Profecía y profetas

Pocos temas hay que sean tan difíciles y polémicos como éste. Resulta muy difícil hablar de profecía sin haber esta…

Pocos temas hay que sean tan difíciles y polémicos como éste. Resulta muy difícil hablar de profecía sin haber establecido previamente un cierto número de criterios básicos sin los cuales resulta imposible cualquier acercamiento al asunto.

Primer criterio: la profecía no responde a una interpretación u opinión personal, objeto del propio conocimiento o experiencia, sino que se trata de una inspiración o revelación divina.

Este primer criterio es la base de todo lo demás, puesto que sitúa el origen de la profecía en lo sobrenatural, distinguiéndola de este modo radicalmente de cualquier opinión puramente humana. Reducir la profecía al nivel de la opinión o aserto individual, por grande que pueda ser el conocimiento de quien lo expresa, elimina todo su valor como referencia y guía indubitable, y eso es precisamente lo que hace el racionalismo, al desvalorizar o negar su fundamento sobrenatural. Y no olvidemos que el racionalismo se infiltra también en la Casa de Dios.

La profecía es un don del Espíritu Santo, expresión máxima de la libertad del espíritu, que “sopla donde quiere”. En consecuencia, la profecía es una expresión de la Verdad.

Segundo criterio: la profecía no es una función sacerdotal.

El primer criterio enunciado indica que la profecía no pertenece al ámbito personal ni se transmite sacramentalmente, sino que se trata de un don del Espíritu que es otorgado a quien el Espíritu elige, sea o no un miembro del estamento sacerdotal. Es más, puesto que en gran número de ocasiones la función profética o una parte de ella consiste precisamente en señalar los errores y desviaciones del clero, es frecuente que esta función corresponda a los laicos.

Tercer criterio: la profecía concierne a la historia de la Redención, es decir, concierne a Cristo.

La profecía concierne a la historia no como historia meramente humana, sino en su carácter de metahistoria, es decir, de historia contemplada en su finalidad metafísica: la integración de todo en Dios. Se refiere, por tanto, esencialmente a Cristo y a su función redentora, que concierne a todo el pueblo de Dios. Ahora bien, el pueblo de Dios, tras la Primera Venida, no es ya solamente el “pequeño” Israel, sino también el “gran” Israel o la cristiandad. Por ello, la profecía no se limita a los acontecimientos que terminan con esa Primera Venida, sino que su ámbito se extiende hasta el final de los tiempos, abarcando tanto la Primera como la Segunda Venida. En este sentido, la profecía es un recordatorio permanente del sentido trascendente de la historia.

Cuarto criterio: la profecía no es expresión de ningún determinismo.

La finalidad de la profecía “no es anticipar lo inevitable, sino indicar lo posible y prevenir lo indebido, llamando a la conversión y al coraje” (S. Boulgakov). Dios respeta escrupulosamente la libertad del hombre y no lo obliga a seguir el camino del bien, puesto que hacerlo supondría dejar sin contenido la esencia espiritual del hombre, de la cual la libertad es componente intrínseco, arruinando la imagen y semejanza divinas en él. No obstante, le advierte de los peligros del camino que ha escogido y le indica los medios para evitarlos. El resto depende de nosotros.

Quinto criterio: la profecía se orienta a la realización del Reino de Dios.

Consecuencia necesaria de lo establecido en el tercer criterio, la profecía es finalista, tiene un sentido y una finalidad, que es conducir al hombre a la realización del Reino de Dios, puesto que el hombre es colaborador necesario en esa realización.

Sexto criterio: la profecía se hace tanto más comprensible cuanto más próxima se halla su realización.

Puesto que la profecía tiene como finalidad guiar al hombre hacia el cumplimiento de su destino, tiene necesariamente sus tiempos. Muchas claves son necesarias para comprenderla, y esas claves van apareciendo a medida que se acerca el tiempo de su cumplimiento. Pretender interpretarlas con la sola inteligencia humana sin la posesión de esas claves, conduce a errores que “perturban el corazón de los hombres” (R. Auclair). Una vez esas claves son accesibles, hacen de la profecía una guía y un elemento de ayuda.

Los profetas

Profetas han existido desde el inicio de la historia y existen todavía, aunque no se les llame así, puesto que la función profética es universal, pero existe una opinión muy difundida, en el sentido de que la profecía es algo del pasado, algo que se circunscribe al ámbito de la historia de Israel, del Antiguo Testamento, y que termina con la Primera Venida de Cristo. Esa es una visión básicamente racionalista, que ignora qué es la profecía y cuál es su finalidad.

De acuerdo con los criterios expuestos más arriba, la misión de la profecía es conducir al hombre a la realización del Reino de Dios, concierne al Cristo total y se extiende hasta su Segunda Venida al final de los tiempos, lo que difícilmente es compatible con una visión que pone un límite temporal o espacial a su existencia y cometido.

