El problema del mal y la necesidad de espejos (VI)

“Ser hombre quiere decir estar siempre ordenado a algo o a alguien, estar entregado a una obra, a la que uno se dedica, a un ser humano, al que ama, o a Dios, al que sirve” (Víctor Frankl)

vida

Permítame el lector un escueto resumen de lo tratado hasta ahora en esta serie de artículos que sirva para situarse a cualquiera que se acerque a este blog y especialmente a quien lo haga por vez primera. Estamos tratando el problema del mal y se ha señalado en primer lugar al desconocimiento como una de las grandes causas de muchos de los males que padecemos. ¿Desconocimiento de qué? Hemos hablado hasta ahora solo de dos campos: desconocimiento de contenidos académicos desde una perspectiva escolar y desconocimiento de lo que es ser persona humana en el doble frente del cuerpo y del alma a nivel de público en general. En el nuevo paso que ahora nos disponemos a dar hablaremos de un tipo de conocimiento imprescindible: el conocimiento del sentido de la vida.

Hace ya años que una prestigiosa revista de Pedagogía publicaba un artículo cuyo título, desenfadado y sugerente, rezaba de este modo: “El sentido de la vida… ¿entra en el examen?” Un título así me pareció entonces, y me sigue pareciendo hoy, una sana provocación intelectual. Me resultó atractivo porque sospecho que la expresión “sentido de la vida” quizá sea cosa tan usada como escasamente meditada, a pesar de ser una cuestión que a todos, sin excepción, nos interesa en nuestro más vivo centro. Por eso entiendo que no está de más asomarse a ella, preguntarnos por su contenido y airearlo. Importante debe ser este asunto cuando aparece una y otra vez en los grandes escritos del Gran Papa San Juan Pablo II. Albert Camus -por citar otro nombre de ideas muy alejadas de las del papa santo- decía que era “la cuestión más urgente” de la existencia.

El primer dato a destacar es caer en la cuenta de que si el sentido de la vida es tema de reflexión y debate es porque la vida puede tener sentido. Podemos no saber cuál es o en qué consiste, pero si no existiera, la discusión en torno al “sentido de la vida” no podría darse, del mismo modo que no cabe discutir sobre el sexo de las piedras o sobre las alas de los peces. Para entender qué es el sentido de la vida quizá pueda ayudar el concepto físico de sentido, cuya imagen es un trazo recto acabado en punta de flecha que señala con exactitud hacia dónde ir. Esa imagen traída a nuestro tema indica al menos tres cosas: que hay un lugar adonde dirigirse, que hay un camino que recorrer y que vivir consiste en recorrerlo. Ciertamente, la vida tiene sentido. Y lo tiene porque, se entienda como despliegue personal o como camino, en todo caso es movimiento con principio y con fin, como una singular peregrinación o viaje que tiene consistencia, que no es absurdo porque nos dirigimos hacia algún sitio. No vivimos por vivir, sin más, ni vivimos para nada; si vivimos, vivimos para algo. El concepto de “sentido de la vida” va unido al de fin. En cuanto a este, dicho está de mil maneras que reside en la felicidad. Dejamos constancia, aunque no podemos centrarnos ahora en esta cuestión. Ese viaje, peregrinación o despliegue ha de hacerse conociendo la hoja de ruta, la cual está cifrada en distintas claves.

Si después de esta imagen, volvemos a la pregunta ¿qué es eso de “el sentido de la vida”?, vemos ahora que se trata de un conocimiento, algo que se puede saber. Exactamente eso es el sentido de la vida: un conocimiento, pero no uno cualquiera, sino un tipo especial de conocimiento al que hemos aludido muchas veces, la sabiduría, que está formado por un conjunto de saberes gracias a los cuales es posible descifrar e integrar todas las claves de la vida, esas claves en las cuales está cifrada la hoja de ruta. Esos saberes son las respuestas a las preguntas fundamentales, las últimas preguntas que acuden inevitablemente a todo hombre y que inquietan la mente y el corazón a no ser que se rechacen de antemano y nos cerremos a encontrar respuestas. He aquí unas cuantas: ¿qué es el mundo y el hombre?, ¿quién es Dios?, ¿qué y quién es uno mismo?, ¿a dónde vamos?, ¿en qué consiste vivir?, ¿para qué sirve la vida?, ¿qué hay detrás de la muerte?, ¿qué cosas merecen la pena?

