¿Por qué ‘Homo Gaudens’?

Por dos razones, una biográfica y retrospectiva, acuñada por la propia experiencia, y la otra prospectiva y programática, dirigid…

Por dos razones, una biográfica y retrospectiva, acuñada por la propia experiencia, y la otra prospectiva y programática, dirigida hacia el quehacer más inmediato, el de cada día.

Empiezo por la retrospectiva. Literalmente homo gaudens significa “hombre alegre”, aunque esto, dicho así, probablemente no nos aclare mucho.
La expresión surge como una más de las diversas caracterizaciones esenciales del ser humano. Siguiendo la nomenclatura binomial establecida por Lineo, dos palabras en latín (género y especie), al hombre se le definió como homo sapiens para distinguirle, dentro del orden de los primates, a este homo de otros homínidos del género homo, como el homo habilis o el homo erectus. La expresión hizo fortuna y a lo largo del siglo XX pasó de la antropología biológica al campo general del pensamiento, en donde diversos autores fueron fijando expresiones similares para resaltar alguna capacidad humana de las muchas que distinguen al hombre de los animales.
He aquí algunas de esas expresiones: homo faber (el ser que trabaja), homo economicus (el ser que organiza su vida en torno a la economía), homo viator (el que está en camino), homo symbolicus (el que se maneja con símbolos), homo religiosus (el que reza), homo loquens (el que habla), ludens (el que juega)… y muchas otras.
Dentro de esta constelación de etiquetas, desde la Pedagogía se hizo una nueva aportación, homo gaudens. La propuesta viene de la mano del pedagogo Víctor García Hoz y con ella quiere significar el modelo de hombre que la educación debe procurar: el hombre de la alegría. Al estudio de este modelo de hombre y su aplicación al mundo de la educación he dedicado no pocos esfuerzos.
Esta es a grandes rasgos la trayectoria de la expresión que tiene su continuidad en el presente. Cuando se redactan estas líneas para el estreno del blog aun está reciente la aparición de la primera exhortación apostólica firmada por el Papa Francisco, Evangelii gaudium. Cuando tuve noticia de ella por vez primera, y después con su lectura, no he podido por menos que hacer una triple asociación entre mi experiencia de educador que siempre me acompaña, la propuesta de García Hoz que yo había estudiado años atrás y las enseñanzas del Papa Francisco, nuestro actual padre en la fe.
Ahora vamos con la segunda de las razones apuntadas. Homo gaudens tiene un componente de esperanza -y esperanza activa, dinámica- sin la cual el adjetivo gaudens no tendría cabida. El mundo en el que nos está tocando vivir tiene demasiados rotos como para ignorarlos. No podemos cerrar los ojos ante el mal porque negar el mal o disimularlo sería ayudar a su fomento, a su extensión y a generar confusión. Hoy, como siempre, se necesitan voces proféticas cuya contribución sea el aviso y la denuncia de los males presentes, pero simultáneamente con la denuncia y en dosis aun mayores necesitamos propuestas de pensamiento y de acción que sean estimulantes y atractivas. Es muy de agradecer que se nos prevenga de dónde están los charcos para no meternos en ellos, pero lo es más aun si a la vez se nos señalan las zonas de tierra firme. Si vivir es caminar -y lo es- no hay más remedio que pisar la tierra, no cabe otra posibilidad que echar el paso. Necesitamos saber dónde no y dónde sí podemos pisar.
El actual Papa Francisco, en la exhortación antes citada -Evangelii gaudium- insiste en esta idea. Toda esta exhortación, comenzando por el propio título, rezuma apertura, vitalidad y esperanza. Puestos a dar citas nos saldría una relación demasiado extensa. Para no ser reiterativo voy a señalar solo una que puede servir de muestra y que en mi opinión es especialmente significativa porque está dirigida a los predicadores, a los que corresponde el oficio de hablar a los fieles. Después de haber dedicado un apartado largo a explicar diversos aspectos de la predicación, al final de ese apartado, en el punto 159 el Papa les fija un criterio referido al lenguaje que deben usar: “El lenguaje positivo. [Este lenguaje] no dice tanto lo que no hay que hacer sino que propone lo que podemos hacer mejor. En todo caso, si indica algo negativo, siempre intenta mostrar también un valor positivo que atraiga, para no quedarse en la queja, el lamento, la crítica o el remordimiento. Además, una predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad”.
Yo he hecho mío ese criterio pues aunque no soy un predicador sí que hablo y escribo para los demás. Por eso me ha parecido especialmente aprovechable la recomendación del Papa Francisco.
Estas son, lector amigo, mis intenciones iniciales. No me gustaría desviarme de ellas y si acaso lo hiciera, te rogaría que, si lo tienes a bien, amablemente me hicieras ver mi desvío. La tentación de desánimo está siempre al acecho y nadie tiene asegurada la vacunación contra esta tentación ni contra ninguna otra. Solo la gracia nos puede impedir la caída, cualquier caída. Al escribir estas cosas afluyen a mi pensamiento el presente y el pasado. El pasado por el recuerdo de un artículo del P. José Luis Martín Descalzo publicado hace ya muchos años con el título “El pecado de tristeza”. Quizá en su momento lo incorpore al blog, porque merece la pena. El presente porque nuevamente toman cuerpo las palabras del Papa y su reciente exhortación. Con ellas quiero cerrar este estreno del Homo gaudens. Verás, lector, que el Papa Francisco no se anda con chiquitas y que emplea palabras muy duras, verdaderos estregones que dejan el alma en carne viva.Aviso e insisto en que son palabras muy recias, pero llenas de verdad y de luz.
Después de haber señalado en el punto 82 los motivos de la acedia pastoral, o sea el desánimo en el que caen tantos cuando se trata de trabajar en la extensión de la fe, en el punto siguiente, el 83, a todos los cristianos, nos espolea con un auténtico puyazo cuando nos explica que:
“así se gesta la mayor amenaza, que «es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad». Se desarrolla la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más preciado de los elixires del demonio». Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior, y que apolillan el dinamismo apostólico”. (Evangelii gaudium, 83).
Mil gracias. Que Dios te bendiga.
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