Preparemos con el Papa los caminos del Señor

Caminemos a la luz del Señor Con gozo hemos vivido la visita apostólica del Santo Padre Benedicto XVI a Barcelona los días 6 y 7 …

Forum Libertas

Caminemos a la luz del Señor

Con gozo hemos vivido la visita apostólica del Santo Padre Benedicto XVI a Barcelona los días 6 y 7 del mes de noviembre de este año. Ha sido un auténtico don de Dios. El Papa ha venido a nuestra Iglesia de Barcelona y nos ha manifestado su afecto y su solicitud pastoral por todas y cada una de las Iglesias locales. Al pie del avión que lo conducía a Roma, me dijo que se llevaba un recuerdo inolvidable de esta visita. Nosotros también conservamos un recuerdo inolvidable de su estancia entre nosotros.

Os escribo estas reflexiones con el corazón lleno de alegría por este importantísimo acontecimiento eclesial que hemos vivido, como no dudo que también vosotros queridos diocesanos la experimentáis, participando de aquella alegría que, como nos ha dicho el Santo Padre, él mismo experimentó al “dedicar el templo de la Sagrada Familia, obra del genial arquitecto Antoni Gaudí –alabanza a Dios hecha de piedra– y al visitar la Obra del Nen Déu, iniciativa que pone de manifiesto que la caridad es el distintivo de la condición cristiana”.

Las reflexiones que siguen quieren ser la continuación de la exhortación pastoral titulada Comenzamos con el Papa un nuevo curso, que publiqué el 24 de septiembre de este año, fiesta de Nuestra Señora de la Merced, patrona de nuestra archidiócesis. Os decía que “la visita del Santo Padre la enmarcamos en la vida eclesial diocesana, bien dispuestos a ser confirmados en la fe por el sucesor de Pedro, a acoger su mensaje para llevarlo a la práctica y a crecer en la catolicidad del que vive la solicitud por todas las Iglesias”.

Este es el objetivo de esta nueva exhortación pastoral. Estamos en el tiempo de Adviento, en el comienzo de un nuevo año litúrgico. El profeta Isaías nos invita a “preparar los caminos al Señor” y en el fragmento de su profecía leído en el primer domingo de Adviento dice: “Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor” (Is 2,1-5). Con la luz del mensaje del sucesor de Pedro queremos seguir los caminos del Señor.

Durante la preparación de la visita del Santo Padre hemos rezado mucho a fin de que la presencia y las palabras del Papa diesen muchos frutos espirituales y pastorales para nuestra Iglesia de Barcelona y para todas las diócesis catalanas, con las cuales trabajamos de forma conjunta. Ahora, después de la feliz realización del acontecimiento, nuestro objetivo es asegurar los frutos de esta visita. En especial para intensificar, con una renovada ilusión, nuestra fidelidad a Dios y a la Iglesia.

Amemos más al Santo Padre y valoremos su ministerio de sucesor de Pedro, crezcamos en el amor a Dios y a los hermanos y trabajemos con generosidad en la evangelización de nuestra sociedad, en especial en aquellos ámbitos que podemos considerar como especialmente necesitados de las palabras y del testimonio de los cristianos.

Por esto, si antes de la visita os pedía la colaboración de vuestras oraciones y la reflexión, en grupos o individualmente, del texto de las Siete catequesis que se difundieron dentro y fuera de la archidiócesis, ahora os pido que continuéis esta tarea espiritual y de reflexión pero, naturalmente, a partir de las palabras mismas que nos ha dirigido a todos el Santo Padre. Para facilitar esta tarea la archidiócesis ha editado un opúsculo que recoge todas las intervenciones del Santo Pare en Santiago y en Barcelona. Espero que pueda ser un instrumento de trabajo útil para conocer, reflexionar y aplicar las enseñazas de Benedicto XVI.

A la vez, al final de esta exhortación, se incluyen unas pautas para suscitar y encauzar la reflexión personal o comunitaria sobre los mensajes que nos ha dejado el Papa. Confío este trabajo a todos los diocesanos, y en especial a los Consejos diocesanos –el Presbiteral y el Pastoral Diocesano- y también a los Consejos pastorales arciprestales y parroquiales, así como a los grupos de escuelas, instituciones y movimientos eclesiales. Este trabajo pastoral conviene que se realice con un espíritu de conversión y con la voluntad de ser cada uno de nosotros y cada comunidad e institución eclesial más fieles a Dios y a la Iglesia, con el propósito de amar más al Señor y a los hermanos, especialmente a los pobres y necesitados.

Es deseable que el resultado de estas reflexiones lo hagáis llegar a la Secretaria General del Arzobispado, porque serán reflexiones que nos ayudarán a tomar algunas decisiones relativas a la pastoral diocesana y también nos serán muy útiles a la hora de establecer los objetivos del próximo Plan Pastoral Diocesano, que, como ocurrió con el anterior, deseo que sea fruto de las aportaciones de toda la diócesis.

Nuestro agradecimiento al Santo Padre

Antes de proponer algunos puntos de reflexión sobre los mensajes del Santo Padre, para que nos esforcemos en asimilarlos con el fin de progresar en nuestra vida cristiana y en nuestros compromisos como cristianos, deseo expresar, en nombre de toda la Iglesia de Barcelona, nuestra emocionada gratitud al Santo Padre por habernos honrado con su visita, por habernos animado en el cumplimiento de nuestra misión como Iglesia, por habernos dado ánimo e ilusión para no desanimarnos ante las dificultades y por habernos ayudado a adquirir una mayor conciencia de ser una Iglesia local en comunión con la Iglesia universal, extendida de Oriente a Occidente.

