¿Qué quieren decir con un estado más laico?

María Teresa Fernández, vicepresidenta del gobierno, ya ha informado de uno de los grandes propósitos de esta legislatura: avanzar en la laicidad del …

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María Teresa Fernández, vicepresidenta del gobierno, ya ha informado de uno de los grandes propósitos de esta legislatura: avanzar en la laicidad del Estado.

No deja de ser sorprendente que con la cantidad de cuestiones graves e irresueltas que tiene este país, uno de los ejes que nos anuncian sea precisamente éste.

No hablemos ya de la grave crisis económica. Pero recordemos al menos

– la quiebra anunciada del sistema público de pensiones,
– la infrafinanciación de la sanidad pública,
– el desastre escolar enquistado en un 30% de fracaso, el colapso judicial,
– el incumplimiento escandaloso de la Ley de Dependencia,
– la práctica desaparición de nuestra presencia en el ámbito internacional, al menos en consonancia con el peso de nuestra economía,

por citar solo unas cuantas cuestiones nada menores.

Porque lo más interesante del caso es que España constitucional y legalmente no tiene un estatus excepcional desde el punto de vista de la aconfesionalidad del Estado.

Su Constitución y sus leyes corresponden a lo que es común en Europa, digamos la media, y aún, en la banda baja.

Por ejemplo a diferencia de otros países perfectamente demócratas, caso alemán, no hay ninguna referencia a Dios en la Constitución.

Tampoco existe una iglesia de estado como en los países nórdicos y Reino Unido, ni se da impedimentos para que una persona no pueda casarse con alguien de la realeza en razón de la religión, como en el caso británico.

Evidentemente hace muchos años que dejamos de ser un país confesional como continúan siéndolo Dinamarca y Grecia, que por cierto no funcionan nada mal especialmente el primero.

En toda Europa, la clase de religión en la escuela es una práctica habitual. Sólo un país, Francia, tiene una herencia de laicismo acusado pero que se remonta a una ley de 1905, que el actual presidente ya valoró muy críticamente.

Pero incluso en la muy laica República francesa el Parlamento cuenta con capellán y capilla, cosa difícil de encontrar en el Congreso y el Senado de España.

También resulta cuanto menos sorprendente que uno de los argumentos que utilice la vicepresidenta Fernández, seguramente por inspiración del presidente Rodríguez, sea la de establecimiento de garantías para la libertad de conciencia.

La sorpresa nace por el comportamiento tan irrespetuoso con la libertad de conciencia que tiene el gobierno cuando los padres en plenitud de su derecho se dedican a objetar porque no quieren que el Estado les eduque moralmente a sus hijos, como pretende con la asignatura de EpC.

Quizás ahora la Sra. Fernández y el Sr. Rodríguez, aprovecharán la ley para replantear el tema y validar esta objeción, porque de lo contrario no se entiende bien qué quieren hacer con ello.

Quizás les ha pasado por la cabeza inventariar a los médicos que objeten en materia de aborto en los hospitales públicos, más que nada por aquello de “me he quedado con tu cara y sé donde vives”.

Todo esto tiene un cierto tufillo a táctica de vuelo gallináceo. Como la crisis va a repartir más palos que a una estera en la cara del vicepresidente Solbes y la espalda del presidente Rodríguez, consideran que moviendo el muñequito religioso nos van a distraer la atención y van a conseguir hacer pasar como de izquierdas las brutales medidas que están preparando para apalancar a la banca y a los grandes grupos inmobiliarios, que por eso ha ido de presidente de su lobby David Taguas, el hasta ahora, consejero áulico en materia de economía del presidente del gobierno.

Hay que estar atentos a esta legislación sobre la laicidad, obvio es, pero sería un error que siguiéramos sólo esta pista, que puede ser falsa, y nos olvidáramos como cristianos de situar en el primer plano de nuestra atención la responsabilidades de esta crisis económica, el engaño que con la información sobre la misma se ha practicado y se somete a los ciudadanos, por lo que se refiere a su alcance, prestando una especial atención a las medidas que, en parte por encima y en parte por debajo de la mesa, se querrán arbitrar para proteger a los de siempre, es decir quienes han sabido aplicar aquello que decía el presidente de uno de los grandes bancos españoles: “durante estos años quien no se ha hecho rico es que es tonto”.

Nuestra respuesta ha de nacer desde la justicia social, por una parte, de la libertad contra la tentación totalitaria del estado, por otra; al tiempo que se muestra lo mucho y bueno que la Iglesia aporta a esta sociedad.

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