¿Qué le pasa a España con la Religión?

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La reciente encuesta hecha pública por la Fundación BBVA, ‘Estudio Internacional de Cultura Científica’, pone de relieve una vez más el interrogante español sobre su conciencia acerca de la realidad de las cosas y su perspectiva del hecho religioso.

En esta encuesta se valora, por ejemplo, la contribución de las profesiones al bienestar y al avance social. En una valoración de 1 a 10 aparecen en la banda alta de la calificación en primer lugar los médicos y los maestros, seguidos de científicos e ingenieros. En la banda baja se sitúan con un claro suspenso los políticos (3,9) y a continuación los religiosos (4,3). Filósofos y periodistas ocupan el siguiente lugar, prácticamente empatados con los empresarios, con cifras que oscilan entre el 6 y el 6,3.

Esta composición de lugar, que según la Fundación BBVA tiene la sociedad española, ofrece muchas dudas pero también obliga a efectuarse determinadas preguntas al mundo católico. Las dudas se relacionan evidentemente con algunas valoraciones. Una de ellas es la de los maestros. Qué duda cabe que es una profesión magnífica y destacable por su servicio a los demás. Pero es que, objetivamente, esto se puede decir de los hombres y mujeres que comprometen su vida con la religión entregándose también a los demás plenamente. Un sacerdote, en tiempo real, lo dedica prácticamente casi todo a los demás, y no sólo en atenciones de orden religioso, espiritual o ético sino también y cada vez más por desgracia, a causa de la crisis, a cuestiones de índole material a los más necesitados. Los monasterios, las cáritas parroquiales, son testimonio de todo ello. Y de esto se obtiene un resultado.

En el caso de los maestros, se da una valoración muy alta de los mismos y al mismo tiempo la anomalía española; es decir, por un lado, unas cifras espeluznantes en cuanto a resultados y, por otro, el hecho de que lo que se obtiene está muy por debajo de lo que sería comparativamente esperable obtener a partir de los recursos económicos que se aplican. Esto me produce una cierta perplejidad, porque significa que, o bien la sociedad española no tiene conciencia de lo que le sucede en el ámbito educativo, o bien considera que el maestro no tiene ninguna responsabilidad en ello y por consiguiente todo es culpa de los propios padres en primer término, como primeros educadores que son, y del conjunto de la sociedad, es decir de los medios de comunicación, de la legislación, etc. Pero, parece difícil concebir que el problema esté solo ahí y que los maestros no tengan ningún tipo de responsabilidad. El sistema de salud español es muy bueno y los resultados se manifiestan de forma medible, objetivable, pero, ¿los médicos tendrían tan buena valoración si esto fuera un desastre y nuestros resultados fueran la mitad de buenos o el doble de malos que los europeos?

Por otra parte, también es constatable la baja consideración que tienen los empresarios. Aprueban, pero con un 6,3, un poco menos que los ecologistas o artistas, que alcanzan un 6,4. Esto puede explicar en parte la falta de capacidad de respuesta económica que tiene España, por la escasa valoración que registra el espíritu emprendedor. Deberíamos tener claro que sin empresarios no hay desarrollo económico o al menos no hay crecimiento. Esto es una evidencia.

Los científicos alcanzan una alta valoración, junto con los ingenieros. Son ambas actividades claramente técnicas, y en el caso de los científicos estoy convencido de que juegan mucho las desmesuradas y continuadas expectativas que los medios de comunicación, las empresas y los propios investigadores abren sobre sus tareas iniciales. Los periódicos siempre van llenos de anuncios de nuevos intentos, pero nunca se informa de los fracasos. Es una forma de presentar la realidad que la falsea, porque se trata de que tengamos una conciencia de la verdad y no un mundo de color rosa. Claro que la ciencia comporta avances, pero también conlleva fracasos. Los científicos no son distintos a los demás profesionales, buscan la forma de poder llevar a cabo sus proyectos y poseen los mismos valores y principios éticos que el conjunto de la sociedad que los acoge. Pero lo más sorprendente de todo es que esta valoración de los científicos va acompañada de una alta asignación a la ciencia, mucho más que en el resto de Europa y Estados Unidos. Y aquí se produce otra paradoja: no deja de ser extraño que un país que prácticamente no ha dado nóbeles científicos, tres contando que dos estaban nacionalizados americanos, por lo tanto uno en términos propios y de eso hace muchísimos años, que solamente tiene una universidad entre las 200 mejores del mundo, que su nivel de patentes es bajísimo, es decir un país con unos resultados científicos comparados con el conjunto de Europa y Estados Unidos muy mediocres, se muestre al mismo tiempo tan exultante con la ciencia. Todo esto no encaja. Mi opinión es que la sociedad española tiene profundos problemas para interpretar la realidad tal como es.

Naturalmente, esto no exime de la segunda cuestión. Las distintas apreciaciones que aparecen en la encuesta sobre valoración de aspectos relacionados con la religión y las personas religiosas obligan a una profunda reflexión por parte de la Iglesia española. Los datos que muestran la caída de matrimonios católicos, la pérdida de práctica religiosa, en fin una larga serie de indicadores, son coherentes con aquella valoración. Hay algo que no funciona, de una manera profunda, y que choca por ejemplo con la situación que se puede dar en la valoración de países como Portugal o como Italia. Si esto no se aborda bien, con un profundo sentido de la propia responsabilidad, y al mismo tiempo de una manera equilibrada, es decir asumiendo que no todos los males que se nos asignan son ciertos, sino que en parte, pero solo en parte, son fruto de la alienación de una buena porción de la sociedad española, no estaremos cumpliendo con nuestro papel de ser luz y de ser sal en este mundo.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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