En referencia a los frutos de esta visita, en mi anterior exhortación pastoral decía que uno de los frutos de las visitas apostólicas “consiste en darnos cuenta de que cada una de las Iglesias locales merece ser destinataria del interés del Papa. Cada una de las Iglesias diocesanas es un santuario viviente, una asamblea de personas que, en la confesión de la fe, hacen visible la presencia de Cristo en medio de los hombres (cf. Lumen gentium, 26)”. En nuestra Iglesia de Barcelona está presente y actúa toda la Iglesia de Cristo una, santa, católica y apostólica. Amar a nuestra archidiócesis es amar a la Iglesia de Cristo. Por eso deseo agradeceros a todos el trabajo que realizáis con la oración y la acción, con vuestros compromisos en las comunidades y en la sociedad; todo esto es una manifestación de vuestro amor a la Iglesia, que como madre nos ha engendrado a la vida de hijos e hijas de Dios y alimenta esta nueva vida con la Palabra y los sacramentos.

Os invito a orar por Benedicto XVI y por su ministerio al servicio de la Iglesia y del mundo, como expresión de nuestra gratitud. Al final de la visita, al despedirme del Santo Padre le dije que lo llevábamos constantemente en nuestro corazón y en nuestra plegaria y le pedí que estuviéramos siempre en su corazón y en su plegaria. Le reiteré nuestro agradecimiento enviándole una carta y él, en un encuentro posterior en el Vaticano, con motivo de la reunión especial del Colegio cardenalicio, tuvo la delicadeza de mencionarme esa carta y expresarme de nuevo su satisfacción por el desarrollo de la visita.

Creo que hemos de agradecer al Papa de manera especial la valoración que ha hecho de la historia de Cataluña, de nuestra lengua, de nuestra cultura, de nuestra riqueza espiritual, haciendo referencia a los ejemplos de santidad, especialmente a partir del siglo XIX: “Una pléyade de santos y de fundadores, de mártires y de poetas cristianos. Historia de santidad, de creación artística y poética, nacidas de la fe, que hoy recogemos y presentamos como ofrenda a Dios en esta Eucaristía”. Como continuadores de esa historia, y para hacernos dignos de ella, hemos de animarnos unos a otros a avanzar en nuestro camino cristiano, tanto personal como comunitario, para que este dinamismo de santidad, de testimonio creyente y de servicio a nuestra sociedad se revitalice y se intensifique. Esta es nuestra primera y fundamental vocación.

En mi reciente estancia en Roma, además del Santo Padre, numerosos cardenales, arzobispos y obispos me han elogiado el desarrollo de la visita. Lo digo no para caer en la autocomplacencia, sino como expresión de nuestra gratitud a todos cuantos han colaborado con su plegaria, con su trabajo y con sus aportaciones, al feliz desarrollo del acontecimiento. Reitero aquí la gratitud que expresé, junto con los miembros del Consejo Episcopal, al terminar la visita papal. Ahora nos queda la tarea de asegurar que los frutos estén a la altura del buen desarrollo del acontecimiento. A ello desea contribuir una breve antología sobre algunos de los puntos más destacados del magisterio que nos ha dejado Benedicto XVI.

Dios, amigo del hombre, amigo de la vida

Escuchando las palabras del Papa Benedicto XVI en Santiago y en Barcelona, se puede afirmar que el tema central ha sido el de Dios. Es bien conocido que la primera prioridad del Papa en su pontificado es llevar a los hombres de hoy el acceso a Dios. El tema de Dios tiene una importancia capital en nuestras sociedades del occidente europeo, en las que un gran número de personas vive como si Dios no existiera, con todas las consecuencias negativas y dolorosas que ello conlleva para el bien de las personas y de la misma sociedad.

Dedicar esta majestuosa y bellísima basílica de la Sagrada Familia a Dios en medio de la ciudad cosmopolita de Barcelona es de alguna manera ofrecer una presencia de Dios y de la Iglesia no escondida sino muy visible en toda la ciudad. Hoy es muy necesario facilitar espacios reservados al diálogo entre Dios y los hombres, para el culto litúrgico y para la alabanza a Dios.

Benedicto XVI nos ha dicho que “es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios”. Hoy, en nuestro país, hay personas que piensan que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. La dedicación de la basílica de la Sagrada Familia en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle, resulta un hecho de gran significado.

Desde Santiago de Compostela, lugar de tanta significación para la historia del cristianismo y para la historia del continente europeo, el Papa Benedicto, que quiso llevar el nombre pontificio del patrón de Europa, dijo que “es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente sobre los cielos de Europa; que su palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir para fines que le son impropios. Es necesario que se profiera santamente”.