Por otra parte hay que notar cómo el sentido de la vida es un concepto unitario, que aparece siempre en singular. Cada persona es una y única, con una sola vida y esta con un solo fin. Por eso solo hay “un sentido”. Al ser humano no le caben dentro de sí muchos sentidos. No se le pueden ofrecer a la persona, para moverse entre ellas, una multitud de puntas de flecha que indican sentidos distintos porque corre el riesgo de mareo y pérdida del control de sí misma. Podemos desempeñar, eso sí, unos cuantos roles porque solemos participar de diversos ámbitos. Un adulto, por ejemplo, puede encontrarse con que es al mismo tiempo hijo, hermano, pariente, vecino, amigo, esposo, padre, profesional, compañero, ciudadano, etc. Esto no debería constituir problema aunque la experiencia común enseña que armonizarlos no siempre es fácil, produciéndose con mucha frecuencia incómodos desajustes. Pues bien, aquí es donde aparece el sentido de la vida como el elemento que es capaz de encajar y encauzar todas esas facetas en bien de la persona. El sentido de la vida es el saber que da razón a la existencia entera, algo así como el hilo conductor que permite unificar todos esos roles en un único proyecto, lo que permite mantener la unidad de la persona sin perjuicio de la función que le toque desempeñar, lo único que puede hacer que la persona se mantenga siempre fiel a sí misma.

Tener sentido de la vida es vivir orientado, por eso también se le llama el norte, el punto cardinal de referencia para encontrar los otros tres fundamentales. La comparación es muy útil porque a medida que vamos madurando en nuestro vivir, vamos experimentando que la vida, de suyo, es bastante menos complicada de lo que la hacemos y que una de las grandes ventajas de la maduración personal está en comprender que vivir bien no consiste en acaparar sino justamente lo contrario, en soltar lastre. La vida feliz se construye sobre el espacio interior que liberan ataduras y posesiones (entiéndase todo tipo de posesiones: tesoros a los que está agarrado el corazón). Dichoso el hombre que al final de sus días puede hacer realidad en sí mismo el contenido de estos versos de José Luis Blanco Vega: “que me ha encontrado la muerte sin nada más que el amor”. Entiendo que al hombre materialista y materializado, movido por el “horror vacui” (el miedo al vacío) este lenguaje le suene incomprensible y extraño, incluso absurdo. Pues bien, este hombre debe saber que en esta vida puede perderse casi todo (y lo perderemos casi todo) pero hay un puñado de cosas de las que no podemos desprendernos. Una de ellas es el norte. Si las facultades físicas y mentales lo permiten, el norte hay que mantenerlo vivo hasta el último día. Podemos perder los demás puntos cardinales, pero el norte no, porque quien conserva el norte, puede recuperar los otros tres, pero quien pierde el norte, no pierde solo uno, sino los cuatro.

Vivir sin norte es vivir desorientado, sin saber qué responder ante la pregunta por el sentido dela vida. Hay que responderla porque sí entra en el examen. San Juan de la Cruz, el poeta inigualable y doctor de la desnudez espiritual, al que le tocó vivir una vida bien azarosa, sufriendo una persecución inexplicable, lo ve con claridad meridiana y lo refiere al amor. Y así lo enseña: “Al atardecer de la vida te examinarán del amor”. No se puede vivir sin sentido de la vida, no se pueden dejar las preguntas del examen sin responder. El hombre contemporáneo no puede excusarse diciendo que de esto ya se viene hablando desde la Antigüedad. Efectivamente. Pero es que las grandes preguntas que llenan de contenido el sentido de la vida nos interesan siempre porque, dicho con palabras de Joseph Gevaert, “los interrogantes sobre la esencia del hombre y sobre el significado de su existencia, tanto hoy como en el pasado, no nacen en primer lugar de una curiosidad científica, encaminada al aumento del saber. Los problemas antropológicos se imponen por sí mismos, irrumpen en la existencia y se plantean por su propio peso”.

En cada generación son muchos los intelectuales que se han preguntado y se preguntan hoy por la divinidad, por la vida, por el problema del mal, por el amor, por el devenir del tiempo, por el cosmos… Intelectuales y no intelectuales, porque esta cuestión nos afecta por ser hombres, no por etiquetas de cualquier índole. Los hombres de cada generación nos topamos con preguntas acerca de todo esto a no ser que se nos atrofie de algún modo la capacidad de pensar. Podemos aceptar respuestas ya dadas, profundizar en ellas, desmenuzarlas, componer otras nuevas, etc. Pero las cuestiones siguen ahí. No están agotadas las respuestas y además cada generación siempre es nueva. A cada generación hay que explicarle -tiene derecho a ello- lo que han dicho las generaciones anteriores, el legado de sus antepasados y tiene también el derecho a aportar lo propio.

¿Alguien piensa que no necesitamos espejos? Vaya si hacen falta: hombres y mujeres cuya trayectoria sea una lección viva de qué es eso del sentido de la vida y cómo se lleva a efecto en el día a día, de la mañana a la noche.

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