El problema del mal y la necesidad de espejos (y X)

“Las más de las veces no tenemos verdadera voluntad sino veleidad; quisiéramos, mas no queremos; quisiéramos, si no fuese preciso salir de nuestra habitual pereza, arrostrar tal trabajo, superar tales obstáculos, pero no queremos alcanzar el fin a tanta costa” (Jaime Balmes)

autoridad

El segundo error está en su contrario, que es el desprecio por la voluntad cuando esta ha de emplearse en conductas orientadas hacia el bien objetivo. Este es un error que está presente sobre todo en la educación, tanto en la familia como en las instituciones educativas. La formación del carácter exige esfuerzo, disciplina y constancia. No existe verdadera educación moral (o sea educación, sin apellidos) si no hay educación en la virtud. Y la práctica de la virtud ni es espontánea ni siempre es gustosa; hay que aprenderla y con mucha frecuencia experimentando diversos reveses, entre otros, la aspereza del no. Todo no es una negación y por eso suele ser áspero tanto para el niño como para su educador. Cuanto menos negativa sea la educación, mejor para todos, pero hay caprichos y conductas que deben ser negados y sofocados porque objetivamente son incorrectos, y no sirve plantear la duda de para quién. En cuestiones que son obvias (y vivimos en una época en que hay que explicar lo obvio) la pregunta de por qué, o para quién, es incorrecta una tropelía no tiene respuesta porque hay actitudes que de suyo son intolerables, del mismo modo que hay palabras ofensivas y acciones que son dolosas por sí mismas. Y todo eso debe ser corregido y si no, no hay educación que valga. Todo el que quiera educar honestamente tendrá que armarse de valor y al mismo tiempo de mano izquierda para enfrentarse la incómoda tarea de reprender comportamientos inadecuados, y no solo una vez sino muy a menudo, a diario. El principio pedagógico tradicional “fortiter in re, suaviter in modo” está tan vigente como siempre y quizá hoy sea más necesario que nunca. Firmes en llamar a las cosas por su nombre, en cultivar la verdad y extirpar el error, en mantener el principio de autoridad que la educación exige; suaves en las formas, pacientes hasta el infinito, respetuosos (muy respetuosos) en el lenguaje, acogedores en las actitudes. El desgaste psicológico que esto produce en el educador es enorme, pero no hay más remedio que asumirlo porque solo así se puede formar la voluntad.

Ahora bien, digámoslo claramente, hoy esa manera de entender la educación no se lleva, hoy tenemos una visión lúdica de la educación, cuando no jocosa, que se ha ido extendiendo por contagio desde los niveles inferiores del sistema educativo (educación infantil, donde sí tiene sentido, y solo parcialmente al comienzo de la primaria) a niveles posteriores como la etapa secundaria donde está de más o solo cabe de manera restringida para algunas actividades. Probablemente muchos de los educadores (padres y maestros) actuales no la han experimentado en sí mismos como hijos y alumnos y cabe pensar que incluso el propio lenguaje que estoy usando les resulte extraño.

Pues aún así hay que insistir. Sin una adecuada educación de la voluntad a base de buenos hábitos (eso son las virtudes, hábitos buenos) el resultado son personalidades llenas de carencias, veleidosas y endebles, expuestas a “ser sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina” (Ef 4, 14); personalidades sin referentes sólidos, a las que no hay forma de hacer madurar, con una afectividad reducida al sentimentalismo, muy superficial, que crece sin exigencia y sin exigencia constructiva no hay afectividad que pueda echar raíces. Una personalidad así queda imposibilitada para enfrentarse a los aspectos más hoscos de la vida, que son ineludibles y cuya cara de dolor y sufrimiento los hace literalmente insoportables. Sin una buena educación en virtudes como la fortaleza o la templanza no podemos esperar personas hechas, que tengan la fuerza moral suficiente para asumir compromisos estables, para responder a las exigencias de una vocación religiosa o de un matrimonio fecundo. ¿De dónde tienen que salir?

Cualquiera que entienda de estas cuestiones, o se haya interesado por ellas, sabe que los antiguos estándares cronológicos de la psicología evolutiva han saltado por los aires; hoy lo que se ha impuesto en nuestras sociedades es el adolescente perpetuo. La adolescencia ha ensanchado su franja de edad por abajo y por arriba. Por abajo comiendo terreno a la infancia, de modo que la antes llamada “tercera infancia”, hoy se puede dar por desaparecida; y por arriba, alargándose indefinidamente, adentrándose en los treinta, los cuarenta, y de ahí en adelante.

Quizá algún lector se le estén amontonando las preguntas. Me adelanto a dos posibles: Una, ¿por qué sin exigencia la afectividad no puede echar raíces profundas? Y dos, ¿por qué hay que recuperar una visión del hombre, de la voluntad y de la educación propia de tiempos pasados?

A la primera respondo que lo que hace enraizar la afectividad de la persona con raíces profundas es el amor, no el sentimentalismo, y el amor no sabe de pamplinas. El sentimentalismo es al amor auténtico lo mismo que una baratija es a una joya de oro y diamantes. El sentimentalismo es dulzón, no dulce; es divertido, no alegre; es adulador, no veraz; tolerante con el mal y no le importa dejar crecer a la persona en medio de sus miserias con tal de no contradecirla ni contrariarla. El amor, en cambio, es comprensivo con quien yerra, pero no tolera el error sino que busca la verdad, es sacrificado y por eso no rehúye el combate contra la oscuridad, no soporta el mal de otro aunque haya que pasar por momentos de sufrimiento… En definitiva, “el amor es fuerte como la muerte” (Cant 8, 6).

