, ni tan solo de un principio ético, sino como acto de conversión
y reconciliación con Dios.

Las tres distinciones son necesarias porque su naturaleza es diferente y
porque a través de ellas podemos conseguir la paz objetiva real. Pero ello
exige no sólo tenerlas presentes, sino articularlas correctamente en un
orden determinado. Otorgándole a cada una su posición en la jerarquía, su
papel de independencia. "Shalom", la paz de Dios, es el fundamento de todo
porque sólo la paz nacida en la conciencia, en el corazón del hombre, es
fuerte. Esta paz es la paz fundamental, la roca, la base donde asentar toda
construcción. Por eso sobre ella se asienta la dimensión ética que es la
manera civil de trasladar a todo el mundo la paz que nace de Dios, es la
benevolencia y la celebración de la fraternidad humana. Y si el "Shalom" es
el cimiento que aporta la concepción religiosa, la ética es el edificio
construido sobre este cimiento que acoge a todos, creyentes y no creyentes.
La concepción religiosa del hombre permite la paz profunda sobre la que
asentar la paz civil de la sociedad, una sin la otra no son viables.
Finalmente, y siguiendo el símil anterior, la dimensión técnica de la paz
corresponde a la gestión de la casa así construida. La raíz religiosa, la
razón ética viene, en el orden humano, concretada en sus realizaciones
mediante la aplicación de conocimientos específicos.

La cultura de la paz nace del corazón del hombre, eso es, del Yo. Pero no se
forja en el vacío, no nace de la absoluta individualidad sino que se
configura dentro de los marcos referenciales.

Por tanto, la cultura de la paz estará relacionada con las características
que posean los marcos referenciales de nuestro tiempo. En la actualidad
¿cuáles son estas principales características en cuanto a la paz?

Del análisis de Taylor podemos extraer algunos elementos de gran utilidad:

Nuestro tiempo se caracteriza por el respeto a la integridad de la vida
humana entendida, eso sí, dentro de ciertos límites. Va creciendo, por una
parte, el respeto hacia esta integridad, pero por otro lado, tiende a
desaparecer en toda aquella condición de vida humana que es previa al
nacimiento, con el desarrollo y generalización primera del aborto y por la
tentación de convertir al embrión humano en simple materia prima. Y, por
otra parte, en la fase final de la vida, en la idea de que el homicidio
asistido voluntaria o involuntariamente, es decir la eutanasia, como
legalmente pretende ser reconocida, intenta también introducirse. Por todo
ello existe un concepto radical del respeto a la idea humana pero limitado
desde estos dos ámbitos. Aquí encontramos una fisura en la estructura
profunda del concepto, cuyos efectos tienden a relativizar el valor de la
vida humana, a jerarquizarla en función de su utilidad. Esta forma de
interpretación subyacente tiene una poderosa derivación contraria a hacer
efectiva la cultura de la paz, porque progresivamente se aplican "sólo"
criterios de utilidades, y remarco el "sólo".

Sabemos también que el respeto del actual sistema de ideas se extienden a la
autonomía personal de manera muy radical y, por tanto, a la libertad. Esta
es también una característica del marco referencial de nuestra época: la
libertad personal, entendida sobre todo en el sentido de la elección, es un
lugar común al que se considera que hay que poner escasísimos límites. De
aquí que el aborto sea concebido, en una pauta cultural predominante, como
la "libertad de elección de la mujer". La particularidad, la paradoja es que
esta decisión opera sobre un ser que todavía no tiene autonomía personal
pero que ya posee plena especificidad y subjetividad como ser humano.

Finalmente, son características claras de nuestro tiempo ligadas a aquel
respeto a la integridad, el rechazo al sufrimiento humano y a la valoración
de la vida cotidiana que contrasta con la valoración de la vida integrada en
ideales considerados como superiores en otras épocas, el ideal heroico, el
ideal religioso, el ideal de la sabiduría. Esto es así hasta el extremo que
Taylor relaciona el desarrollo del socialismo marxista como una dimensión de
esta valoración de la vida cotidiana en términos de productividad económica.
De hecho, este mismo criterio podríamos aplicarlo hoy al sentido de la
política que, en gran medida y especialmente en Europa, está dirigido y
centrado exclusivamente en la orientación económica.

Pero en cualquier caso y en definitiva, siguiendo con Taylor, el criterio
básico de nuestra época es el del respecto hacia el otro.