Benedicto XVI afirma que “Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente”. Ante esta verdad, el Papa se hace unas preguntas dada la realidad de indeferencia religiosa que se respira en Europa: “¿Cómo el hombre mortal se va a fundar a sí mismo y cómo el hombre pecador se va a reconciliar a sí mismo?” “¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana?” El Papa nos dice que “Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones”. El Papa Benedicto recordaba a esta Europa tan olvidadiza sus raíces cristianas: Dios es amigo de los hombres y nos invita a ser amigos suyos. Gaudí, con su obra llena de belleza, de exaltación de la naturaleza creada por Dios y rica en simbología religiosa, “nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre”. El secreto de la auténtica originalidad de este maravilloso templo que ha deslumbrado al mundo está, como decía Gaudí, en volver al origen que es Dios. Como afirma el Santo Padre, el arquitecto de la Sagrada Familia, abriendo su espíritu a Dios, ha sido capaz de crear en esta ciudad de Barcelona un espacio de belleza, de fe y de esperanza que lleva al hombre al encuentro con quien es la Verdad y la Belleza misma.

La gloria de Dios y la gloria del hombre

El Papa, en sus mensajes, ha tratado también del tema muy actual del hombre como tal y del hombre en su relación con Dios. El hombre, con su inteligencia y con sus obras, está llamado a dar gloria a Dios. ¡Cuánto sentido tenían estas afirmaciones ante el milagro arquitectónico de la Sagrada Familia! “En un humilde y gozoso acto de fe, levantamos una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de la inteligencia humana, constructora de esta obra de arte. Ella es un signo visible del Dios invisible, a cuya gloria se alzan estas torres, saetas que apuntan al absoluto de la luz y de Aquél que es la Luz, la Altura y la Belleza misma”. La gloria de Dios es también la gloria del hombre. Y, negativamente, el ocaso de Dios es también el ocaso del hombre.

“En este recinto, Gaudí quiso unir la inspiración que le llegaba de los tres grandes libros en los que se alimentaba como hombre, como creyente y como arquitecto: el libro de la naturaleza, el libro de la Sagrada Escritura y el libro de la Liturgia”. Hay una armonía entre estos tres libros porque es el mismo Dios el que crea y el que salva. Benedicto XVI nos habla de la “Cristología de la Palabra” y nos dice que “podemos contemplar así la profunda unidad en Cristo entre creación y nueva creación y de toda la historia de la salvación” (Verbum Domini, exhortación postsinodal sobre la Palabra de Dios, de 30 de septiembre de 2010, 13).

El arquitecto de Dios, como se consideraba Gaudí, “introdujo piedras, árboles y vida humana dentro del templo para que toda la creación convergiera en la alabanza divina, pero al mismo tiempo sacó los retablos afuera, para poner ante los hombres el misterio de Dios, revelado en el nacimiento, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo”. Como Gaudí, el Papa dice que podemos comparar el cosmos a un libro –eso decía Galileo Galilei- y considerarlo como la obra de un Autor que se expresa mediante la sinfonía de la creación. Jesús es el centro de la creación y de la historia porque en El se unen sin confusión el Autor y su creación (cf. id). El Papa, en la Sagrada Familia, nos dirá que así “hizo algo que es una de las tareas más importantes de hoy: superar la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre belleza de las cosas y Dios como Belleza […] Gaudí, con su obra, nos muestra que Dios es la verdadera medida del hombre. Que el secreto de la auténtica originalidad está, como decía él, en volver al origen que es Dios”.

Ya San Ireneo de Lyon, en el siglo II de la era cristiana, decía que la gloria de Dios es el hombre viviente: “Gloria Dei homo vivens”. Si en la Sagrada Familia el Papa nos invitó a unirnos a la glorificación de Dios ante aquel Cántico de las creaturas en piedra y en luz, en la plaza del Obradoiro unió a la gloria de Dios la gloria del hombre, porque la causa de Dios y la causa del hombre son inseparables: “Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo”. “Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riqueza originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres”.

“No se puede dar culto a Dios –añadía el Papa- sin velar por el hombre, su hijo, y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por Él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.” Este es un gran objetivo que el Santo Padre nos pide que persigamos con el trabajo de cada cristiano y de las comunidades e instituciones de Iglesia. Es una tarea que entusiasma. Pide la participación de todos los que amamos a Dios, a la Iglesia y a los hermanos. Para conseguirlo, la construcción del exterior de la Sagrada Familia que se está realizando puede ser como una parábola para llevar a cabo esta propuesta que nos ha ofrecido Benedicto XVI. Para ello, es necesario un espíritu de fe y de esperanza; un trabajo constructivo y solidario, apoyándonos los unos a los otros. Y para este trabajo todos somos necesarios.

Un espacio de fe, de belleza y de esperanza

Tanto la belleza esplendorosa del templo de la Sagrada Familia como las palabras del Papa nos llevan de lleno al diálogo entre la fe y la cultura, y más en concreto, nos conducen a considerar la belleza y el arte como una vía de acceso a Dios. El Papa, en la homilía de la dedicación de la Sagrada Familia, nos recordó los vínculos entre “la existencia en este mundo temporal y la apertura a una vida eterna, entre la belleza de las cosas y Dios como belleza”.

En la misma homilía hizo una bella definición de la máxima obra de Gaudí al decirnos que supo mostrar esto al mundo “no con palabras sino con piedras, trazos, planos y cumbres. Y es que la belleza es la gran necesidad del hombre, es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo”.

