¿Por que nos importa tan poco la política exterior?

Es una evidencia que cuando tratamos de lo que sucede más allá de nuestras fronteras el desinterés es total. Es una grave omisi&o…

Forum Libertas

Es una evidencia que cuando tratamos de lo que sucede más allá de nuestras fronteras el desinterés es total. Es una grave omisión, porque más pronto o más tarde lo que sucede sobre todo con nuestras vecindades geográficas nos va a afectar; de hecho, ya nos afecta ahora. Evidentemente, no nos referimos a la Unión Europea, porque esto no es situarse al otro lado de la línea fronteriza ya que formamos una sola unidad, aunque también ahí el seguimiento de lo que sucede deje muchísimo que desear. Nos referimos al caso concreto de lo que está acaeciendo en los países árabes mediterráneos y un poco más lejos de ellos, hacia el centro del interior de África, en Malí.

Situemos los hechos. En primer lugar, la incapacidad trágica de la Unión Europea de tener una política exterior común incluso en cuestiones tan decisivas como la Resolución de Naciones Unidas concediendo la condición de Estado Observador a Palestina. Una vez más la Unión Europea se dividió en dos bloques: la mayoría votó a favor, la minoría en contra. Pero, más allá del signo del voto, lo importante es subrayar que sigue sin resolverse uno de los males crónicos. De esta manera, ¿cómo puede aspirar Europa a ser la voz en un mundo globalizado y cada vez regido por mayores titanes? Ahora es China, muy pronto Brasil, y la India. O la emergencia de América Latina, con México al frente, además de las potencias consolidadas, como evidentemente Estados Unidos, pero también en menor media Japón. ¿Cómo vamos a hacer un frente común desde Europa sin quedar reducidos a una periferia dependiente si nos fraccionamos en las voces de los minúsculos estados que componen la Unión?

Esto sucede acentuado y multiplicado en relación a la inestabilidad que reina en parte del Mediterráneo árabe. En Túnez, el lugar donde empezó la Primavera Árabe, la incapacidad para que se mantenga un gobierno estable salta a la vista. El presidente del país ya ha pedido la formación de un nuevo gabinete. Y eso que el actual está en manos de los islamistas en su versión más moderada. En Libia todavía no se ha superado la fase tribal ni territorial, que en muchos casos termina en enfrentamientos internos. Libia se ha convertido en una cierta nebulosa donde lo único que sabemos es que exporta petróleo. No es un buen síntoma. Egipto, el gigante de la zona y líder natural, cada vez más con permiso de Turquía, atraviesa por una profunda fase de inestabilidad política, después de la decisión del presidente Mursi de autootorgarse poderes dictatoriales que le sitúan por encima de las decisiones de la Justicia. Todo esto no sabemos cómo va a terminar y ahí empieza el problema, que se multiplica cuando en Estados Unidos hay una Administración que en su forma de orientar lo que acaece en esta zona no parece tener las cosas especialmente claras y su voluntad de implicarse existe en la medida en que es presionada por Israel, lo cual quiere decir que cuando lo hace tiene una perspectiva que no es del todo acorde con la visión europea.

A todo ello se le añade un nuevo problema, como es el del norte de Malí, ocupado por diversas facciones yihadistas. Es un territorio que limita con muchos países: con Argelia, con Mauritania, además de los que se encuentran por debajo del Sahel. Es tan grande como España, si bien mucho menos poblado. Pero ahí se ha generado un caldo de cultivo de la yihad más militarizada y belicosa. La capacidad que estos grupos posean de estabilizar este territorio e irradiar, sobre todo hacia Mauritania y Argelia, es un factor que a medio plazo solo puede ser visto con extraordinaria preocupación. No estaría de más tener presente que solo un estado nos separa de esta zona extraordinariamente caliente, el argelino.

Con esta perspectiva, España, agobiada por la crisis, vive al margen de lo que suceda en el sur; y Europa continúa fragmentada en su crónica incapacidad para gobernarse. Necesitamos desesperadamente una conciencia ciudadana que sustituya a los políticos, que se dedican a marear los problemas, por verdaderos estadistas.

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