Por qué sufrimos la corrupción

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Corrupción, ese sí es un viejo debate que aflora contumazmente en todos los medios de comunicación y se infiltra en las mentes hasta parecer que la política y las finanzas se confunden con ella y con el fracaso en evitarla. ¿Cuánto tiempo llevamos así, cuantas leyes y medidas adoptadas? La corrupción parecía una consecuencia de la dictadura, ¿pero ahora, después de décadas de democracia, a qué obedece? Quién recuerda el ‘Caso Flic’, que afectó al PSOE en 1981, los fondos reservados, Filesa, Ibercop y Mariano Rubio, Casinos, Naseiro. La lista fatiga por su extensión. ¡Son más de 30 años de corrupción política en democracia!

Pero, no hay corruptores sin corruptos y la lista de casos de la propia sociedad civil es todavía mayor. Hemos olvidado que es en el corazón de la persona donde anida la corrupción, algo que no se corrige solo con leyes, porque se necesita de la virtud personal para remediarla. Virtud, una palabra ante la cual algunos reaccionan como un Millán Astray cualquiera al mentarle la inteligencia. Ya nos lo advirtió Aristóteles antes del invento del fútbol, la televisión, y la pornografía a gran escala, que tanto entretienen y divierten, pero ni los sofistas entonces, ni ahora los liberales, se lo han tomado en serio.

El Estagirita dejó escrito (Política, III, 5, 1280 a y b) y se mantiene vivo en términos de MacIntyre, y Margarita Mauri, por citar alguien de casa, que “los hombres no se han asociado solamente para vivir, sino para vivir bien" y esto significa que “todos los que se interesan por la buena legislación indagan acerca de la virtud y la maldad cívicas. Así resulta también manifiesto que la ciudad que verdaderamente lo es, y no sólo de nombre, debe preocuparse de la virtud; porque si se limita a una garantía de los derechos de unos y otros, como sostiene Licofrón el sofista, deja de ser capaz de hacer a los ciudadanos buenos y justos”. Y esa sigue siendo la cuestión. Los sofistas han ganado, y nuestra cultura política y social pretende evitar la corrupción sin la virtud. La ruina colectiva es espectacular. Vivimos un nuevo fin del Imperio Romano pero sin leones, mucha pluma, y mucho circo.

Necesitamos nuevas políticas. La de la virtud, y por tanto de una revolución personalista, y la de la liquidación de las “estructuras dañinas” y el fomento de las “estructuras de bien”, y eso es la revolución de la comunidad responsable.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

Publicado en La Vanguardia el 26 de agosto de 2013

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