Publio Ovidio Nasón y el aborto

El poeta Publio Ovidio Nasón fue contemporáneo de Augusto y vivió entre el año 43 a. de C. y el 17 d. de C., en una &eacut…

El poeta Publio Ovidio Nasón fue contemporáneo de Augusto y vivió entre el año 43 a. de C. y el 17 d. de C., en una época en que no había ecografías tridimensionales ni existían esos reportajes de National Geographic en que una cámara nos muestra cómo es la vida de un hombre antes de su nacimiento. Pero Publio Ovidio Nasón (que, como Berlusconi, no era un santo) lo tenía bastante claro: provocar un aborto es un acto de violencia que básicamente consiste en que la madre mata al hijo que lleva en el vientre. Un acto de violencia que merece castigo.

Lo dijo Ovidio en un hermoso poema, el XIV del segundo libro de sus Amores, que dice así:
¿Qué aprovecha a las jóvenes el no tener que ir,
tras las fieras escuadras,
cargadas con escudos a la guerra,
si después ellas mismas se hieren con sus dardos,
y, sin pedirlo Marte,
arman sus manos ciegas contra la propia vida?
La primera que quiso abortar el feto de sus entrañas
merecía haber muerto,
herida por sus armas.
¿Acaso era preciso,
para que no te delatasen las arrugas del vientre,
arrasar de ese modo
el campo en que luchaste?
Si las antiguas matronas
hubieran seguido tan fatal costumbre
habría perecido la raza de los hombres
y sería preciso que en el orbe desierto
Deucalión otra vez,
arrojando más piedras,
sembrase nuestra estirpe.
¿Quién habría vencido a las huestes de Príamo,
si Tetis, la diosa de los mares,
no hubiera alimentado durante nueve meses
al fruto de su seno?
Y si Ilia hubiera ahogado
a aquellos dos gemelos en su vientre,
hubiese perecido el fundador
de esta ciudad que gobierna hoy el mundo.
Si, en su preñez, hubiera
expulsado a Eneas Venus
con violencia del vientre
no tendríamos Césares.
También tú misma habrías,
hermosa mía muerto aún antes de nacer
si tu madre hubiera seguido tu conducta.
Incluso yo, que tengo
esta fortuna de morir amando,
no habría visto el sol,
si mi madre me hubiera
destruido en su seno.
¿Por qué despojas la fecunda viña
de los racimos nuevos
y arrebatas del árbol
los frutos que están verdes todavía?
Permite que maduren y caigan por su peso.
Lo que nació, que crezca;
la vida es más valiosa si se tiene paciencia.
¿Por qué os rompéis el vientre con el hierro mortífero,
y a los niños que aún no nacieron les dais
tan crueles venenos?
¿Quién perdona a Medea
tras haber derramado la sangre de sus hijos?
Y todos se lamentan de la suerte de Itis,
que murió degollado a manos de su madre.
Las dos fueron impías, mas por tristes motivos;
se vengaron, así, las dos de sus esposos,
en los hijos comunes.
Decidme, ¿qué Tereo, qué Jasón os incita,
coléricas mujeres
a poner, criminal,
la mano en vuestros cuerpos?
Tamaña atrocidad ni siquiera la hacen
las tigresas de Armenia, ni osan las leonas
dar muerte a sus cachorros
y lo hacen, sin embargo, unas jóvenes tiernas,
aunque no impunemente, pues muchas veces pagan
las madres, con su vida,
el haber destruido de ese modo sus frutos.
En el lecho mortuorio
se las tiende, si mueren,
y al verlas, despeinadas,
todos dicen: «Es justo»
Mas que ahora se pierda mi reproche en el aire
y que no sea presagio de tales consecuencias.
Y vosotros, los dioses
perdonad a mi amada,
que es su primer delito.
Ya habréis hecho bastante.
Y que sufra el castigo si es que, acaso, reincide.
Decíamos que abortar es un acto de violencia que básicamente consiste en que la madre mata al hijo que lleva en el vientre. Un acto de violencia que repugna a cualquiera, pero al que, al parecer, los médicos españoles no van a poder negarse ni siquiera por razones de conciencia. Todo ello según declaraciones de uno de los ministros del Gobierno. Un ministro que, por otra parte, es especialista en Derecho Constitucional. Es tan increíble que no puede ser verdad. Es tan increíble que debe ser un sueño.
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