¿Puede el sordo, estando privado de habla, alcanzar la salvación eterna?

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Ya antes del nacimiento de Cristo era tal el valor que se le daba a la palabra pronunciada y oída, que en ella estaba la raíz de la exclusión social, legal, y aún espiritual de la persona sorda.

En el Antiguo Testamento, Dios le recuerda a Moisés que Él “formó al mudo y al sordo, al que ve y al ciego” (Éx IV, 11), pero al mismo tiempo se ve obligado a dictar entre sus mandamientos: “No maldecirás al sordo, ni pondrás tropiezo delante del ciego” (Lev XX, 14), poniendo de relieve las barreras que podía sufrir por su diferencia. Por otra parte, aquellos que en el Nuevo Testamento llevan al compañero sordo y mudo delante de Jesucristo para que éste obre el milagro de que sean “abiertas sus orejas y desatada la ligadura de su lengua” (Mc VIII, 32-35) no buscan, dotándole de la palabra, más que su inclusión en la sociedad.

Para autoridades como Aristóteles o Hipócrates, el sordo ―al no disponer de habla― no podía razonar ni discurrir, ni tenía la capacidad de aprender. La palabra era un símbolo racional, y era audible, por lo que se podía llegar a afirmar, por ejemplo, que “los ciegos eran más inteligentes que los sordos o los mudos” (Aristóteles, Del sentido y lo sensible y de la memoria y el recuerdo). Durante siglos ideas como éstas se consideraron opiniones de autoridad y argumentos irrebatibles, y pasaron al pensamiento cristiano a través de autores como San Agustín, quien afirmaba que los sordos estaban excluidos de la salvación porque no oían ni pronunciaban la Palabra de Dios. Se apoyaba el de Hipona en San Pablo, que en su Epístola a los Romanos afirmaba: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Rom X, 17), por lo que ―según San Agustín― no pudiendo el sordo oír la Palabra de Dios, no podía acceder a la fe.

Sin embargo, la palabra que se siembra y que sembrándose produce fruto (Mc IV, 14 y 20) no tiene por qué ser necesariamente hablada o dicha, y así lo demuestra hoy la Iglesia dedicando parte de sus esfuerzos a la Pastoral de los sordos, sin dejar de lado la lengua propia de la comunidad sorda: la lengua de signos.

Con todo, este reconocimiento en todos los ámbitos ―y no únicamente en el eclesiástico― de la lengua de signos como una lengua natural, al mismo nivel que las lenguas orales, es muy reciente. Antes del siglo XX, la Palabra tenía un peso tan importante para la integración en la vida pública, que no tenerla suponía incluso carecer de ciertos derechos legales, como heredar de los padres, o hacer testamento (Alfonso X el Sabio, Las Siete Partidas).

De esta exclusión que suponía la carencia de palabra surgió el sistema de enseñanza de Fray Pedro Ponce de León (1508?-1584), considerado el primer educador de niños sordos. A pesar de que no se conserva ningún documento escrito de su labor, a excepción de un breve folio donde explica su sistema y su propuesta de alfabeto manual, este monje benedictino del monasterio burgalés de San Salvador de Oña enseñó a leer, hablar y escribir a niños sordos, recurriendo a uno de los primeros alfabetos dactilológicos, y ayudándose de algunos signos.

Para la historia de la comunidad sorda Fray Ponce de León es una de las figuras más decisivas en la progresiva integración del sordo en la sociedad, que parte de la idea de que, en efecto, el sordo podía comunicarse. Aunque pueda pasar desapercibida así ocurre con la discapacidad de la persona sorda una escultura en mármol blanco situada al final del Paseo San Juan de Barcelona (parecida a la que se encuentra en el Retiro de Madrid) homenajea al monje benedictino. Frente a ella se congregan cada año miembros de la comunidad sorda que recuerdan la importancia de Fray Ponce de León en los primeros pasos dados para la enseñanza de sordos. Reivindican también la del lingüista y logopeda Juan Pablo Bonet (1573-1633), autor del primer tratado (1620) para la enseñanza de sordos, fruto de sus investigaciones sobre la metodología más oportuna para enseñar al sordo a hablar. Se hace necesario subrayar esta idea; tanto para Fray Ponce de León como para Juan Pablo Bonet el objetivo ―aunque se recurriera al apoyo de un sistema gestual― era enseñar al sordo a hablar, y no a signar, ya que se consideraba la única manera de evitar su aislamiento y marginación social. Por tanto, el método que presenta la obra de Juan Pablo Bonet parte del rechazo a los signos y la confianza en la enseñanza oralista, opción que hay que contextualizar en una época en que el sordo, al no hablar, tiene menos derechos, y en que no se conciben las señas o gestos que utiliza como una lengua propia y natural. Sus aportaciones, pues, se integraban en la tradición oralista, y fueron las semillas para posteriores investigaciones en el ámbito de la enseñanza oralista para sordos.