Este hecho, este respeto hacia el otro como marco referencial básico
constituye un cambio radical respecto a épocas precedentes muy inmediatas;
en relación al siglo XIX e incluso a la primera mitad del siglo XX. Tal vez
no seamos excesivamente conscientes de ello, pero tras la I Guerra Mundial
y, sobretodo de la II, se ha producido un punto clarísimo de cambio de
paradigma, para expresarlo en otros términos, de substitución de elementos
del marco referencial. Nuestra época, por tanto, significa o se caracteriza
por un avance notabilísimo, muy positivo, por lo que se refiere a los marcos
referenciales de la cultura de la paz. Para entender las diferencias entre
nuestra época y las precedentes podemos recorrer a la ayuda de Jacques
Barzum y su extraordinario libro "Del amanecer a la decadencia, 500 años de
la vida cultural de Occidente"[1]. Barzum escribe: "lo que llevó a las
diversas mentes hacia este voluntario acto colectivo de guerra fue un
conglomerado de antiguas condiciones, de rasgos culturales y efectos
intelectuales, junto a propósitos más o menos definidos". Barzum señala
alguno de estos elementos, de estos factores que alimentan las condiciones
de guerra: el neoromanticismo; el colonialismo como cuestión de prestigio;
las razones nacionales que llevan al rearmamento, siempre por causas
supuestamente defensivas; el "lugar en el sol" alemán -predecesor de la
teoría del "espacio vital nazi"- ;la caracterización negativa del otro; la
visión británica de luchar por la vida que impregna todo Occidente; el
Darwinismo social; la escuela de los denominados antroposociólogos y su
pretendida caracterización de razas.  Todos estos elementos no rechazaban la
guerra, e incluso, la celebraban. Ernest Renan escribió en 1876 "la guerra
es una de las condiciones para el progreso, el aguijón que evita que un país
se duerma". Hoy sería imposible escribir algo así. Quiero remarcar, lo hace
Barzum, la influencia que tuvo la prensa en la presentación de la guerra
como algo excitante, comenzando por la de los Boers y la de Estados Unidos
contra España. En definitiva, se construyeron unos marcos referenciales que
hacían difícil, por no decir imposible, una cultura de la paz, y en ellos la
cultura mediática jugó un papel importante.

La pregunta es obvia. Si las ideas predominantes en el periodo anterior
favorecían la guerra, ¿Cómo es posible que con los paradigmas actuales, tan
distintos, tan opuestos, ésta siga en pie? ¿Cómo es posible que con los
valores que forman parte de nuestros marcos referenciales de hoy, con el
respecto a la integridad de la vida, el rechazo radical del sufrimiento y el
respeto hacia el otro como criterio moral básico, pueda mantenerse no ya la
guerra como hecho habitual, sino producir el desarrollo de la violencia en
la vida cotidiana de nuestra sociedad en tal medida?. Violencia delictiva en
las calles de nuestras ciudades en cantidad nunca vista hasta ahora,
violencia en el tiempo de ocio, en el deporte, en la escuela, al tiempo que
pervive la lacra de la violencia en el hogar, sólo que ahora más notoria, la
de género, y otra más oculta con pequeños y ancianos. ¿Por qué ese poderoso
paradigma del respeto a la vida y el rechazo al sufrimiento no se traduce en
actitudes? ¿A qué se debe tanta contradicción entre lo políticamente
correcto y los hechos reales?. Si la concepción correcta de nuestro tiempo
sólo describe un escenario deseable, la convivencia y la paz, la cuestión a
aislar, el interrogante básico es ¿Por qué entonces no impera ésta en mayor
medida?.

La respuesta es que no impera, porque en esta concepción política y
culturalmente dominante, el marco referencial hegemónico es la laicidad, que
pretende conseguir la paz y la convivencia sólo a través de dos de los tres
niveles apuntados anteriormente. Pretende conseguir la paz desde el ámbito
técnico, el de la gestión, y lo pretende también desde el ámbito ético. Y lo
que entonces sucede es que la paz que hoy forma parte de una concepción
cultural colectiva del discurso oficial de todos resulta ajena a la
conciencia, al interior del hombre.

