¿Qué filosofía enseñamos?

Anda muy revuelto el tema educativo y no es un tema menor. A priori, da la impresión que no existen las mínimas condiciones para un diálogo honesto y …

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Anda muy revuelto el tema educativo y no es un tema menor. A priori, da la impresión que no existen las mínimas condiciones para un diálogo honesto y oportuno entre las distintas figuras implicadas. Demasiada presión, demasiados intereses en juego. Lo visceral enturbia cualquier posibilidad de diálogo y los prejuicios enmascaran la comprensión de la parte de verdad que hay en el otro.

En el fondo, uno tiene la impresión que el educando es el último eslabón de la cadena y que los intereses corporativos y el desgaste del enemigo político centran todo el debate. Y, sin embargo, lo que realmente debería preocuparnos es el desarrollo pleno e integral de las facultades del educando, su transformación en un digno ciudadano, apto y competente para desarrollar las tareas que la sociedad del futuro tendrá encomendadas para él. En este sentido, no sólo se debe garantizar la adquisición de conocimientos, de lenguajes y de habilidades sociales y comunicativas, sino también el arraigo de valores; sí, de valores éticos que estructuren su personalidad moral y le convierta en una persona con carácter, con criterio, con capacidad de deliberar y de discernir responsablemente.

Se debe garantizar un pacto global sobre la educación, para evitar que el sistema mute en función de los vientos políticos de turno. Nos jugamos mucho en ello, no sólo la credibilidad de nuestras instituciones educativas y de nuestro sistema, sino también nos jugamos el carácter y el fuste moral de las generaciones venideras. En este debate, que afecta a estructuras y actores muy distintos, también debe encontrarse la materia que se debe transmitir a los educandos y no deja de ser significativa el área de filosofía, puesto que ésta es un área específicamente dirigida a desarrollar la facultad de pensar, de criticar, de meditar y de desarrollar actitudes propias de las sociedad maduras; un área destinada a fortalecer los valores y principios de las comunidades abiertas y de los sistemas democráticos. Y, sin embargo, el panorama de esta área es muy desolador.

Sólo un dato para tomar conciencia del asunto. En las pruebas de acceso a la universidad, la denominada selectividad (puro eufemismo, desde luego), los filósofos occidentales que se deben estudiar son cinco (sólo cinco) y además el estudiante tiene derecho a elegir entre dos opciones, lo que significa que, en términos reales y, por aquella ley del mínimo esfuerzo (que es universal e inquebrantable) sólo estudia cuatro. El profesor que presenta esforzadamente otros autores a lo largo del curso sabe que sus disertaciones caen en saco roto, porque por la tesis utilitarista, el estudiante aprende únicamente lo que se exige para aprobar.

Esta reducción de la riqueza filosófica de nuestra tradición occidental ya es algo que, de por sí, asusta, pero, además es muy discutible la selección de autores que supuestamente representan el conjunto de la rica tradición filosófica occidental. Los autores que en este curso académico entran en el examen de selectividad son Platón, Descartes, Hume, Stuart Mill y Nietzsche. Es evidente que no se puede presentar dignamente todos los autores y corrientes filosóficas que la tradición occidental ha generado desde los presocráticos hasta el pensamiento deconstructivista de Jacques Derrida, pero la reducción a cuatro me parece, simplemente, un insulto a la inteligencia, la metamorfosis de una materia rica y bella, esencial para comprender la identidad de Occidente, en una pura caricatura o cómic de entretenimiento. La mayor parte de los autores fundamentales de nuestra cultura serán totalmente ignorados. Nuestros estudiantes pueden llegar a la universidad y, de hecho, así acceden a ella, sin haber leído la Ética a Nicómaco, las Carta a Lucilio de Séneca, Las confesiones de san Agustín, los Prolegómenos de Kant o, pongamos por caso, el Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx y Friederich Engels. Difícilmente hallaríamos una situación similar en Francia, Alemania o Inglaterra. Entre los autores elegidos para las pruebas de selectividad sólo hay un filósofo cristiano, René Descartes y, como es natural, no existe ninguna referencia a algún autor de nuestro entorno cultural y geográfico, ni siquiera una alusión a Ramon Llull, a Quevedo o a Unamuno. Como decía Martín Heidegger siguiendo a Friederich Hölderlin, el desierto crece, pero, con él, también la ignorancia.

No deja de ser curioso que durante los años de la administración Pujol, los estudiantes preuniversitarios tenían la obligación de estudiar, entre otros, a Karl Marx, mientras que en el período del supuesto gobierno progresista y catalanista, los estudiantes pueden llegar a la universidad sin haber leído ni siquiera una línea de Marx, Engels, Lenin o Bloch o Althusser. Stuart Mill, en cambio, padre del utilitarismo contemporáneo, se convierte en un autor estrella, forma parte del panteón de los elegidos para la memoria. Paradojas de la vida que sólo ponen de manifiesto el mísero estado del área de filosofía en nuestro así denominado bachillerato.

Se debería pactar una lista de los libros y los autores esenciales, más allá de las creencias, las opciones políticas, las filias o las fobias. Se debería exigir el conocimiento de los filósofos que, para bien o para mal, han forjado nuestra civilización y han generado sistemas de ideas que han determinado el rumbo de nuestra historia y la raíz de los valores que nos rigen.

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