Actualmente, después de siglos de tradición oralista en España, se tiende al bilingüismo; y el oralismo se concibe, por lo general, como un sistema de comunicación más para el sordo, que no excluye –o no tiene por qué excluir– la lengua de signos. Sin embargo, este logro llega después de haberse realizado una larga, accidentada, y a veces dolorosa, travesía. El cierto reconocimiento que vivió la lengua de signos en los siglos XVIII y XIX, sobre todo en países como Francia y Estados Unidos fue frenado duramente por las corrientes defensoras del oralismo que surgieron con fuerza y que se oponían a los métodos basados en la lengua de signos. Estas corrientes apostaban por el “desenmudecimiento” del sordo, al que debía dotársele de palabra y ayudarle, con todos los medios, a adquirir la lengua oral; solo así podría integrarse en la “normalidad”. Fue en este contexto en el que se celebró en 1880 el Congreso de Milán, convocado a nivel internacional para debatir qué método era más idóneo para la enseñanza de los sordos; se discutía, por tanto, la elección de la lengua oral o la lengua de signos en su educación. El Congreso, con alguna presión de la Iglesia debido a su fe en la palabra, fue constituido con un alto porcentaje de defensores del oralismo, y terminó contemplando en sus resoluciones incluso la oposición al bilingüismo, al considerar que “el signo mataba la palabra”. Así, mientras que en Estados Unidos optaban por el método mixto basándose en que la lengua gestual era la lengua natural de los sordos, en Europa empezaba una larga tradición oralista, que causó enorme daño a la identidad de la comunidad sorda y al uso de la lengua de signos.

Por ello, aunque quede aún un largo trayecto para alcanzar la total integración, hay que felicitarse por el hecho de que afortunadamente la situación es muy distinta en la actualidad. El año pasado, el 26 de mayo de 2010, se aprobaba la Ley de la lengua de signos catalana (en 2007 una ley de ámbito estatal reconocía todas las lenguas de signos de España); hace unas semanas (el 3 de marzo) el MNAC (Museo Nacional de Cataluña) se presentaba como el primer museo que ofrecía un servicio de signoguías en tres lenguas de signos diferentes (española, catalana e internacional), y el próximo julio se celebrará en Durban, Sudáfrica, el XVI Congreso Mundial de la Federación Mundial de Personas Sordas, donde podrán verse las manos de miles de sordos signando en las lenguas de todo el mundo.

En el seno de la Iglesia Católica se producen de igual modo acontecimientos que revelan la valoración y el respeto por la lengua de signos, que vienen a continuar su papel decisivo en la historia de la comunidad sorda, a través de la fundación de colegios de enseñanza específica para sordos (la Purísima en Barcelona, por ejemplo), o de las primeras asociaciones de sordos (como la fundación en 1941 de "Acción Católica Nacional de Sordomudos- Delegación de Cataluña", el actual CERECUSOR).

La crítica que podría despertar la apuesta inicial de la Iglesia por el método oralista, hay que verla situada en un contexto en que un lingüista tan celebrado como Ferdinand de Saussure afirmaba en los primeros años del siglo XX (Curso de lingüiística general) que los signos no constituían una lengua, sino un “sistema” situado en un nivel inferior a la lengua oral. En los últimos años del siglo XX la evolución es considerable, gracias a la continua reivindicación de la comunidad sorda. Hoy, cuando ya contamos con gramáticas de lenguas de signos, el Consejo Pontificio es capaz de ver la necesidad de organizar un Congreso de Pastoral, como el de junio del pasado año en Ciudad del Vaticano, dedicado a la figura de la persona sorda como “heraldo y testimonio del anuncio del Evangelio”, reconociendo con ello la amplitud del significado de la Palabra. Un Congreso que lejos de quedarse en la abstracción, se centraba, por el contrario, en la concreción de las herramientas necesarias para facilitar a la comunidad sorda el acceso a la práctica religiosa. La creación de soportes multimedia con adaptación a la lengua de signos, la formación de formadores o el servicio de intérpretes durante los oficios, estaban entre las conclusiones ejecutivasde este congreso; algo que pone de relieve el interés de la Iglesia por seguir integrando a la comunidad sorda. En este sentido, el portavoz del Vaticano, el padre Federico Lombardi, declaraba en 2009 que los múltiples congresos internacionales que se venían realizando en el Vaticano sobre la comunidad sorda servían para que la Iglesia “redescubriera la profundidad de la lengua de signos”.

Es solo un ejemplo de cómo la Iglesia va derribando poco a poco las barreras de comunicación que podrían impedir al sordo su acceso a la vida espiritual, muestra del compromiso de la Iglesia por la total integración del discapacitado. Al Estado, y a la sociedad en general, le toca seguir contribuyendo a derribar otras barreras “invisibles”, para hacer posible el acceso, sin discriminación, a otros ámbitos que se le cierran a la comunidad sorda, como la enseñanza superior, o la cultura (a fecha de hoy, solo cinco museos en toda España disponen de servicio de signoguías).

Y esto se consigue sobre todo demoliendo la gran barrera del desconocimiento. Como proponía el neurólogo Oliver Sacks, es oportuno cambiar de perspectiva, es decir, ver al sordo, no como a un enfermo al que necesitamos convertir en “normal”, sino como a una persona con unas características propias, con una lengua propia, natural y plena, pero que se enfrenta con una serie de barreras de comunicación en la sociedad que le impiden acceder a todas las parcelas de la vida.

No hagamos oídos sordos.

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