El problema del Mal y la necesidad de espejos (VII)

“La fascinación del mal oscurece el bien” (Sab 4, 12)

el Mal

Además de esos grandes sectores de conocimiento de los que nos hemos ocupado en los artículos anteriores de esta serie, hay otros dos tipos de conocimiento absolutamente imprescindible, de orden práctico, que nos alcanza a todos los hombres y que hay que situar en la cúspide de lo que necesitamos saber. Me refiero en primer lugar al conocimiento del bien y del mal, y en segundo lugar al conocimiento de Dios. Del primero nos proponemos tratar ahora, del segundo, en el próximo artículo.

Hablo del bien y del mal desde un punto de vista moral; es decir, el conocimiento que hay que tener para llevar a la práctica la regla de oro de la moral humana, que consiste en hacer el bien y evitar el mal. Dicho de otro modo, eso supone un tipo de conocimiento que nos capacita para poder vivir como lo que somos, seres personales, dotados de capacidad de juicio y de razonamiento, para tomar las decisiones oportunas, y, en definitiva, para hacer crecer este mundo hacia una perfección cada vez mayor contribuyendo al “bien común”. (Por cierto, ya de paso, me parece oportuno apuntar que esta expresión, “el bien común” está en peligro de extinción por desuso. Expresión feliz, tal vez para muchos desconocida del todo, pero rica de contenido, que corre el riesgo de pasar a engrosar el número de arcaísmos, y que a mi juicio habría que recuperar para el lenguaje de la vida social y política, en la que, “el bien común” ha sido sustituido por el “interés general” o el “deseo de la mayoría”, expresiones muy ambiguas, que tal vez puedan entenderse como próximas al concepto de bien común y aproximarse en algún caso, pero que, de suyo expresan conceptos diferentes y aun opuestos).

En este campo del bien y el mal moral, una primera condición se impone como necesaria: definir los términos, saber de qué hablamos. Y para cumplir esa condición hay que responder a la pregunta por el bien y el mal. ¿Qué es el bien y qué el mal? Para no dar rodeos, diré que la moral católica encierra la mejor respuesta, y, si se me apura, diré que la única respuesta completamente verdadera. No porque la moral católica sea la única moral en la que hay verdad, pues la verdad y el bien no son patrimonio de nadie. La verdad y el bien son patrimonio de Dios, y por eso podemos encontrarlos esparcidos a lo largo y ancho de este mundo. Reconociendo que esto es así, a la vez hay que decir que “la” verdad moral está en la Iglesia fundada por Jesucristo, que no es otra que la Iglesia Católica. La verdad moral está en la Iglesia al menos por estos dos motivos: uno, porque Cristo, que es la Verdad en persona, “todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo” (Ef 1, 22); y dos, porque solo a la Iglesia le fue prometido y enviado el Espíritu Santo, con la promesa de que la guiaría “hasta la verdad plena” (Jn 16, 13).

No se me oculta que esta afirmación puede resultar comprometida, doy por hecho que contra ella se pueden alzar objeciones varias y cuento también con el enorme contrapeso que sobre esta afirmación ejerce la falta de testimonio de muchos de nosotros, los que confesamos la fe de donde nace esa moral, la fe católica. Pues bien, aun así hay que mantenerla. También por dos razones. Una, porque lo asegura la propia fe sostenida por la Escritura -“y no puede fallar la Escritura” (Jn 10, 35)-, y otra, porque objetivamente lo atestiguan las obras de quienes profesan esta fe de forma modélica, los santos. En el mundo hay mucho bien, dentro y fuera de la Iglesia, hay mucha gente buena, muy buena, y es para congratularse por ello, pero los santos católicos no tienen parangón. Y las obras que han puesto en marcha, tampoco. En toda esta serie de artículos se viene justificando y defendiendo la necesidad que tenemos de espejos donde mirarnos. Pues bien, en el santoral católico está el mayor muestrario de espejos a nuestro alcance. Los hay para todos los gustos, de todas las edades, de todas las variantes sociales en que un hombre puede encontrarse, desde esclavos hasta reyes, mendigos y altos dignatarios, analfabetos y los más rutilantes letrados…

Ahí están todos estos espejos excelsos, para quien quiera mirarse en ellos, y ahí están también los frutos de santidad del pasado y del presente. Pasado y presente que conforman una unidad en el tiempo, pues conviene tener en cuenta que en la Iglesia en cuestiones de fe y de moral no hay un pasado sustancialmente distinto del presente, sino una continuidad ininterrumpida de una única fe y un mismo Decálogo. En la Iglesia Católica no hay interrupciones ni saltos en la profesión de la fe ni en las obras que de esa fe nacen, ni en el núcleo moral que las acompaña. Sí hay crecimiento y desarrollo, profundización y esclarecimiento de verdades profesadas y no suficientemente explicadas con anterioridad, pero no discontinuidad. Precisamente por eso, los contenidos de la fe y de la moral son permanentes y en cada época son actualísimos.