Y es ajena porque Dios ha desparecido. La paz entendida como "Shalom", como
gracia de Dios, ha desaparecido. Por eso es tan difícil la pacificación de
la sociedad vasca y tal vez la misma razón, funcionando en un supuesto de la
conciencia distinto, haya posibilitado un proceso de paz en el que la
reconciliación es posible pero no evidente en Irlanda del norte a pesar de
la sangre derramada durante siglos.

La explicación de la contradicción de nuestra época entre el paradigma que
se propone y los resultados a los que se llegan, radica en la desaparición
de Dios y, por tanto, la imposibilidad de que el sentido de paz penetre de
una manera efectiva en la conciencia de los hombres.

Y esto es así porque es muy difícil que se forje la conciencia sin Dios. No
es imposible pero se trata de hechos singulares. Masivamente el hombre
necesita de la relación con Dios -por tanto, de la religión- para
desarrollar su conciencia. Belohradsly[2]  establece un clarividente
diagnóstico. La relación con Dios es el artífice básico de la formación de
la conciencia personal. Esto es así por una razón muy evidente: en la
relación con Dios nadie puede sustituirnos. Ella nos ayuda a crecer y a
profundizar hacia adentro. El laicismo, al expulsar a Dios de la cultura,
impide, así mismo, el enraizamiento de la paz.  El conflicto de nuestro
tiempo, cuando los marcos diferenciales indican otra cosa, la violencia y la
guerra, es la manifestación más clara de que sólo con la ética de la
laicidad no es posible construir un mundo en paz, un mundo no violento.
Porque desaparece el guardia que la conciencia de cada cual ejercía. Porque
el sentido vivido -no teorizado-  de la fraternidad como hecho que nace de
sentirnos hijos de un mismo padre, ha sido derrotado. Porque la creencia ha
sido liquidada y el resultado es que ahora, a pesar del discurso de la paz,
producimos más armas que nunca. Ello explica la frustración y la inseguridad
de nuestra época.

Esta realidad, la experiencia y el dato social, hace evidente, nos conduce a
una conclusión rotunda: la necesidad de construir otros marcos referenciales
que sustituyan los presentes y sean capaces de incidir en la libertad, en la
conciencia de cada persona, porque las vigentes han demostrado de sobras su
incapacidad para edificar una cultura de pacífica convivencia.

Sólo es posible una cultura de paz y una progresiva eliminación de la
violencia si introducimos en el marco de referencia de nuestra época, el
sentido de Dios  y nuestra relación con Él, es decir, la dimensión religiosa
de la persona, de cada hombre y de cada mujer. Y esto sólo podrá  ser
posible si conseguimos que una concepción cristiana esté presente en el
espacio público. Porque espacio público y marco referencial están
estrechamente ligados, de hecho es en el espacio público donde se construye
el marco referencial en su dimensión operativa.

Conseguir una cultura de la paz más efectiva no constituye una tarea
distinta a los otros retos como la solidaridad o evitar la ruptura
antropológica que se acerca. También el discurso de la solidaridad forma
parte del marco referencial, pero está muy lejos de aplicarse,
escandalosamente lejos, incluso en relación a otras épocas, porque hoy una
mayor productividad permite dar respuesta a las necesidades de toda la
humanidad y esto es una diferencia sustancial con cualquier periodo
histórico anterior donde la pobreza era consecuencia de una insuficiencia
del propio sistema productivo, a parte, de una mayor o menor injusticia en
su distribución. Hoy el sistema productivo permitiría una razonable
satisfacción de las necesidades de todas las personas y ello no es así a
pesar de que el discurso de la solidaridad sea el políticamente correcto,
por la misma razón que no impera -no se traduce en hechos suficientes- la
cultura de la paz, porque esta solidaridad es, sobre todo, discurso, barniz,
pintura y no expresión de amor que nace de lo más profundo de la conciencia.

[1] Jacques Barzum, Del amanecer a la Decadencia, 500 años de la vida
cultural de occidente
.

[2] Belohradsky. La vida como Problema Político, 1988, Madrid. Ediciones
Encuentro.

Este texto se ha tomado del último libro de Josep Miró, El desafío cristiano, publicado en Planeta+Testimonio. El desafío cristiano responde al laicismo absolutista y excluyente con una concepción de la sociedad basada en la comunidad responsable y la armonía entre libertad y responsabilidad, recuperando la familia, la tradición y la justicia social como valores abiertos a todos los que han heredado la cultura cristiana, sean o no religiosos.

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