“Qué los hombres buenos no hagan nada…”

La cita es de Burke “lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Es bien cierto, y la situación español…

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La cita es de Burke “lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Es bien cierto, y la situación española constituye un claro reflejo de todo esto, empezando por la inmensa mayoría de los cristianos.

En España se dan clamorosas situaciones de injusticia, que constituye en no dar a cada cual lo que le corresponde. Unas son injusticias por ley, del propio sistema. Otras, son claras vulneraciones, fraudes, de la legislación. Es el caso del aborto.

No es ni tan siquiera un secreto a voces sino un escándalo notorio que la legislación española en materia de aborto es sistemáticamente vulnerada.

Como es sabido constituye un delito que forma parte del Código Penal y que solo están exceptuados tres casos muy concretos y tipificados. En principio es una ley rigurosa. Tan rigurosa que Portugal hizo hace muy poco un referéndum para establecer una nueva ley sobre el aborto, argumentando que muy pocas mujeres podían acceder a él.

¿Y cuál era la legislación portuguesa? Literalmente, palabra por palabra, idéntica a la española.

¿Dónde radica la diferencia? Pues que en Portugal, como en el resto de Europa, todos, autoridades, médicos, instituciones, la justicia, los medios de comunicación, se toman la ley en serio. En España, no.

Una extraña cultura y unos considerables intereses económicos, han fabricado un monstruo que considera que el aborto es una enseña de libertad, cuando es un daño exterminador para el hijo no nacido y que afecta a la propia mujer en la mayoría de ocasiones y de maneras muy trágicas.

Se trata de otro silencio clamoroso, el del trauma post-aborto celosamente censurado para evitar que las jóvenes sepan que muy posiblemente van a soñar durante años con el hijo de sus entrañas que no llegó a nacer.

Todo esto explica que España se haya convertido en uno de los centros internacionales,-no hay ninguno más en Europa- dedicados a lo que se llama, el aborto de alto riesgo. En el que son eliminados seres humanos no nacidos de seis, siete y hasta ocho meses. Y esto sucede desde hace años.

Ahora una serie de hechos encadenados, que comenzaron con la querella de E-Cristians, y que han enlazado a continuación con dos testimonios básicos, una acción rigurosa de la juez y la fiscal, y una intervención de extraordinaria profesionalidad de la Guardia Civil, han llevado a asestar un golpe extraordinario. Posiblemente el más importante desde que el aborto está legalizado.

Todo esto es un resultado concreto. Se podrían obtener muchos más, sencillamente con que los buenos no dimitieran de su responsabilidad allí donde estén. A partir de lo que ahora ha sucedido, que constituye un escándalo europeo que debería cuestionar muchas consciencias, debe abrirse un periodo donde los hombres y las mujeres de bondad actúen. Con valor, inteligencia y razón. Porque han visto que otra gente, actuando de la misma manera abre puertas, y abate serpientes.

Los políticos deberían desarrollar las medidas normativas que acaben con el escándalo del descontrol que hace posible este gran negocio.

Los jueces y fiscales deberían poner fin al criterio de que existan delitos tabú. Los medios de comunicación deberían entender que propagar determinada cultura tiene consecuencias funestas.

Trivializar el aborto, las relaciones sexuales, acaba en que la vida de un nonato de ocho meses no valga nada. Y todos aquellos que no tenemos esas funciones específicas, usted, yo, deberíamos apuntarnos.

Apuntarnos, para actuar conjuntamente no sólo ante este hecho, sino ante todas las injusticias clamorosas que siguen en pie, porque juntos podemos derribarlas.

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