¿Qué proyecto para España?

Hay otra lectura del conflicto de Cataluña que nos sitúa en la verdadera raíz del problema. La insuficiencia del proyecto que el …

Hay otra lectura del conflicto de Cataluña que nos sitúa en la verdadera raíz del problema. La insuficiencia del proyecto que el actual Estado, expresión más o menos fiel y reduccionista de la sociedad, y sobre todo de sus elites, tiene para esa realidad actual e histórica, esa sociedad política, por utilizar un concepto de Maritain, que se llama España. Solo si se entiende que el Estado surge de una sociedad que es capaz de configurarlo, y que nace y se desarrolla con unos fines que crean expectativas y esperanzas, pueden abordarse el tipo de problemas que aquejan a España, que no es solo el catalán, sino el hundimiento del bipartidismo, y la crisis de prácticamente todas sus instituciones, con la sintomática excepción del Ejército, la Policía y la Guardia Civil. Ni tan siquiera la Iglesia -oportunidad perdida pero no irrecuperable- es capaz de situarse fuera de esta deslegitimación institucional.

La crisis social, los agujeros del Estado del Bienestar y de las pensiones, forman parte de esta ausencia de proyecto. El Gobierno, que exhibe para lo que le conviene un legalismo sin proyecto, y para lo que no una falta de credibilidad perfecta, ante sus propios compromisos, y el PSOE con su “federalismo” indefinido y fantasmal que no sabe concretar, van a la par en la incapacidad para definir una ilusión colectiva.

Esa es la cuestión, la ausencia de ilusión en el vivir juntos. La historia pasada es un sólido argumento, pero, ni es suficiente, ni está libre de lecturas contrapuestas, y no solo las que se hacen desde Cataluña, basta observar la enconada interpretación que persiste sobre la Guerra Civil, que llega a asignar descendientes políticos de aquellos dos bandos. Y eso es precisamente lo que aporta la idea de independencia, ilusión, la que le permite convocar a tanta gente en la calle año tras año, la ilusión en un proyecto nuevo, un Estado nuevo. No nos referimos a las dificultades y daños que puede entrañar, sino a la sensación que han conseguido desencadenar, y no solo por la fuerza de la idea, sino porque en el otro lado, en el de la unidad española, no hay nada, o casi nada que contraponer, mas allá de un discurso gastado. Si en España hay desafección con el sistema, véase la ola sobre la que navega Podemos, a pesar de su simplismo populista -y que por cierto se mantiene de perfil en el tema de Cataluña-, como no va a haberla en Cataluña que tiene un aglutinante primigenio en el sentido diferencial de su especificidad cultural e histórica.

Cualquier persona sensata que acudiera a la concentración del 12 de octubre en la Plaza de Cataluña de Barcelona podía salir tranquila y contenta después de ver que el esfuerzo de tantos apenas sí congregó más gente que el año pasado, unos 38.000 según la Guardia Urbana, la única instancia que dio cifras. Para entender la realidad sugerimos este ejercicio. En un plano de Barcelona envuelvan en un círculo la plaza de Cataluña; y a continuación llenen de extremo a extremo la Diagonal y la Gran Vía, la “V” del 11 de septiembre pasado. Esa imagen señala la situación.

Se trata de una situación que tiene todos los números para enquistarse, lo que no contribuirá precisamente a la estabilidad. La única respuesta posible es el diálogo positivo y la voluntad e ilusión de aprovechar la adversidad para construir mejor, de ver la crisis como una oportunidad y no como una pesada carga, y de abordar la realidad con la ilusión de transformarla a mejor para todos.

En el actual contexto, el diálogo político es inexistente y sus limitaciones son evidentes, pero sí es posible en otros ámbitos, como en el cultural, reemprendiendo una tradición perdida de un montón de años, ya de antes de la Guerra Civil, donde gentes del pensamiento y la cultura se encontraban para dialogar sobre España y sobre Cataluña, y claro está sobre el modelo de sociedad.

La Iglesia puede contribuir en mucho porque hasta ahora ha sabido sustraerse del enconamiento y se mantiene como una de las pocas instituciones comunes que funcionan con normalidad en toda la sociedad, y eso hoy es mucho, porque parte de una base que en otros ámbitos debería construirse: dialogar, escuchar, proponer, pensar juntos. Esa es una gran oportunidad y un gran servicio.

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