El Papa, ante la Sagrada Familia, contempló una obra que por su belleza es un signo de Dios. Ya como teólogo, Benedicto XVI ha manifestado siempre un especial interés por reflexionar sobre la belleza como camino de acceso a Dios. Al recibir el 21 de noviembre de 2009 a un numeroso grupo de artistas -pintores, escultores, poetas, músicos y actores- en el marco majestuoso de la Capilla Sixtina, el Papa Benedicto XVI recordó que dos de sus predecesores, Pablo VI y Juan Pablo II, buscaron la reconciliación entre la Iglesia y el mundo del arte. Juan Pablo II publicó una Carta a los artistas. Benedicto XVI, en el discurso que les dirigió, dijo que toda forma de arte es una vía de acceso a la realidad de Dios y del hombre. Es más, el arte tiene una función reveladora: por su misma naturaleza es una llamada al

Misterio. El arte no sólo ilustra, en el plano estético, los datos de la fe. El arte es, en sí mismo, un verdadero lugar teológico. Como teólogo muy sensible a la cultura, Benedicto XVI desea reforzar el diálogo con los ambientes artísticos. Para él, la búsqueda de Dios es el fundamento de toda verdadera cultura y abrir un nuevo camino de diálogo con los artistas es algo esencial. La Iglesia siempre ha tenido una gran estima hacia el arte. No se trata de buscar ninguna alianza estratégica para volver a una supuesta edad de oro de las relaciones entre la fe y el arte, sino de promover un arte que abra los ojos del corazón y del espíritu a los hombres de hoy.

Hacia el final de su homilía en la Sagrada Familia, el Papa nos hizo esta confidencia: “Al contemplar admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado (cf. Jn 6,29).”

De esta manera, como nos dijo el Papa al despedirse en la tarde del 7 de noviembre, podremos trabajar para mostrar al mundo la fecundidad de la fe cristiana, “en la que se hermanan verdad y belleza, y que contribuye a través de la caridad y de la belleza del misterio de Dios a crear una sociedad más digna del hombre. En efecto, la belleza, la santidad y el amor de Dios llevan al hombre a vivir en el mundo con esperanza”.

Aunque la cultura actual de nuestro occidente europeo es muy poco sensible a la trascendencia, el hombre creado a imagen y semejanza de Dios busca el sentido de la vida y suele plantearse interrogantes que trascienden el espacio y el tiempo, por su vocación de eternidad. La basílica de la Sagrada Familia atrae porque la nueva arquitectura que Gaudí inició descansa sobre aquello que el espíritu humano busca con insistencia: la proporción, la armonía, en definitiva, la belleza. Podemos decir que es una cartografía de lo sagrado, un gran mapa abierto donde el mundo puede leer las grandes preguntas de la vida, del origen y del fin, del cielo y de la tierra.

Antoni Gaudí sabía que la belleza tiene un poder provocador y atrae hacia la bondad y la verdad. Sabía que su obra invitaba y movía a la fe, que detrás de las piedras de la Sagrada Familia se manifestaba una elocuencia que hablaba del infinito. Se puede afirmar que este templo originalísimo es, también, como un atrio de los gentiles para muchísimas personas que todavía no están dentro de la Iglesia.

La misión de la Iglesia es transparentar a Cristo

En sus viajes, la primera alocución del Papa suele dar el sentido y la intención de su visita. Por eso, al llegar a Santiago, dijo: “En lo más íntimo de su ser, el hombre está siempre en camino, está en busca de la verdad. La Iglesia participa de ese anhelo profundo del ser humano y ella misma se pone en camino, acompañando al hombre que ansía la plenitud de su propio ser. Al mismo tiempo, la Iglesia lleva a cabo su propio camino interior, aquel que la conduce, a través de la fe, la esperanza y el amor, a hacerse transparencia de Cristo para el mundo. Ésta es su misión y éste es su camino: ser cada vez más, en medio de los hombres, presencia de Cristo, ‘a quien Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención’ (1 Co 1,30). Por eso, también yo me he puesto en camino para confirmar en la fe a mis hermanos (cf. Lc 22,32)”.

La misión de la Iglesia consiste en anunciar a Jesucristo, ya que la Iglesia existe para evangelizar. El Papa, en la homilía de la dedicación de la Sagrada Familia, nos ha dicho que “la Iglesia no tiene consistencia por sí misma; está llamada a ser signo e instrumento de Cristo, en pura docilidad a su autoridad y en total servicio a su mandato”. Deberíamos hablar menos de la Iglesia y centrar mucho más nuestra atención en Jesucristo. El mismo Benedicto XVI, en su encíclica Dios es amor, nos ha dicho que “no se empieza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (Núm. 1). Esta persona es Jesucristo.

El camino de la Iglesia pasa por la cruz, expresión suprema del amor. “Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia –dijo el Papa en la plaza del Obradoiro- porque Cristo se dejó clavar en la cruz para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y a la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien.”

La evangelización con la vida y las palabras

A ese Dios que ha de resonar sobre los cielos de Europa, Benedicto XVI nos dijo que “es necesario que lo percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo”. Es necesaria la coherencia entre nuestra fe y nuestra vida. Esto es lo que piden los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Hoy se valoran más los testigos que los maestros. Sin embargo, el testimonio de la fe pide también que explicitemos con palabras el porqué de nuestra vida cristiana. Lo dijo muy claramente Pablo VI al afirmar que “el testimonio más esplendido a la larga se manifestará impotente si no queda esclarecido, justificado y explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús” (Evangelii nuntiandi, 22).

