Proyecto político y bendición de Dios

“Si Yavé no edifica la casa, en vano trabajaron los que la construían”. “Si no guarda Yavé la ciudad, en vano v…

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“Si Yavé no edifica la casa, en vano trabajaron los que la construían”. “Si no guarda Yavé la ciudad, en vano vigilan sus centinelas” (Sal 127,1)

Para que el Señor edifique nuestra morada y proteja nuestra ciudad, nuestras obras y nuestro corazón deben seguir sus caminos. Es de necios esperar en Dios, cuando, como rebaños que se precipitan por una honda sima, todos se afanan, desde el chico al grande, en transgredir la ley de amor de Dios. Es de necios recabar la bendición del Señor para nuestros proyectos, cuando están amasados de pecado.

En cambio, leemos en el Evangelio: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 7, 33). Es decir, si buscamos complacer al Señor, si seguimos su voluntad, también tendremos además de la felicidad eterna, la felicidad terrena, y nuestros proyectos tendrán éxito, prosperarán: gozaremos de la bendición de Dios.

Cuando los líderes de un proyecto político –que respecto a lo que nos interesa, puede ser del mismo modo, la independencia de un territorio dado, o, alternativamente, la unidad de determinado país, o cualquier otro proyecto– se encarnizan, por ejemplo, en defender el aborto, que es un crimen contra un ser indefenso, es seguro, entonces, que tal proyecto, amasado por graves pecados contra la naturaleza, no contará con la bendición divina.

En vano, pues, construyen, en vano vigilan. Nada bueno puede salir de su actitud. Si logran su objetivo, no mejorará la felicidad de sus súbditos, antes bien empeorará. Y aún más si estos líderes políticos han logrado seducir y arrastrar a sus planteos pecaminosos a una masa considerable. Porque construyen con ladrillos de rebeldía y de pecado, y el Señor, lejos de bendecirlos, los abandonará a sí mismos, que es el peor castigo que nos puede venir de Dios. Ya que el hombre sin Dios es como un pelele que cualquier viento lleva de aquí para allá, un enemigo de sí mismo sin raíces ni paz interior.

Por otra parte, ¿cómo se pueden conceder derechos a una persona –derecho a la independencia, o alternativamente, derecho a la unidad, o cualquier otro– si se le priva del derecho fundamental a la vida, sin el que ningún derecho puede existir?

Vemos pues la atroz contradicción que representa conferir derechos al ciudadano, al mismo tiempo que se condena a muerte a todo un género de ellos (los niños concebidos y aún no nacidos).

Esta postura, pues, está en las antípodas de aquella que atraería la bendición divina y no augura por tanto nada bueno. Si, en cambio, pusiéramos cimientos de recto respeto a la vida y a la moral, que nos pide nuestra condición de cristianos, nuestros proyectos contarían con un constructor que no es de este mundo.

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