Prefiero lo bueno y hago lo malo

Somos la única especie del planeta capaz de pensar y de interrogarse sobre su propia existencia. También entendemos que es preferible el…

Somos la única especie del planeta capaz de pensar y de interrogarse sobre su propia existencia. También entendemos que es preferible el bien al mal, la justicia a la injusticia, la verdad a la mentira. Dentro de nosotros, formando parte de nuestra propia naturaleza, existen unos principios orientadores de nuestra conducta que llamamos ética.

Al mismo tiempo tenemos en nuestro interior apetitos y tendencias desordenadas que deseamos satisfacer, aunque sea en contra de los principios éticos que nos configuran como personas y lo que es más grave, una enorme capacidad para tratar de justificar nuestras acciones.
Esta situación es anterior a cualquier consideración religiosa. Cualquier hombre sabe que matar es malo, injusto y rechazable, sobre todo si él es o puede ser la victima pero puede convencerse, o ser convencido, de que los enemigos o las razas inferiores deben ser eliminados. Hoy también muchos han sido convencidos de que los concebidos no deseados pueden ser eliminados sin más.
Nuestra naturaleza también nos obliga a vivir en sociedad y seguramente admitiríamos que esta sociedad debe organizarse en bien de todos los que la componen, pero está claro que esto no es así. Siempre han existido minorías que han impuesto su voluntad en su propio beneficio y a costa de los demás yhan elaborado alambicadas doctrinas económicas y sociales para justificar su egoísmo y su afán de poder.
Pero grandes y pequeños, nobles y plebeyos, gobernantes y gobernados, todos estamos sujetos a vivir en la tensión permanente del bien que deseo y el mal que hago y trato de justificar.
La más fácil e insidiosa justificación de nuestras perversiones es invocarque todos lo hacen. Como todos defraudan, yo defraudo; como todos se dan al sexo irresponsable, yo también; como nadie se casa, yo tampoco, y así podemos alargar la lista, cuyo resultado es el hundimiento de los valores del que nos quejamos.
La iglesia católica lleva dos mil años explicando que las acciones opuestas al bien son pecados que nos dañan y de los que necesitamos ser redimidos y salvados por Cristo, Hijo de Dios. Por nosotros mismos somos incapaces de regenerarnos, necesitamos ser perdonados una y otra vez, por el Dios que nos llamó a la existencia y nos ama.
Este es el núcleo de la evangelización que hay que retomar de nuevo. Los cristianos tienen que dar testimonio de su encuentro con Cristo, que los ha curado y perdonado: “vete y no peques más”.
¿Pero si la sal se vuelve sosa como se salará? Si los que nos decimos cristianos no nos sentimos pecadores redimidos ¿qué podremos decir a los demás? Si nos presentamos como oficialmente buenos, estaremos imitando a los repelentes fariseos.
Si para la gente que nos rodea somos simplemente gente de “la derecha”, defensores de tradiciones y valores que no vivimos o perpetuos acusadores de los demás, estaremos traicionando el evangelio de Jesús que nos pide salir al encuentro de los demás, acogerlos y amarlos, aunque todo ello nos complique la vida.
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