En mi Carta pastoral Anunciad a todos el Evangelio, de 24 de septiembre de 2009, pedía que toda la diócesis sea misionera y evangelizadora. Hoy tenemos el reto de la evangelización con el fin de anunciar la vida y el mensaje de Jesucristo. Anunciando con la palabra y el testimonio de la propia vida a Jesucristo Dios y hombre, estamos realizando lo que el Papa nos ha dicho que es “la gran tarea”, que consiste en “mostrar a todos que Dios es Dios de paz y no de violencia, de libertad y no de coacción, de concordia y no de discordia”. Así podremos dar un testimonio cristiano a nuestro mundo “con alegría, coherencia y sencillez, en casa, en el trabajo y en el compromiso como ciudadanos”. Porque “no hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos”.

Benedicto XVI, en su reciente exhortación postsinodal sobre la Palabra de Dios, nos exhorta “a todos los cristianos a reavivar el encuentro personal y comunitario con Cristo, Verbo de la Vida que se hecho visible, y a ser sus anunciadores para que el don de la vida divina se extienda por todo el mundo. Participar en la vida de Dios es la alegría completa y comunicar esta alegría es un don y una tarea imprescindible para la Iglesia”. El Papa nos dice que “no hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante” (Verbum Domini, 2).

Con la dedicación del templo de la Sagrada Familia presidida por el Santo Padre, el mundo ha fijado sus ojos no sólo en el exterior de la basílica, sino también en su interior. Y ha quedado maravillado. Su belleza y su riquísima simbología bíblica, teológica, litúrgica y catequética, se ponen al servicio de la evangelización y de la catequesis. Gaudí lo proyectó proféticamente hace 128 años. El sabía que levantaba algo singular por su profundidad, por su capacidad de emocionar y por su posibilidad de hablar con unos registros plásticos arquitectónicamente innovadores y espiritualmente densos.

Ante los millones de personas que anualmente visitan esta obra cabe preguntarse: ¿Qué las impulsa a conocer la obra de este místico cristiano, cuando muchas parecen personas religiosamente indiferentes y muchas otras ni tan solo cristianas? ¿Este interés por la Sagrada Familia no será signo de una petición de espiritualidad y de búsqueda de Dios? Pienso que hemos de aprovechar la celebración del culto litúrgico con toda la belleza de la liturgia y la realidad única de la basílica, como he indicado antes, para evangelizar y catequizar a cuantos con interés entran en su interior para poder saborear anticipadamente de alguna manera la belleza, el gozo y la paz de la Jerusalén celestial.

La familia de Nazaret y las familias cristianas

En su homilía en la Sagrada Familia, el Papa dio muestras de conocer profundamente la historia espiritual del gran templo de Gaudí: la asociación de devotos de San José, creada por Josep M. Bocabella y por el mercedario padre Rodríguez, apoyada desde el primer momento por San Josep Manyanet, gran apóstol de la devoción a la Sagrada Familia. Citó, a la hora del Àngelus, a un sacerdote diocesano desconocido por muchos, que fue amigo y como un hermano para Gaudí, mosén Gil Parés, capellán del templo en su etapa inicial, que fue quien, alertado porque el maestro no llegaba a la Sagrada Familia, lo buscó afanosamente en distintos lugares, hasta encontrarlo, ya moribundo, en el hospital de la Santa Creu, el Hospital de los pobres, allí donde Gaudí había dicho que deseaba morir un día.

En el Ángelus, el Papa reafirmó “la dignidad y el valor primordial del matrimonio y la familia, esperanza de la humanidad, en la que la vida humana encuentra acogida, desde su concepción a su declive natural”. Y en la homilía de la misa de la dedicación había abogado “por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar”.

El matrimonio es la íntima comunidad de vida y de amor entre un hombre y una mujer abierta a la vida. La familia, fundada en el matrimonio, es una auténtica iglesia doméstica en la cual sus miembros dan culto y alabanza a Dios en sus corazones compartiendo la vida y el amor. Es, también, la primera escuela para la formación de los hijos en la fe, en las virtudes humanas y cristianas y en el compromiso social. Con razón el Concilio Vaticano II ha podido afirmar que “la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar” (Gaudium et spes, 47).

Benedicto XVI nos regaló en la basílica de la Sagrada Familia un mensaje que, en belleza teológica y moral, considero que está a la altura de la belleza del templo de Antoni Gaudí. Conviene que lo mantengamos en nuestra memoria y en nuestro espíritu. El Papa, pasando de la familia a la comunidad de la Iglesia, añadía que “nos ha enseñado que toda la Iglesia, escuchando y cumpliendo su Palabra, se convierte en su Familia”. Mucho tenemos que aprender de esta visión de la Iglesia. Pero de la Iglesia el Papa Benedicto XVI no dudaba en pasar a la sociedad entera haciendo una propuesta que no es una imposición: “Y, aún más, nos ha encomendado ser semilla de fraternidad que, sembrada en los corazones, aliente la esperanza”. El Papa sabe que la esperanza es una gran necesidad de nuestra humanidad actual.

La solidaridad, afectiva y efectiva, con los pequeños y los pobres

En medio de la crisis económica que vivimos en el mundo y también en nuestro país, con consecuencias tan negativas y dolorosas para muchas personas y familias, el Papa nos ha dicho: “Yo quisiera invitar a España y a Europa a edificar su presente y a proyectar su futuro desde la verdad auténtica del hombre, desde la libertad que respeta esa verdad y nunca la hiere, y desde la justicia para todos, comenzando por los más pobres y desvalidos. Una España y una Europa no sólo preocupadas por las necesidades materiales de los hombres, sino también por las morales y sociales, por las espirituales y religiosas, porque todas ellas son exigencias genuinas del único hombre y sólo así se trabaja eficaz, íntegra y fecundamente por su bien”.

