¡Qué duro es vivir en Cataluña!

Ni apagadas monumentales, ni caos de cercanías, ni los problemas del AVE, ni edificios destrozados por las obras del metro en el barrio barcelonés del…

Ni apagadas monumentales, ni caos de cercanías, ni los problemas del AVE, ni edificios destrozados por las obras del metro en el barrio barcelonés del Carmelo, ni el llamado catalán “emprenyat” o cabreado, ni los recargos en la gasolina para hacer frente a la deuda sanitaria, ni el déficit fiscal con el Estado, ni nada de nada de lo que en los últimos meses se iba publicitando como elementos inaguantables ha producido ningún efecto en los actuales gobernantes zapateriles.

El gran puñado de votos socialistas en las cuatro provincias catalanas, como nunca en la reciente historia democrática española, ha significado 25 diputados y 10 senadores. ¡Toma ya!

Debe ser cierto que la bipolarización de la campaña ha llevado a votar en contra del PP en Cataluña, en aplicación del lema “si tu no vas ellos vuelven”. Los que han ido han concentrado bastante su voto en el PSC, lo cual ha ido en detrimento de otros partidos de izquierda, como ERC o ICV-EUiA, cada vez más satelizados.

Por su parte, el PP aumenta algo en escaños, en el marco de una catástrofe electoral en Girona, y CiU se mantiene como puede, a la espera de verlas venir en el nuevo escenario.

No voy a comentar la impresión que me merecen las elecciones generales en su conjunto, sino solo en Cataluña, donde vivo y sufro las consecuencias del principio “cuanto peor mejor”.

Cuanto peor vaya todo, la desfachatez socialista saca de la manga el lema “que viene la derecha” y la ciudadanía fiel, a votar.

Me extraña que se pueda producir esta concentración del voto de forma tan brutal y descompensada. Ciertamente es el resultado legítimo y legal de las urnas, pero no acabo de entender cómo se pueden producir estas concentraciones de poder en manos de un solo partido.

Y me preocupa, porque Lord Acton en el siglo XIX afirmó que si “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Más modernamente, en las democracias que, como la española, han substituido la ideología por los lemas, el discurso ideológico por las píldoras conceptuales propias del “power point” o por las subvenciones para comprar al votante-súbdito, el peligro de estos resultados tan descompensados es que se pierda el sentido de la mesura, del equilibrio y del respeto al adversario, propios de la concepción democrática.

Este es uno de los problemas más graves que observo en la Cataluña actual: el predominio absoluto de los partidos de izquierda, y de una manera especial el PSC. La concepción de que se tiene y se puede todo es preocupante y discutiblemente democrática.

La consecuencia es que más que un partido se ha convertido en una gran empresa de colocación, que se alía con quien haga falta para mantenerse en el poder y no dejar que le echen. Se sostiene además la destrucción del adversario, vestido de eso que se llama para los iletrados “la derecha”. Ya no hay ideas, sólo márqueting electoral.

Frente al monstruo de la “derecha”, nos están vendiendo la idea de que en Cataluña gobiernan “las izquierdas” (al servicio del PSOE), por supuesto superiores moralmente porque defienden el “progresismo”.

Pero lo que importa es que en este momento esas “izquierdas progresistas” fagocitadas progresivamente por el socialismo de carnet, lo domina todo: gobiernan en el Estado, en la Generalitat, en las Diputaciones, en los grandes Ayuntamientos.

Esa voluntad de “catch all”, puede sucumbir ante una concepción totalitaria de la vida política, porque parece que le molesta el principio de separación de poderes y el equilibrio interinstitucional; pretende la destrucción existencial de la oposición, y le gustaría un escenario en el que todos los resortes de los poderes políticos y sociales estuviesen en sus manos.

La democracia es un estado de ánimo, en el que los políticos y los ciudadanos no están para ir unos contra otros como en un juego infantil, sino para construir un país.

A la sequedad de ideas imperantes para centrar los discursos políticos y los escenarios para la convivencia, le hemos de añadir la sequía del agua, auténtica emergencia, que aún dificultara más la vida agradable en Cataluña; el precio de los carburantes, con el gasóleo por las nubes; el empobrecimiento general de la clase media, por culpa de las dichosas hipotecas que van a convertir el sueño de la propiedad a largo plazo en una ruina en poco período de tiempo.

Mientras tanto, los gobernantes socialistas, izquierdistas y progresistas, optimistas primero, autocomplacidos después por el empacho de votos, me parecen demasiado interesados en la destrucción política de quien no tiene su mismo carnet de partido, antes que en la solución de los graves problemas económicos, pero también morales, del país.

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