¿Por qué “sí” a la clase de religión?

Pocos asuntos hay tan zarandeados en la educación como la asignatura de Religión. Su presencia entre las materias de estudio suscita adhesiones, cada …

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Pocos asuntos hay tan zarandeados en la educación como la asignatura de Religión. Su presencia entre las materias de estudio suscita adhesiones, cada vez menos, y rechazos, cada vez más. Si en lugar de Religión se tratara de decidir sobre si incluimos o no en el horario un par de horas dedicadas a materias tan interesantes para la educación como el teatro o el ajedrez, la cosa no pasaría de un debate “técnico” entre los responsables de la educación y quizá cierto intercambio de opiniones entre padres, profesores y alumnos. Pero con la Religión no pasa eso, su estatus es lugar de desencuentro, cuestión disputada que provoca desazón y posturas enfrentadas. ¿Por qué es así? ¿Qué tiene esta clase para ser atacada y defendida con tanto encono? ¿Cómo es posible que provoque tanta polémica la asignatura tantas veces considerada como la más inofensiva de las “marías”? ¿Habrá dejado de serlo? ¿Qué razones, si es que las hay, entran en juego para esta confrontación?

Entre otras hay una profunda, evidente y palmaria, y es la siguiente: con la Religión ocurre que apunta al corazón del individuo, a su conciencia, y por eso forma o deja sin formar el núcleo más personal del hombre y por extensión a la persona entera. Mientras que las demás asignaturas se dirigen a desarrollar parcelas de la persona (habilidades intelectuales, físicas o artísticas), la Religión, afecta, además, a la conciencia, porque propone un determinado modo de entender el mundo y la realidad, el sentido de la vida y de la historia, el ser y el obrar del hombre. Esto es así, y por esa razón ni puede ser obligatoria para nadie, ni puede considerarse que sea de poca importancia. Y este es precisamente el argumento que nos hace defenderla. Quienes decimos sí a la Religión en la escuela lo hacemos sabedores de que su ausencia deja sin cubrir un vacío que ninguna otra puede llenar: la adquisición de unos conceptos y de unas actitudes que orientan la conciencia y con ella vida entera.

Por ser un asunto de conciencia no podrá obligarse a nadie, pero por el mismo motivo no podrá impedírsele a nadie. Se nos dice que si queremos educar en la fe, lo reservemos para la catequesis, pero este argumento es tan endeble como si pretendiéramos reducir la educación física al gimnasio privado. Uno de los rasgos en los que convergen los distintos movimientos personalistas es que la persona es una, que es lo mismo que decir que el corazón humano es indiviso. Porque la persona no es troceable, si dejamos de atender su espíritu, dejamos desatendida a la persona entera. ¿En base a qué motivo un muchacho debe aparcar su fe a la puerta del colegio o del instituto? Se dice también que en la escuela pagada con el dinero de todos no debe quedar sitio para ninguna confesión religiosa, porque debe ser neutra. Pero la escuela neutra no existe. En educación, se sepa o no, se quiera o no, siempre se toma partido, siempre se apuesta por algo. “No hay Pedagogía neutra; –decía Maritain- o no es neutra, o no es Pedagogía”. Pasa lo mismo con la salud: puede ser buena o mala, mejor o peor, pero no cabe hablar de salud neutra porque la salud neutra no existe. No deja de ser chocante que mientras el neutralismo teórico hoy no lo defiende nadie, el neutralismo práctico tenga cada vez más adeptos. La escuela plural lo que sí debe es acoger a todos sin mutilar la fe de nadie, cristianos o no. Por lo demás, el dinero público sale en su parte mayoritaria de los padres que sí quieren clase de Religión.

Aparte de esto, a quienes decimos sí a la clase de Religión nos asisten, además, argumentos jurídicos y socioculturales, cuya importancia también es significativa. A veces nosotros mismos los hemos tomado como los de mayor peso, pero no lo son; teniendo su valor, están subordinados al anterior.

Y queda, por último, hablar del quicio de todo este debate, el que lo soporta y lo ilumina. Es el fundamento de esta cuestión, donde está su raíz última. Es un argumento estrictamente religioso (sin fe debe ser imposible de aceptar) y a la vez supera toda argumentación, porque no es algo sino alguien: el propio Jesucristo, la persona misma del Señor Jesús, ante el cual los corazones se dividen, y no pueden no dividirse, porque no es un hombre más sino del Hombre-Dios; no se trata de un muerto histórico sino de “el que vive” (Ap 1, 18) y porque está vivo, actúa. Está escrito: “Este está puesto para que muchos (…) caigan y se levanten, será como una bandera discutida, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2, 34-35). Él es el verdadero centro de esta discusión, Él es quien provoca adhesiones y rechazos radicales porque ha sido el único que se ha presentado a sí mismo como “la” Verdad, la única Verdad. Él, en cuyo nombre la mayoría hemos recibido la fe, es quien interpela y no puede dejar de hacerlo, quien pacifica y quien inquieta como ningún otro, el único que se ha atrevido a afirmaciones tajantes, como por ejemplo esta: “El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12, 30).

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