El Papa quiso felicitar y agradecer a los católicos de nuestro país “la generosidad con que sostienen tantas instituciones de caridad y de promoción humana. No dejéis de mantener esas obras, que benefician a toda la sociedad y cuya eficacia se ha puesto de manifiesto de modo especial en la actual crisis económica, así como con ocasión de las graves calamidades naturales que han afectado a varios países”.

En las palabras pronunciadas antes del rezo del Àngelus, el Papa se refirió al Gaudí solidario, que diseñó y financió con sus propios ahorros la creación de una escuela para los hijos de los albañiles y para los niños de las familias más humildes del barrio, “entonces un suburbio marginado de Barcelona. Hacía así realidad la convicción que expresaba con estas palabras: ‘‘Los pobres siempre han de encontrar acogida en el templo, que es la caridad cristiana’’.

Pero fue en la visita de la tarde del 7 de noviembre a la Obra social diocesana del “Nen Déu” donde fue más patente la paternal proximidad del Papa a las familias con hijos afectados por el síndrome de Down u otras discapacidades. Allí apareció el corazón lleno de bondad, de afecto y de consuelo del Papa teólogo e intelectual. Invitó a todos –pues su presencia en esta institución quiso ser un reconocimiento a todas las demás obras similares de la archidiócesis- a ser solidarios con los sufrimientos de muchas personas. “En estos momentos en que muchos hogares afrontan serias dificultades económicas, los discípulos de Cristo hemos de multiplicar los gestos concretos de solidaridad efectiva y constante, mostrando que la caridad es el distintivo de nuestra condición cristiana”.

Como dije al saludar al Santo Padre en la Obra del Nen Déu, los dos actos de su visita tienen una relación profunda y significativa, ya que en la plegaria de dedicación del templo se pide “que aquí los pobres encuentren misericordia” y desde los inicios de la Iglesia se da la tradición intensamente vivida de vincular visiblemente la celebración de la Eucaristía con la caridad fraterna. Su visita fue, también en esto, paradigma para la celebración de la fe y la vida de nuestras comunidades.

Allí terminó Benedicto XVI con esta exhortación: “Os pido que sigáis socorriendo a los más pequeños y menesterosos, dándoles lo mejor de vosotros mismos”, al tiempo que hacía un elogio de todos aquellos que en ésta y en muchísimas instituciones similares encarnan “ese importante ministerio de consolación ante las fragilidades de nuestra condición, que la Iglesia busca desempeñar con los mismos sentimientos del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 29-37)”.

Dos objetivos: la evangelización de los jóvenes y las vocaciones

“Y quisiera – dijo el Papa – que este mensaje llegara, sobre todo, a los jóvenes: precisamente a vosotros ese contenido esencial del Evangelio (la lógica del amor y del servicio) os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza”. Tenemos ante nosotros el trabajo entusiasmador de comunicar a los jóvenes este mensaje en las familias, las parroquias, los movimientos, las asociaciones y las escuelas. Un trabajo que han de animar las delegaciones diocesanas de juventud, de familia, de catequesis y de enseñanza.

En las palabras de la ceremonia de despedida, en el aeropuerto internacional de Barcelona, camino de Roma, Benedicto XVI todavía tenía un recuerdo para la transmisión de la fe a los jóvenes. Pedía que se fomentase y se preservase el rico patrimonio espiritual que había visto en Santiago y Barcelona, porque el hacerlo “no sólo manifiesta el amor de un país hacia su historia y su cultura, sino que es también una vía privilegiada para transmitir a las jóvenes generaciones aquellos valores fundamentales tan necesarios para edificar un futuro de convivencia armónica y solidaria”.

En los jóvenes encontramos una apertura espontánea a la escucha de la Palabra de Dios y un deseo sincero de conocer a Jesús, porque en esta edad surgen preguntas sobre el sentido de la propia vida. Benedicto XVI nos pide la valentía de anunciar claramente a Jesucristo, ayudando a los jóvenes a que adquieran confianza y familiaridad con la Palabra de Dios para que sea como una brújula que indica el camino que hay que seguir. Por esto el Papa dice que los jóvenes “necesitan testimonios y maestros que caminen con ellos y les lleven a amar y conocer el Evangelio” (Verbum Domini, 104).

La preocupación del Papa por el fomento de las vocaciones al servicio de la Iglesia apareció claramente en estas palabras de Benedicto XVI: “Que la alegría de sentirnos hijos queridos de Dios os lleve también a un amor cada vez más entrañable a la Iglesia, cooperando con ella en su labor de llevar a Cristo a todos los hombres. Orad al Dueño de la mies, para que muchos jóvenes se consagren a esta misión en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada: hoy, como siempre, merece la pena entregarse de por vida a proponer la novedad del Evangelio”.

En la dedicación de la basílica de la Sagrada Familia concelebraron más de mil sacerdotes. Ha sido una riquísima expresión de la comunión que se vive y se realiza en la Eucaristía. En la participación de la multitud de laicos cristianos en la celebración con el Santo Padre y en la vida de la Iglesia, los sacerdotes como pastores tienen un papel muy importante.