Aunque esa opinión la sustentara una parte del sacerdocio, no por ello habría que darle carta de naturaleza. Muchas veces sectores del sacerdocio –tanto en el pequeño como en el gran Israel– han desnaturalizado la religión en provecho de su estrecha visión de la realidad, y ese es precisamente uno de los fundamentos de la profecía, que debe tratar de llevar de nuevo las aguas desviadas a su cauce original. También hoy una parte no desdeñable del sacerdocio ha caído en el ensueño del racionalismo y sus derivados.

Los escritos de los profetas del Antiguo Testamento no se circunscriben únicamente a la historia de Israel, sino a cualquier tiempo en el que “la humanidad vuelve a las condiciones en las que se dio la profecía” (M. Valtorta, Cuadernos). Del mismo modo que la predicción de Jesús sobre la destrucción de Jerusalén en Mateo 24, enlaza con los textos escatológicos sobre el fin de los tiempos, de tal modo que la destrucción de la ciudad se convierte en la prefiguración de la gran destrucción del orbe, todas las antiguas profecías tienen su aplicación a los nuevos tiempos. Por ello, cabe predicar la universalidad espacial y temporal de los textos de los antiguos profetas, y su aplicabilidad a nuestra actualidad.

Un claro ejemplo de lo anterior lo encontramos en Daniel, cuya profecía abarca la totalidad del “tiempo de los gentiles”, es decir, de nuestro tiempo, el tiempo de los “diez reinos” que suceden al Imperio romano tras su caída.

Pero los nuevos tiempos tienen también sus profetas. El primero y más grande –sin contar, por supuesto, al propio Hijo de Dios en esta relación – es el Evangelista San Juan, que describe en su Apocalipsis la totalidad de la historia humana, hasta su consumación final en la realización del Reino de Dios con esos “nuevos cielos y nueva tierra”, tras haber superado la agonía terrible de los últimos tiempos.

Y a lo largo de la historia del cristianismo no han faltado profetas en ningún momento, aunque no hayan sido objeto de gran atención por parte de la jerarquía de la Iglesia y no se les haya dado la importancia que en Israel tuvieron los profetas de aquél tiempo. Podemos citar algunos:

– San Agustín (siglo IV)

– San Remigio (496)

– San Cesáreo de Arles (470 – 542)

– Santa Hildegarda de Bingen (siglo XII)

– San Ángel (muerto en 1125)

– San Francisco de Asís (1182 – 1226)

– Santa Caterina de Siena (1347 – 1380)

– San Francisco de Paula (1416 – 1507)

– Jean de Vatiguerro (siglo XVI)

– El Abbé Souffrand (1755 – 1828)

– Santa Ana María Taigi (1769 – 1837)

– El Padre Nectou (1777)

– La profecía de Prémol (1783)

– Sor Mariana (1804)

– La “religiosa de Bellay” (1810 – 1830)

– El Padre Lamy (1853 – 1931)

– Joséphine Reverdy (1854 – 1919)

– La “extática de Tours” (1882)

– El Abbé Rigaux (1893)

– La extática Marie-Julie Jehanny (1896)

– El Padre Pío de Pietrelcina (1887 -1968)

La lista no pretende ser exhaustiva; todos ellos han recibido el don de la profecía y lo han manifestado en sus escritos y revelaciones. Como puede verse, la relación llega hasta prácticamente nuestros días, y puede encontrarse con bastante facilidad literatura relativa a cada uno de ellos.

Un caso reciente que merece destacarse por su singularidad es el de Maria Valtorta (1897 – 1961). Hay que decir que la Iglesia no se ha pronunciado con relación a sus revelaciones, no obstante lo cual su fama se ha extendido por todo el mundo y han sido publicadas en casi todos los países.

Pero la relación de profetas no puede cerrarse sin la referencia a la Reina de los Profetas, la propia Virgen María, que desde 1830 en la Rue du Bac de Paris cuenta con 22 apariciones reconocidas por la Iglesia, de las que las más conocidas son, además de la citada, las de La Salette, Lourdes, Pontmain y Fátima. En todas ellas, la Virgen asume la función profética para anunciar los peligros que acechan a la humanidad si persiste en sus errores y desviaciones. En palabras de Jean Phaure: “no es un mensaje de “muerte”, no son amenazas de castigos inexorables lo que viene a traernos la Reina del Cielo. Bien al contrario. Ella no deja de recordarnos que, por muy profunda que sea la subversión planetaria, nuestra salvación depende de nosotros mismos; que si bien la civilización materialista está irremediablemente condenada, toda alma que se encuentre sumergida en ella puede, si lo quiere, escapar de la destrucción purificadora. Para ello, María repite que Ella “retiene” el brazo de Su Hijo a fin de darnos tiempo para salvarnos… Pero ese tiempo disminuye de año en año, de mes en mes”.

Además de las apariciones aceptadas por la Iglesia, hay otras pendientes de decisión, entre las que cabe destacar por su magnitud, impacto e importancia la de Medjugorje, pequeña localidad en Bosnia-Herzegovina en la que –salvo pronunciamiento en contra por parte de la Iglesia– María se viene apareciendo regularmente desde 1981 sin interrupción, instándonos a la conversión y advirtiéndonos de que el tiempo se acaba. Existe también abundante literatura al respecto.

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