El problema del mal y la necesidad de espejos (I)

“Si el mal aparece tan poderoso en el mundo de hoy, ello ocurre porque el bien del cual es parásito es el espíritu mismo del hombre” (Jacques Maritain).

En el mundo que nos toca vivir hay mucho mal. Para sostener esto no hace falta tener una visión oscura de las cosas ni tender al pesimismo. Es una evidencia que se manifiesta en una extensísima marea de problemas que están a la vista y que tenemos que soportar porque para muchos de ellos no tenemos solución en nuestras manos. Ahora bien, el mal visible no lo trae el viento, el mal que se manifiesta en tantos sufrimientos como provoca se nutre de otro mal soterrado e invisible, que por mantenerse oculto es mucho más dañino y que viene a ser como el humus que alimenta el primero. Aunque no se vea, entre uno y otro no hay separación sino continuidad, la misma continuidad lógica que existe entre la causa y sus efectos. Por este motivo, aunque ambos deben ser combatidos, el invisible debe serlo mucho más y de manera preferente. Quien lucha contra el mal visible hace bien (y en muchos casos es lo único que puede hacerse), pero lucha contra los efectos, no contra las causas; contra las ramas, no contra la raíz.

Una vez hecha esta distinción, procede preguntarse cómo puede lucharse contra el mal invisible. Si alguien dijera tener la solución, habría que desconfiar porque el mal siempre ha estado presente en la historia del hombre (del hombre entendido en sentido amplio, como el ser humano y del hombre individual, es decir en la historia de cada persona) y lo estará mientras el mundo dure. Conviene mucho tenerlo en cuenta, aunque solo sea para precaverse de vendedores de panacea, augures de una felicidad imposible, que ni existe ni puede existir. Y no me refiero solo a charlatanes de feria, hoy sustituidos por videntes, adivinos y pitonisas (por cierto, ¿de dónde han salido toda esta caterva?, ¿quién los capacita?, ¿dónde se titulan?), sino a falsarios que van de profetas y que están espléndidamente instalados en diversos centros de poder. Convendrá recordar que la gran promesa del marxismo -que después de haber sido ‘reseteado’, sigue muy vivo- es el establecimiento del paraíso comunista en la tierra.

Que el mal siempre estará entre nosotros, ya nos lo anunció Jesucristo en la parábola del trigo y la cizaña; ahora bien, no es lo mismo tener un hermoso campo de trigo con alguna que otra espiga de cizaña, que tener el sembrado infectado de cizaña por todas partes. Descartada la existencia de un remedio universal contra el mal, hay que ver qué podemos hacer para aminorarlo tanto como sea posible. En mi opinión, mucho más de lo que tal vez pueda parecer, tanto en el campo de las ideas como en el de la acción, pero especialmente en el primero, que es, a mi entender, el más descuidado.

  1. Lo primero que debemos hacer es hacernos con él intelectualmente, es decir, ajustar cuanto podamos la comprensión del problema del mal. El mal es un misterio -en palabras de San Pablo, “el misterio de la iniquidad” (2ª Tes 2, 7)-, lo cual significa que solo podemos entenderlo parcialmente. Siempre quedará una zona de oscuridad a la que la mente humana no puede llegar. Ante la imposibilidad de su comprensión total podemos reaccionar de muy variadas maneras. La rebelión, la desesperación, el hundimiento, la lucha activa, la evasión, la venganza, el heroísmo, el odio, el perdón, la negación y/o el rechazo de Dios, el camino de la santidad, etc., son otras tantas formas de respuesta ante el mal.
  2. En segundo lugar viene bien saber que por muy abundante que sea el mal, no puede superar ni siquiera igualar al bien. Es metafísicamente imposible porque el mal solo puede darse en el bien. Sin bien que le sirva de soporte, no hay mal que aguante porque no puede subsistir por sí mismo. El mal posee una existencia parásita del bien, en él se asienta, de él se nutre y en él se sostiene. Supongamos este imposible: que el mal superara al bien. Si así fuera, el ser se extinguiría; es decir, todo cuanto existe en este mundo se reduciría a la nada. Es verdad que sobran hechos y razones que parecen demostrar lo contrario, pero si hay momentos, pocos o muchos, en que parece que el mal abunda más que el bien, vendrá bien tener en cuenta que también este permanece invisible, y en muchísima mayor medida que el mal. No hay proporción entre el mal oculto y el bien oculto, a favor del bien.
  3. Hay que asumir la falta de cordura del mal porque el mal no es sensato. La trayectoria del mal está llena de incoherencias y sinsentidos, por lo cual no interesa demasiado emplearse en tratar de comprender sus razones por el simple hecho de que en muchos casos no las hay. Se pueden entender las razones de quien obra mal, eso sí, se pueden disculpar las motivaciones por las que hacemos el mal, se puede ser tan comprensivos como queramos con las torceduras del corazón humano, pero en el mal no hay más verdad objetiva que el atropello del bien, sea cualquiera la modalidad en que se produzca ese atropello. Puede haber medias verdades, verdades subjetivas, pero no toda la verdad que podemos alcanzar: En el mal no hay plenitud de verdad.
  4. El mal afecta, en primer lugar a su autor. Quien obra mal nunca sale ileso de sus malas acciones porque no hay manera de desvincular al autor de sus obras, por más que se pretenda, sean estas buenas o malas. Podrá constatar o no el impacto de la obra en su persona, podrá aceptarlo o rechazarlo, pero no tenemos capacidad para impedir que las leyes de lo real se cumplan. La realidad se deja hacer, se deja manipular, pero es tozuda, inamoviblemente fiel a su propia naturaleza, y no se deja agredir sin pasar factura; por más que se quiera torcer o desvirtuar, acaba imponiéndose.

