¿Puede el hombre por sí mismo ser bueno?

¿Puede el hombre nacer por sí mismo?

bondad

De lo menos no nace lo más. De lo no inteligente no puede proceder lo inteligente. De lo no bueno no puede surgir la bondad.

Uno de los escollos que induce a algunos a no creer en Dios es la existencia del mal. Así no pocas personas culpan a un Dios, en el que apenas creen, del mal que aparece en sus vidas. Y se plantean, por ejemplo: ¿cómo Dios permite el sufrimiento de los inocentes? Y se les escapa: “Si yo fuera Dios no permitiría esto” (y en este “esto” figurarían diversas catástrofes o males variados).

Sin darse cuenta de que así estas personas se considerarían a sí mismos más buenos que Dios.

Cuando, en realidad, así como nuestra inteligencia procede del ser inteligentísimo que es Dios, nuestra bondad también manaría del único bueno, de Dios. ¿Y no es evidente que es imposible que aquél de quien tiene su origen nuestra bondad, sea menos bueno que nosotros?

De modo que los males que tanto nos hacen sufrir tienen razón de bien. Como dice el refrán: “no hay mal que por bien no venga”.

Por otra parte, este misterio del mal queda iluminado en la Fe cristiana si consideramos que el máximo sufrimiento en la persona más inocente del mundo lo padeció por nosotros Nuestro Señor Jesucristo.

Hay por ahí filósofos que pretenden ser buenos por sí mismos, dando la espalda a Dios. ¿Han podido acaso nacer por sí mismos? ¿no han tenido necesidad de unos padres? Pues más difícil que el nacimiento físico es nacer a la bondad. Y todos necesitamos para ello del Padre de toda bondad; sin Dios no podemos alcanzar la bondad.

Pero es que además existe una bondad que está más allá de nuestras fuerzas y que incluso el más protervo se ve obligado a confesar que procede de Dios: ¿Cómo podemos orar por los propios verdugos como hicieron y hacen los mártires? ¿cómo podemos bendecir a quienes nos torturan? ¿cómo podemos amar de corazón a nuestros feroces enemigos?

Sólo la gracia de Dios puede concedernos este amor sublime que supera nuestra naturaleza.

Es evidente que la semilla de nuestra bondad la pone el Señor, pero nosotros la hemos de hacer germinar con nuestra colaboración. La bondad humana es una comunión entre la gracia que Dios concede a todos y nuestra libertad de elegir y obrar.

Mas la pretensión de ser buenos prescindiendo de Dios es un claro error, un imposible, una equivocación patente en la que sólo se puede caer por un uso errado de nuestra inteligencia o por un necio espíritu de soberbia.

Querer ser autosuficientes en este terreno, afirmar que nosotros solos con nuestra sola voluntad lograremos ser buenos es ya un atisbo de maldad: es dar la espalda a nuestro amante Padre celestial.

La dependencia de Dios no nos humilla, sino que nos enaltece: En efecto que el ser perfectísimo se abaje a nuestra poquedad es ser receptores de una atención inmerecida, es ser considerados hijos por el Padre de toda bondad.

Mas si borramos al Altísimo de nuestra mente y nuestro corazón, nos situamos en una orfandad infinita, en un vacío de gran miseria, en una imposibilidad de ser y más de ser buenos.

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