El problema del mal y la necesidad de espejos (II)

Yo tenía las espaldas vueltas a la luz y el rostro a las cosas donde la misma luz reverberaba, y así mi rostro, que miraba los objetos iluminados, se quedaba sin ser iluminado él mismo (San Agustín. Las Confesiones).

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Comenzaba la entrega anterior diciendo que en el mundo que nos toca vivir hay mucho mal. Así es, en efecto. Ahora bien, la abundancia del mal no es privativa de nuestra época porque el mal afecta a todos los hombres y a todo hombre. Siempre ha sido abrumador, lo cual no impide que en cada época predominen unos rasgos que son propios de ese tiempo. ¿Cuáles son los de esta época? No sería difícil hacer una descripción precisa ya que son muchas las fuentes adonde acudir para dar respuesta. Estudios e informes de diversa índole, estadísticas, libros, conferencias y artículos de pensadores, opiniones de políticos, de sociólogos, de eclesiásticos… No es esto lo que pretendo porque el objetivo que aquí se persigue queda muy lejos de hacer una descripción reposada y, menos aún, mirar con detalle los males contemporáneos. No le saco ningún gusto a darle vueltas al mal, más bien al contrario, prefiero cantar la bondad del hombre y la belleza de la vida antes que fijarme en sus miserias; por eso solo me interesa poner el foco en las cosas negativas en la medida en que deben ser conocidas para ser combatidas. Me limitaré, por tanto, a hacer una referencia general señalando algunas de las carencias o errores que a mí me parecen especialmente preocupantes, tratando de darles alguna respuesta.

Creo que la lista puede encabezarla el desconocimiento.

No deja de resultar paradójico que en los países desarrollados, en esta época de las oportunidades y del acceso amplio al conocimiento, padezcamos de ignorancia. Se podría pensar que la obligatoriedad y la universalización de la educación de niños y adolescentes, más el ensanchamiento de la franja de población universitaria, ha dado como resultado el auge generalizado del saber y la subida de los niveles de instrucción. Y en cambio caben muchas dudas para poder afirmarlo. Sí es cierto que hay una importante reducción del analfabetismo absoluto respecto a décadas pasadas, pero no lo es respecto del nivel medio de conocimientos en muestras equivalentes. Basta comparar las pruebas de conocimiento en muchachos de la misma edad (un examen de las antiguas reválidas, por ejemplo, o de acceso a la universidad). Y a quien esta comparación no le sirva, que eche mano de la comparativa internacional, con países homologables, y vea la paupérrima situación de nuestra educación. Cuando las evidencias cantan, quienes no quieren admitir que las cosas sean como son, suelen refugiarse en el falso dilema que obliga a optar entre la cantidad y la calidad. Y a mayor escolarización, dicen, resultados medios más bajos. ¿Pero qué disparate es este? ¿Nos hemos vuelto del revés? ¡Cómo si la extensión tuviera que ir en detrimento necesario de la excelencia! En buena lógica tendría que ser al revés. ¿Se imagina alguien que cuanto más promocionado esté el deporte entre los españoles, cabe esperar resultados más pobres en el medallero olímpico? ¿O que a mayor extensión de la sanidad correspondiera una población más enferma?

¿Qué está pasando aquí? Varias son las causas y de difícil discernimiento por cuanto que muchas se solapan y se refuerzan entre sí: desinterés por la escuela en un sector importante de la población, familias rotas que no pueden ofrecer un ambiente hogareño adecuado, falta de implicación del padre (no de los padres, sino del padre, el varón), ausencia de autoridad bastante generalizada, niveles de exigencia académica mínimos, exceso de tecnología, profusión y dispersión de los saberes, compartimentación de programas y materias en todos los tramos educativos (auténtico disparate pedagógico en la educación infantil y primaria), faltas de expectativas, procedencia de ambientes deprimidos… No hablo de normas y hábitos, ni de educación moral, me refiero a la mera instrucción. Una buena parte de nuestro alumnado no tiene conocimientos, ni habilidades manuales, ni estrategias de aprendizaje, ni técnicas de estudio o métodos de trabajo. Fuera de moverse por internet y manejar los iconos táctiles de aplicaciones y juegos en una pantalla, no saben prácticamente nada. Se ha repetido hasta la saciedad (y se sigue repitiendo) que para qué hacerles aprender -¡con lo duro que es!- cuando tienen muchísimas más posibilidades que las generaciones anteriores de adquirir un sinfín conocimientos por sí solos. La excusa es cierta, pero es excusa, no razón de peso.

