¿Quieres ser feliz?

“Las almas son infelices sólo porque se apartan de Dios. El gran deseo de mi Padre y el mío sería ver a todas las almas fel…

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“Las almas son infelices sólo porque se apartan de Dios. El gran deseo de mi Padre y el mío sería ver a todas las almas felices, aun en la tierra. Cuando nuestra justicia aflige o castiga, siempre es por amor y siempre para acercar las almas a Dios, su soberano Bien. ¡Ah querida esposa mía!, trabaja conmigo para hacer felices a las almas” (comunicación del Señor a la mística canadiense Dina Bélanger, ya elevada a los altares, y que vivió a principios del siglo XX: “La Madre María de Sta. Cecilia”, págs. 375-376).

Sólo en Dios está la verdadera felicidad que no defrauda, que no pasa. Cuando Dios nos atrae a Sí no lo hace para aumentar su propia felicidad, que ya es infinita, como un océano sin riberas, sino nuestra felicidad verdadera que sólo se haya en Él mismo, Bien sumo y perfecto.

Tenemos tendencia, herencia de nuestra naturaleza caída, a poner erróneamente nuestra felicidad en bienes que hoy existen y mañana no. Pero nuestro corazón queda vacío. Y si persistimos en buscar el agua en cisternas agrietadas, cada vez necesitamos más dinero, o más placer, o más poder, o cualquiera de esos bienes engañosos. Como el drogadicto que precisa cada vez una mayor dosis, nos hacemos esclavos de bienes aparentes y descuidamos la satisfacción de nuestro corazón y de nuestra alma, que si exige un esfuerzo, es un esfuerzo coronado por la felicidad plena.

Cuando Dios aflige y castiga lo hace siempre por amor, para acercarnos a Él, único Bien verdadero. Un buen padre corrige a sus hijos, precisamente porque los ama. Permitir todo a un niño es un falso amor que da como resultado un niño sin firmeza que se doblegará a cualquier ligera brisa. En el fondo el padre que le consiente todo no ama a su hijo, sino que se deja llevar por lo que le es, egoístamente, más cómodo.

Dios, que nos ama con amor purísimo, sin ninguna mezcla de egoísmo, nos da una corrección, o, a primera vista, un castigo, proporcional a lo que quiere que enmendemos o corrijamos. Y siempre lo hace por amor. Lo más doloroso, permitido por Dios, está orientado a llevarnos a Él, a nuestra felicidad eterna y aun temporal. Así al buen ladrón el dolor atroz de la cruz se le cambió en moneda del Paraíso. Depende de nuestra confianza y fe en el Señor y de nuestro pesar de haberle olvidado y ofendido, que todos los males se nos conviertan en bienes.

Por otra parte ¿acaso Dios no quiere que seamos felices en esta tierra?: contesta así la voz del Señor, según Dina Bélanger: “El gran deseo de mi Padre y mío sería ver a todas las almas felices, aun en la tierra.” Y acaba: “¡Ah querida esposa mía!, trabaja conmigo para hacer felices a las almas”.

Hay gente antirreligiosa que reprocha a las personas con fe el impedir la felicidad: Estos son ciegos que guían a otros ciegos. Y que ponen la felicidad en cosas baladíes, engañosas, endebles y caducas.

Cuando el hombre, o la mujer, ponen su felicidad en apartarse de Dios, se encaminan al vacío, a la oscuridad y a la desesperación. En cambio el esfuerzo por buscar, amar y seguir a Dios se ve recompensado ya en esta vida por una felicidad que es increíble para los que se dejan engatusar por este mundo falaz.

¿Cómo se entiende, si no, que muchos mártires cristianos arrostraran su muerte cruel cantando? E incluso los dolores de esta vida pueden ir de la mano de un gozo profundo de nuestro espíritu despierto. Dice así otro fragmento de la misma mística: “Dios quiere que en la misma tierra sean las almas felices en el sufrimiento por el amor divino” (Pág. 376).

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