Hemos dicho que la regla de oro de toda moral es hacer el bien y evitar el mal. Ahora bien, parece bastante juicioso que para practicar el bien y evitar el mal, antes hay que saber qué es lo uno y qué es lo otro. Por eso tenemos que empezar por responder a esa pregunta: ¿qué es el bien? Y al tratar de responder, ¡oh sorpresa!, nos encontramos con que no hay manera de saberlo. Esto nos recuerda el cuento de Tolstoi “La camisa del hombre feliz” en el que los enviados del zar recorrieron el mundo buscando al hombre feliz para pedirle su camisa, y cuando lo encontraron, volvieron decepcionados porque el hombre feliz vivía sin vestir camisa ninguna. ¿Qué son el bien y el mal? Nadie lo sabe, solo Dios. Solo quien sea bueno puede saber qué es el bien, pero ocurre que “no hay nadie bueno más que Dios” (Mc 10, 18). Por eso solo Él sabe qué es lo bueno y lo malo. Nosotros, por nosotros mismos, no lo sabemos.

Esta ignorancia no sería lo peor. Si la cosa quedara aquí, en que por nosotros mismos no sabemos lo que es bien y el mal, -mejor dicho, en que sabemos que no podemos saberlo- llevaríamos mucho terreno ganado. Pero el problema está en que no sabiendo qué son el bien y el mal, porque ese conocimiento es exclusivo de Dios, actuamos como si lo supiéramos; es decir, jugamos a ser dioses.

El lector que conozca el relato bíblico del pecado de Adán y Eva, ya se habrá dado cuenta de que estamos exactamente como en los orígenes. Dios le dio al hombre libertad para tomar de todos los frutos de la creación, pero no para tomar los frutos de dos árboles que se reservó para sí, y, en consecuencia, solo le pertenecían a él: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Con una advertencia propia de quien sabía lo que podía ocurrir e iba a ocurrir: “Del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir” (Gen 2, 17).

Conocemos el final de la historia. Comieron porque querían “ser como dioses”, lo cual es una confesión abierta de que el conocimiento del bien y del mal es privativo de Dios. Estamos ante una tentación y un pecado originales que se repiten generación tras generación y se siguen haciendo presentes en cada hombre por el hecho de serlo, es decir, de haber nacido hombre y no viviente de otra especie. Esto mismo, concretado en nuestras circunstancias es lo que hacemos nosotros cuando por nuestra cuenta, llamamos bueno a lo que nos gusta, a lo provechoso, a lo que nos hace disfrutar, a lo que diga la mayoría, etc., y llamamos mal a lo contrario: a lo que nos disgusta, a lo que no reporta ventajas, a lo que nos hace sufrir, a lo desagradable, a lo dificultoso, a lo que no tiene aceptación social.

Y hacemos nuestras dicotomías: esto sí, esto no; esto hay que conseguirlo, esto otro sortearlo, de aquello hay que huir. Categorizamos la vida de acuerdo a nuestras ideas de bien y mal y en función de ellas establecemos valores, fabricamos ideales, nos proponemos objetivos, organizamos cuanto nos rodea, hacemos nuestras opciones… y, en consecuencia, educamos a los niños y a los jóvenes.

Digámoslo abiertamente, que siempre es bueno conocer y reconocer las cosas en su verdad: bajo capa de buscar nuestro propio bien, maquillamos nuestros egoísmos, buscamos el éxito por caminos a veces poco rectos, justificamos lo que haga falta, con muchísima frecuencia lo que es injustificable, hacemos del interés particular, ley y de la subjetividad, regla. No estamos tan lejos del Segismundo de Calderón, cuando decía aquello de que “nada me parece justo en siendo contra mi gusto”.