La misión del sacerdote es irreemplazable. Los sacerdotes se consagran totalmente a la celebración de los santos misterios, a la predicación de la Palabra y al ministerio pastoral. Sin estos servicios básicos, la comunidad cristiana perdería rápidamente vigor e identidad. Ante la disminución del número sacerdotes, algunos piensan que esta realidad contribuirá a potenciar la función eclesial de los laicos cristianos. No obstante, la experiencia muestra que las vocaciones sacerdotales y las vocaciones de laicos cristianos siguen el mismo camino ascendente o descendente. Para lograr que haya en la Iglesia un laicado muy activo al servicio de la comunidad eclesial y muy presente en el mundo, el ministerio presbiteral es indispensable (cf. Ll. Martínez Sistach, carta pastoral Las vocaciones sacerdotales, don de Dios, de 24 de septiembre de 2007, 8).

El Concilio Provincial Tarraconense de 1995 hace una petición decidida que dirige a todos: “Tiene que haber un cambio de actitud en los cristianos adultos y también en los jóvenes, y un cambio de clima en las comunidades eclesiales que haga posible llevar a cabo una pastoral vocacional entusiasmada” (Resolución 153). Pienso que hemos tomado conciencia de la importancia de la pastoral vocacional y también de la importancia de unirla a la pastoral de juventud. El Señor bendice nuestra diócesis con vocaciones sacerdotales que reciben una buena formación humana, espiritual, intelectual y pastoral en nuestro Seminario mayor y menor. Puedo comunicaros, con gozo, que ya palpamos uno de los frutos de esta visita pontificia: tenemos ya varias peticiones de jóvenes que han pedido ingresar en el Seminario, para iniciar así su preparación para el sacerdocio ministerial al servicio de nuestra Iglesia local de Barcelona.

Conclusión

He indicado, con las mismas palabras del Santo Padre, algunos de los “caminos del Señor” que este tiempo de Adviento, en el que hemos entrado, nos invita a recorrer. Quedan otros temas planteados por el Papa, como las relaciones entre verdad, justicia y libertad, la presencia de Dios y de la religión en el espacio público, las relaciones entre Europa y el cristianismo, las relaciones entre la Iglesia y los actuales Estados laicos, la distinción entre laicidad estatal y laicismo excluyente de la presencia de las religiones en la sociedad.

El Papa ha venido a Barcelona, como él mismo afirmó a su llegada, “para alentar la fe de sus gentes acogedoras y dinámicas. Una fe sembrada ya en los albores del cristianismo y que fue germinando y creciendo al calor de innumerables ejemplos de santidad, dando origen a tantas instituciones de beneficencia, cultura y educación. Fe que inspiró al genial arquitecto Antoni Gaudí a emprender en esta ciudad, con el fervor y la colaboración de muchos, esa maravilla que es el templo de la Sagrada Familia”. Estas raíces cristianas de Cataluña nos dan la sabia necesaria para vivir intensamente nuestra vida cristiana y dar los frutos más necesarios para nuestro tiempo, con la actitud servicial que la Iglesia siempre ha querido tener.

La presencia llena de afecto y muy cercana del Santo Padre Benedicto XVI en nuestro país, y su comprensión y valoración de nuestra historia y cultura, han propiciado nuestra respuesta de mayor afecto y cercanía hacia el Obispo de Roma. Cataluña siempre ha dado mucha importancia a la romanidad. El Papa, como obispo de Roma y sucesor de San Pedro, tiene una misión al servicio de todo el mundo, tanto en el aspecto espiritual como en otros aspectos de la convivencia social y en bien de la humanidad, como la promoción de la dignidad de la persona humana, la defensa de la paz y el desarrollo de los pueblos.

En este sentido, me gusta subrayar la particular significación eclesial que ha tenido para nuestra tradición cristiana la incorporación en el artículo noveno del Credo catalán del adjetivo romana para calificar a la Iglesia católica, introducido hace siglos. Realmente, la conciencia de romanidad ha sido y es una característica muy presente en nuestras diócesis catalanas y está arraigada en nuestras tierras. La visita del Papa nos ayuda a reafirmar esta conciencia de romanidad y catolicidad y, por lo tanto, de comunión de nuestras iglesias diocesanas con el Papa, el cual, según la bella expresión de San Ignacio de Antioquía, “preside la Iglesia en la caridad”.

La visita del Santo Padre ha constituido una invitación respetuosa para quienes buscan sentido a su vida o añoran los valores auténticos de la verdad, la bondad y la belleza, para que puedan acercarse al hogar de Nazaret, a la casa de la familia de los hijos e hijas de Dios y puedan encontrar aquello que buscan o añoran. Esta visita apostólica nos ayuda a todos los cristianos en el propósito que tenemos de evangelizar dando testimonio público de nuestra fe, sin miedo ni cobardía, proponiendo con convicción y respeto la Buena Nueva de Jesús, imitando a nuestro querido Santo Padre Benedicto XVI.

Reflexionar y esforzarnos para poner en práctica, con ilusión y esperanza, lo que el Papa nos ha dicho es también una buena manera de “preparar los caminos del Señor”, a lo que nos invita constantemente la liturgia de la Iglesia. Así podremos trabajar para mostrar al mundo la fecundidad de la fe cristiana, "en la que se hermanan verdad y belleza, y que -como nos dijo el Papa al despedirse la tarde del 7 de noviembre- contribuye a través de la caridad y de la belleza del misterio de Dios a crear una sociedad más digna del hombre. En efecto, la belleza, la santidad y el amor de Dios llevan al hombre a vivir en el mundo con esperanza”.