La primera víctima del mal es quien lo lleva a cabo. El resultado de una obra (buena o mala) nunca se reduce a su mera materialidad, sino que revierte en su autor y de algún modo lo marca, tanto más cuanto que llega a haber cierto nivel de identificación entre autor y obra. Cuando el obrar es virtuoso, la bondad de la obra buena no se queda en la obra, sino que se extiende hacia su autor haciéndole bueno a él y lo mismo en sentido contrario ocurre con la obra mala. La bondad o maldad al actuar es una especie de bumerán que se origina en el interior de la persona, sale de ella para materializarse en la obra y, multiplicada, retorna a su autor.

  1. Solo Dios sabe lo que es bueno y lo que es malo, los hombres no lo sabemos. Los hombres, alguna idea sí tenemos y podemos acreditar las experiencias vividas, pero nuestros datos son siempre escasos, nuestra visión de las cosas es parcial y reducida, y está muy afectada por nuestra propia subjetividad. En cambio, saber, lo que se dice saber qué es el bien y el mal, eso solo lo sabe Dios. La prueba de que nuestro conocimiento del bien y del mal es muy pobre está en que nos falta mucho dominio sobre las consecuencias de nuestras acciones, sean buenas o malas. Algo podemos prever, pero nuestros cálculos son muy inseguros, y apenas pasan de la categoría de barrunto. Si nos pusiéramos delante de un volumen de la historia de los enfrentamientos humanos (guerras, revoluciones, alzamientos, traiciones, etc.) y abriéramos al azar por cualquier página, veríamos que todos los conflictos han acabado de una manera inesperada para quienes los comenzaron, normalmente mucho peor de lo que imaginaron. Ortega y Gasset, que contribuyó eficazmente a la implantación de la II República Española, a los pocos meses, tras comprobar el rumbo de radicalismo y desorden que iba tomando aquello, finalizó un discurso en las Cortes de la época con una frase que ha quedado grabada en nuestra historia: “¡No es esto, no es esto!” El brillante pensador, desencantado, estaba dando testimonio, sin pretenderlo, de esta incapacidad humana para prever las consecuencias de nuestros actos y para determinar lo que es bueno y lo que es malo.

Nos hacen falta muchas curas de humildad, individuales y colectivas, más aún, generacionales. Cuánto mejor nos iría si en lugar de coser nuestras pobres mentes a los pliegues de la autosuficiencia, nos decidiéramos por aprender de las Sagradas Escrituras, que para eso se nos han dado. Cuando Dios creó al hombre, se reservó para sí el árbol del conocimiento del bien y del mal, y Dios no ha mudado su voluntad: el conocimiento del bien y del mal sigue siendo patrimonio suyo. Que esto es así nos cuesta mucho asumirlo, pero no está en nuestras manos cambiarlo. Nos descoloca y nos incomoda sobremanera que Dios se haya guardado ese conocimiento porque nos parece que estamos capacitados para poseerlo nosotros. Y hacemos oídos sordos, y reaccionamos con rebeldía, y volvemos una y otra vez a caer en una tentación universal permanente que consiste en jugar a ser dioses y a disponer de manera autónoma y mostrenca qué se debe hacer y qué no, lo que está bien y lo que está mal. A este respecto creo que siempre es bueno recordar el relato literal del Génesis: “El Señor Dios dio este mandato al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir»” (Gen 2, 16-17).

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