¿Que para qué hacerles aprender? Para que sepan. Para que sepan algo, para que ejerciten la memoria, que es una capacidad personal utilísima (uno sabe lo que recuerda), para aumentar y enriquecer el lenguaje (que es lo mismo que darle alas al pensamiento), para que tengan anclajes intelectuales en los cuales enganchar conocimientos posteriores más complicados que los iniciales, para que les resulte fácil insertarse en la historia, de modo que sepan de dónde vienen y no vivan perdidos en medio de su tierra patria y de su cultura, para que puedan tener una visión del mundo más amplia que si no hubieran aprendido, para que puedan amar el saber a base de estar en contacto con él… Sobre esto último, habrá quien diga que eso es arma de doble filo porque también pueden aborrecerlo. La objeción parece razonable, pero solo lo parece; téngase en cuenta, por una parte, que nadie ha propuesto nunca que a todo el mundo le guste todo, y, por otra, ese problema es fundamentalmente de maestros y profesores, no de los alumnos. Es el docente el que tiene que saber qué hacer y cómo actuar en sus clases para despertar interés por su materia y, si puede, no digo interés, sino entusiasmo. Raro será encontrar a alguien que en su época de estudiante no haya pasado del rechazo a la atracción por una asignatura porque cambió el profesor y llegado el nuevo, la misma asignatura pasó de ser aborrecible a resultar atractiva. O al revés, que para ejemplificar lo que se pretende, sirve igual.

Insisto: ¿Que para qué hacerles aprender? Para que sepan. Para que sepan algo. Lo que no puede ser es que una persona, a sus treinta años (es decir, un hijo de este sistema, después de haberse pasado la vida en las aulas y de haber superado los filtros que el sistema exige para titular a alguien) se presente a unas oposiciones para ser maestro de primaria y no supere una prueba de cuestiones elementales de cultura general. No me invento el ejemplo. Quizá los lectores recuerden que este hecho fue noticia hace unos años y que se sepa ninguna de las múltiples autoridades educativas tuvo que ser atendida por un ataque de bochorno o vergüenza torera. La cosa sirvió para la chacota y el jolgorio de esos días y ahí acabó todo; el sistema educativo ha seguido y sigue con sus orejeras inamovibles, desnortado y desnortando, curso a curso, una década tras otra.

En segundo lugar, habría que decir algo sobre la necedad, que, siendo un tipo de ignorancia, añade un matiz de responsabilidad más acusada. La necedad es la ignorancia voluntaria, la cual es más perniciosa porque no solo es ignorancia, sino ignorancia de la propia ignorancia. El ignorante mueve a compasión cuando sufre de ignorancia sin causa suya, pero esa no es la situación del necio. El necio también ignora, pero culpablemente, porque ha cerrado voluntariamente su entendimiento a la luz y lo ha embotado de luces falsas de manera negligente. Hablaremos de ello, si Dios quiere, en la próxima entrega. Ahora veamos si podemos hacer algo frente a la ignorancia.

No entro en soluciones administrativo-políticas, que, cuando se dan, no pasan de ser mero parcheo. Pero sí me parece que pueden hacer mucho los educadores en su día a día, tanto padres como maestros. Los primeros, implicándose en el aprendizaje de sus hijos; los segundos, personalizando su labor hasta donde puedan. ¿Qué es ese mucho que pueden hacer unos y otros? Iluminar el entendimiento de niños y jóvenes. Aficionar al conocimiento ayudando a descubrirlo. Enamorarse de la tarea de enseñar disfrutando de transmitir el saber. Tomarse en serio su labor y las tareas que exige para poder realizarlas con alegría y tomar en serio a las personas, exigiendo lo que quepa; apuntar hacia arriba y elevar los niveles de enseñanza hasta donde se pueda, de manera razonable. Sé de las dificultades de llevar a la práctica lo que digo, pero los padres pueden hacerlo siempre y los maestros muchas veces. Con tacto y sentido de la responsabilidad puede hacerse, sin necesidad de contradecir ninguna normativa, sin saltarse las exigencias profesionales del momento (a no ser en casos límite que pudieran caer dentro de la objeción de conciencia), sin atajos, aunque sí con mano izquierda. No hay decreto que le impida al maestro ser espejo y a sus alumnos mirarse en él. Y les hace falta. Los muchachos tienen auténtica necesidad de tener espejos en donde ver reflejadas las ganas de aprender, además de la bondad y la nobleza que albergan en el corazón. Pero no podrán hacerlo sin espejos. Sin luz no podemos ver, sin espejos no podemos vernos. Y un niño o un joven, por las exigencias de su psicología, más que nada, necesita mirarse a sí mismo. Lo necesitan ellos y los necesitamos todos, aunque cada uno en nuestra medida.

Pero hay más, porque no es solo necesidad, es también derecho. Todo hombre tiene derecho a ser instruido, pero este derecho no es sino una de las concreciones de otro derecho más amplio, que abarca muchos otros aspectos de la vida y que es el derecho a conocer la verdad. Buscar la verdad, saber la verdad, estar en la verdad, enamorarse de ella, poseerla hasta donde se pueda y disfrutar de la alegría que de ella proviene. He ahí una tarea apasionante para toda la vida.

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