En sintonía con el espíritu de Adviento, termino esta exhortación con una invitación a la plegaria, con la esperanza de que es posible vivir la ilusión de la fe y revitalizar nuestra identidad cristiana. La plegaria tuvo un especial protagonismo en la preparación de la visita apostólica de Benedicto XVI a nuestra diócesis. Procuremos también que la oración esté presente en esta etapa de reflexión sobre las enseñanzas del Papa para llevarlas a la práctica y para obtener, de este modo, los frutos espirituales, pastorales y sociales deseados y que podemos esperar.

Os sugiero esta plegaria, en sintonía y continuidad con la que rezamos para la preparación de la visita apostólica, y que también será bueno que sea rezada en las reuniones de reflexión a partir de las pautas que se ofrecen en el apéndice de esta exhortación. La plegaria dice así:

A ti elevamos nuestra alma, Señor,
reconociendo que siempre eres fiel a tu palabra.
Acoge con agrado esta súplica:
Nosotros somos tu pueblo,
que avanza, en esta tierra, por los caminos de la fe,
entre las adversidades de este mundo
y los consuelos que tú mismo le concedes.

Haz que el Redentor, cuando descienda del cielo
para habitar entre nosotros,
encuentre abiertas de par en par las puertas de nuestro corazón,
para que cuando María nos lo muestre
en el Niño de Belén,
lo recibamos con gozo,
cantando su gloria
y anunciando a todos los hombres de buena voluntad
que él es nuestra paz.

Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Barcelona, 8 de diciembre de 2010, solemnidad de la Inmaculada Concepción

+ Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

APÉNDICE

Algunas pautas para la reflexión personal o comunitaria sobre los mensajes que nos ha dejado Benedicto XVI durante su visita apostólica.

1. ¿Crees (o creéis) que la primacía de Dios –ante el olvido de Dios en la cultura europea contemporánea- y las raíces cristianas de Europa han sido dos contenidos importantes de las intervenciones del Papa en este viaje?

2. ¿Qué valoración consideras (o consideráis) que el Santo Padre ha hecho de nuestra historia de Cataluña, de nuestra lengua, de nuestra cultura y de nuestra realidad como Iglesia local de Barcelona? ¿Y de la aportación de los cristianos a la cultura catalana y a la vitalidad cristiana de nuestra sociedad catalana, sobre todo desde finales del siglo XIX?

3. ¿Qué otros puntos fundamentales del magisterio nos ha dejado el Papa?

3.1. En nuestra relación con Dios como “verdadera medida del hombre” y como la “gloria del hombre”.
3.2. En nuestra relación con la Iglesia como signo y como instrumento de Cristo. El amor a la Iglesia y la cooperación de todos los bautizados en la evangelización y las obras sociales de la Iglesia.
3.3. En nuestra relación como cristianos con el mundo de hoy (el testimonio de la santidad).
3.4. En la belleza y el arte como alabanza a Dios y como vías de acceso a Él. (Los tres libros inspiradores del arte de Gaudí: la naturaleza, la Sagrada Escritura, la Liturgia)
3.5. En las estrechas relaciones entre verdad, justicia y libertad.

4. ¿Qué frutos hemos de obtener para el después de la visita a nivel diocesano?:

4.1. En la vivencia de la fe en el Dios Padre de Jesucristo (Europa y el cristianismo hoy, el nombre de Dios en el espacio público, la confesión de la fe y la laicidad de los Estados).
4.2. En la vivencia del “camino de la Iglesia”: ser “transparencia de Cristo para el mundo” (la Iglesia y la protección de la familia y la vida).
4.3. En el testimonio cristiano, personal y comunitario, “con alegría, coherencia y sencillez”, ante nuestra sociedad (la Iglesia y el bien integral de la persona).
4.4. En la grandeza del espíritu humano que se abre a Dios (Gaudí y el templo de la Sagrada Familia).

5. ¿Cómo crees (o creéis) que los mensajes de la visita inciden en los tres objetivos de nuestro Plan Pastoral Diocesano 2009-2011 Anunciad a todos el Evangelio?

5.1. “Conocer, celebrar y vivir la Palabra de Dios” (Exhortación apostólica de Benedicto XVI sobre el reciente Sínodo dedicado a la Palabra de Dios).
5.2. “Crecer en la solidaridad en medio de la crisis económica” (Las obras sociales de la Iglesia en este tiempo de crisis).5.3. “Participar los inmigrantes en las comunidades cristianas” (La dimensión de la catolicidad de nuestra diócesis ante los fenómenos de la globalización y las migraciones).

6. ¿Qué acciones concretas sugieres (o sugerís) que sería bueno potenciar, entre las indicadas en el Plan Pastoral o entre las que se inspiran en los mensajes de Benedicto XVI, para que la visita apostólica pueda producir muchos frutos espirituales y pastorales en nuestra diócesis de Barcelona?

6.1. En la vivencia de la fe y la comunión eclesial.
6.2. En los compromisos de la comunidad diocesana como tal.
6.3. En las acciones de solidaridad, afectiva y efectiva, con los pequeños, los pobres y los marginados de nuestra sociedad.
6.4. En el ministerio de consolación ante las fragilidades de nuestra condición humana (pastoral de la salud y de la atención religiosa a los enfermos).
6.5. En la oración y en el fomento de las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.
6.6. En las actuaciones para que el mensaje de Cristo y del Evangelio llegue a todos, y sobre todo a los jóvenes.

Barcelona, 8 de diciembre de 2010

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