A la segunda pregunta, ¿por qué hay que recuperar una visión del hombre, de la voluntad y de la educación propia de tiempos pasados?, la respuesta es porque está demostrado que funciona, y lo que la ha sustituido no funciona. Si se me permite esta forma de expresarme, yo diría que la idea de progreso que solemos tener y la antropología no hacen buenas migas. Una cosa son los avances tecnológicos, los nuevos inventos y otra el mundo de los valores humanísticos (vamos a llamarlo así, aunque la expresión no es del todo acertada). El hombre no es solo materia y el progreso en el que estamos instalados es algo exclusivamente material. El hombre es materia y espíritu, no solo materia, y la carrera tecnológica comenzada con la primera revolución industrial y continuada después de manera acelerada, ha traído avances extraordinarios, pero casi exclusivamente en los aspectos materiales. Lo que solemos entender por progreso no ha modificado el alma humana ni un ápice, y hay razones de peso para suponer que no ha beneficiado a la vida del espíritu. Esta suposición es discutible, pero no lo será el hecho de que por una parte se ha extendido en amplios sectores sociales el mito del progreso continuo, y por otra, muchos materialistas se han servido del progreso técnico para arremeter contra la vida del espíritu, bien negándola, bien despreciándola. Bastaría con subrayar cómo se han multiplicado los “ismos” de raíz materialista que han surgido, o bien han adquirido gran predicamento en los últimos doscientos cincuenta años: materialismo, naturalismo, sensismo, fisicalismo, fenomenismo, evolucionismo, positivismo, cientifismo, emergentismo, eliminativismo, etc.

El progreso científico y técnico genera un modelo de cambios continuos, donde cada nuevo invento supera y arrincona al anterior. Para un sinfín de actividades, esta cadena de novedades sucesivas ha supuesto logros extraordinarios (alimentación, arquitectura, comunicaciones, medicina, transportes, agricultura, genética, higiene, etc.) pero ese modelo es absolutamente inservible para la vida espiritual porque el alma humana no ha cambiado ni uno solo de sus rasgos esenciales desde la creación de Adán y Eva hasta hoy. El alma humana, con sus inclinaciones y tendencias, sus capacidades y expectativas, sus apetitos y pasiones, sus facultades y modos de reacción, sus aspiraciones y pecados, es exactamente igual a sí misma a lo largo de los siglos. Por eso hoy son tan válidas como ayer las doctrinas de índole espiritual: la filosofía, la poesía, la religión. Sócrates no ha dejado de ser reconocido como un maestro después de casi dos siglos y medio, y sus enseñanzas están tan vivas en el siglo XXI como cuando paseaba por el ágora de Atenas. Hoy, como a lo largo de más de dos mil años, podemos seguir aprendiendo de los estoicos, de Platón, de Aristóteles, de los maestros árabes e hindúes…

Y haciendo un punto y aparte, de Jesucristo. Punto y aparte porque él no encaja en ninguna categoría, ni se le puede encasillar en ninguna lista de grandes personajes. Jesucristo, el Maestro, que “es el mismo ayer y hoy y siempre” (Heb 13, 8) y que hizo afirmaciones redondas y absolutas que no se atrevió nadie a pronunciar, como por ejemplo esta: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35).

Para terminar, vuelvo a la educación para indicar cuál es la razón de que los fundamentos de la educación sean permanentes. La razón es un dato muy sencillo y muy olvidado, que debería estar grabado a fuego en la frente y en el corazón de todo educador y que consiste en saber que la educación es una actividad espiritual, eminentemente espiritual. Esta es la clave. Necesita de medios materiales imprescindibles y valiosos, pero esencialmente es espiritual. Los medios podrán cambiar, deberán adaptarse a los tiempos, las tecnologías aplicadas al mundo de la educación son recursos excelentes, en absoluto desdeñables, pero los fundamentos y los fines son (deberían ser) los mismos de siempre. En las últimas décadas estamos asistiendo a un espectáculo terrible, suicida, cuyos efectos ya estamos padeciendo y que consiste en haber desmontado los grandes pilares educativos que habíamos recibido como un precioso legado de una sabiduría secular, todo un depósito pedagógico acumulado y permanentemente actualizado por la educación cristiana nacida y extendida de la mano de la Madre Iglesia, que si algo ha demostrado en este campo es que sabe educar a sus hijos como nadie lo ha hecho nunca en este mundo. El despilfarro de este legado educativo es un atropello y una necedad de consecuencias funestas (de muerte) e incalculables, que no tiene disculpa, mucho más grave que si alguien se empeñara ahora en derribar las catedrales medievales porque pertenecen al pasado. Si se hiciera tal barbaridad se destruirían obras de arte únicas y admirables, ciertamente, pero mucho menos valiosas que una sola alma humana. No hay proporción entre una catedral gótica y el alma de cualquier hombre (entiéndase bien, a favor del hombre).

Esto es lo que han entendido con toda clarividencia los santos educadores. Clarividencia en la mente y fuego en el corazón, por eso han sido espejos para todos los que los han tratado y especialmente para las almas infantiles y juveniles que les fueron encomendadas. Estos son los espejos más nítidos para cualquier educador que se precie, sea creyente o no. Ahí están, para quien quiera o necesite mirarse en ellos. Son legión, una pléyade inmensa cuya sola nominación ocuparía un espacio muy dilatado, lo cual no obsta para que señalemos algunos de los nombres que más han influido en la educación de muchas generaciones en los últimos siglos: San José de Calasanz, Santa Juana de Lestonnac, San Juan Bautista de la Salle, San Juan Bosco, San Enrique de Ossó, Santa Joaquina de Vedruna, San Marcelino de Champagnat, San Pedro Poveda.

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