En más de una ocasión, en distintas publicaciones del blog, he hecho referencia a que el conocimiento del bien y del mal es uno de los puntales de la verdadera sabiduría, la única que puede conducir a la perfección humana. Una sabiduría que es independiente de cualquier circunstancia que afecte al hombre, que sirve por igual a toda persona humana y que está al alcance de toda inteligencia y, precisamente por ello, puede (y debe) ser adquirida por cualquiera desde la más tierna infancia. Esta es, a mi juicio, la gran asignatura pendiente de la educación actual, que padece de un vacío moral como quizá no se haya dado en ninguna otra época. De nuestros institutos y universidades están egresando, año tras año, hornadas de titulados técnicamente capacitados pero que arrojan unos índices de desconocimiento de esta sabiduría moral verdaderamente preocupantes. ¿Cómo se puede sostener una afirmación tan atrevida? Porque esta sabiduría solo puede ser enseñada y sostenida por la Iglesia, y esta, en buena medida, dentro de sus instituciones educativas, tampoco lo está haciendo (excepciones aparte). Si no fuera porque esto es verdad, no padeceríamos las lacras morales que padecemos: una apostasía galopante, un variadísimo abanico de idolatrías (cuyo centro está en la egolatría y desde él se extiende a un sinnúmero de modalidades), enaltecimiento del feísmo, atentados de diversa índole contra la vida, abortos voluntarios, explotaciones de todo tipo, esclavitud, fomento de la pornografía y el pansexualismo, extensión del odio, de la violencia, de la blasfemia, enriquecimiento ilícito, faltas contra la verdad…

Hablamos de la sabiduría de los santos, que es “una sabiduría divina, misteriosa, escondida” (1ª Cor 2, 7). Divina porque es de Dios, que es el único que puede hacernos entender dónde está el bien y dónde el mal. Misteriosa porque es propia de Dios, y Dios, aun después de habérsenos revelado, sigue siendo un misterio que el hombre no puede elucidar en su totalidad y mucho menos abarcar. Escondida porque no daremos con ella por más que la busquemos, a no ser que se la pidamos al propio Dios y nos pongamos en actitud de recibirla. No se nos han dado capacidades naturales para hacernos con ella, “pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con el criterio del Espíritu” (14).

Como puede verse es una sabiduría muy atractiva, muy apetecible, pero no puede cogerse por cuenta propia (este fue el intento fallido de Adán y Eva) ni conseguirse con un gran esfuerzo basado en técnicas de introspección (esta es la propuesta errada y engañosa de los movimientos gnósticos, puesta al día en la actualidad por la Nueva Era que tanto cautiva a muchos contemporáneos). Insisto: se nos tiene que dar y no podemos hacer otra cosa que desearla, pedirla y capacitarnos para acogerla. Dios quiere dárnosla (en la Iglesia) pero debemos estar en condiciones de recibirla y dispuestos a pasarla pues no nos pertenece como cosa propia. Esta sabiduría no niega aquella otra que el hombre consigue con su dedicación a las cosas de este mundo, ni reniega del valor del esfuerzo y estudio, pero sí pone como condición que esta sabiduría humana esté contenida en la primera.

Termino con una oración tomada de la liturgia de la Iglesia en la cual el orante, usando la propia Palabra de Dios, le reza así:

Dios de los padres y Señor de la misericordia,

que con tu palabra hiciste todas las cosas,

y en tu sabiduría formaste al hombre,

para que dominase sobre tus criaturas,

y para regir el mundo con santidad y justicia,

y administrar justicia con rectitud de corazón.

Dame la sabiduría asistente de tu trono

y no me excluyas del número de tus siervos,

porque siervo tuyo soy, hijo de tu sierva,

hombre débil y de pocos años,

demasiado pequeño para conocer el juicio y las leyes.

Pues aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres,

sin la sabiduría, que procede de ti,

será estimado en nada.

Contigo está la sabiduría conocedora de tus obras,

que te asistió cuando hacías el mundo,

y que sabe lo que es grato a tus ojos

y lo que es recto según tus preceptos.

Mándala de tus santos cielos

y de tu trono de gloria envíala

para que me asista en mis trabajos

y venga yo a saber lo que te es grato.

Porque ella conoce y entiende todas las cosas,

y me guiará prudentemente en mis obras,

y me guardará en su esplendor.

                                                                                                 (Sab 9, 1-6. 9-11)

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