¿Raciones de morbo?

El mal no hace bien, obviamente

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El mal no hace bien, obviamente.

Pero no es tan obvio que tampoco hace bien el hecho de prestarle demasiada atención. No es bueno poner el foco en el mal y a mí me parece que padecemos, en general, de un excesivo centramiento en las cosas reprobables: en el exabrupto, en el error, en el crimen, en el abuso… Aconseja San Pablo “examinarlo todo”, y conviene hacerlo, pero “para quedarnos con lo bueno” (1ª Tes 5, 21), es decir, para señalar la luz y poder ofrecerla, no para darle vueltas y más vueltas a las sombras. Estar pendiente de cuanto se mueve a nuestro alrededor para fijar la atención en las zonas podridas de la realidad y recrearse en ellas no son dos cosas distintas, sino dos momentos de un mismo hecho: la atracción por lo insano. Pues bien, esto es el morbo. Véase como lo define Diccionario de la Lengua de la Real Academia en sus tres acepciones. Morbo: 1. Enfermedad. 2. Interés malsano por personas o cosas. 3. Atracción hacia acontecimientos desagradables.

Con harta frecuencia tiene uno la sospecha de que nuestros receptores están más afinados para fijarse en los desconchones de la realidad y en sus máculas que en sus partes sanas; cualquiera diría que tenemos ojos solo para ver defectos. Si nuestros ojos estuvieran más sanos, no sufriríamos las oleadas de fake news (noticias falsas) que sufrimos, las cuales, por variopintas que sean en sus contenidos, compartenn todas el rasgo común de ser noticias maliciosas.

La denuncia del mal es, en principio, obligación moral de todo hombre -con excepciones- y forma parte de la misión profética de todo cristiano, pero la mera denuncia del error, de la mentira, del fraude, del delito, etc., tiene escaso valor constructivo y acarrea un sinfín de consecuencias desagradables y con frecuencia dañosas. No me refiero a la denuncia administrativa o judicial ante las autoridades correspondientes, sino a la denuncia genérica, la denuncia o la queja en los medios de comunicación, en las redes sociales, en la tertulia pública o privada. ¡Cuántas conversaciones en torno a quejas (propias) y defectos (ajenos)! ¡Cuánto mejor olerían nuestros ambientes si en lugar de hablar del mal ofreciéramos con nuestras palabras algo provechoso! Porque saber dónde está el mal para no caer en él está muy bien, pero ayuda más saber dónde está el bien para disfrutar de él y vivir con alegría. Valga un ejemplo bien simple. Si es la hora del almuerzo y buscamos un lugar para comer, es muy conveniente saber cuáles son los malos restaurantes para no entrar en ellos, pero si no pasáramos de ahí, nos quedaríamos sin comer; hace falta además conocer algunos que sean fiables. Pues bien, yo tengo por seguro que en demasiadas ocasiones no pasamos de señalar el mal. Y esto tiene sus consecuencias y sus riesgos. Acerca de estas consecuencias me gustaría ofrecer unos cuantos puntos de reflexión.

El primero tiene que ver con la mirada y el hábito de mirar. Quien dedique sus esfuerzos a fijarse en el mal siempre tendrá sus ojos puestos en él. Como, por otra parte, para encontrar el mal no hay que rebuscar mucho porque en nuestra sociedad el mal campa a sus anchas por todas partes, es más que probab le que al denunciante no le queden tiempo ni fuerzas para ver otra cosa que motivos de queja. Que hay muchas cosas que están mal es evidente, que hay que decirlas, también, pero a mí me da mucho miedo de que mis ojos se habitúen al mal y no vean otra cosa.

Amigo lector, por si acaso te cabe la sospecha de que puedo pecar de ingenuidad, me quiero adelantar a esa posible sospecha. Me podrás decir que las cosas son como son y que el mal tiene una presencia no solo evidente, sino notable, es decir, no solamente está a la vista, sino que se nota mucho. Cierto. Tan cierto me parece que yo no haría una apuesta desmintiendo tu afirmación. Las cosas son como son y a ver quién se atreve a decir lo contrario. No es mi intención relativizar los asuntos importantes, ni quitar hierro de los montones de ferralla. Pero el mal, por muy intenso y extenso que se presente a nuestros ojos, ni tiene la primera palabra sobre la realidad ni la última tampoco. Las cosas son como son, claro, pero ni tú ni yo, ni nadie, las conocemos en su totalidad. Las cosas son como Dios las ve, no como las vemos nosotros. Me basta con un argumento de autoridad tomado de San Agustín. En esa joya de la espiritualidad católica (joya literaria, religiosa y filosófica) que son Las Confesiones, dice el gran santo de Hipona: “Vemos las cosas porque son, pero son porque tú las ves” (13, 38). Pienso que no hacemos traición al pensamiento de San Agustín si entendemos que dentro del “porque” causal hay encerrado un “como” modal implícito. Si ese “como” lo hiciéramos explícito, la frase quedaría así: “Vemos las cosas porque son, pero son porque y como tú las ves”. Creo honradamente que esta licencia no desvirtúa ni en mucho ni en poco el significado de la idea de San Agustín. A fin de cuentas, aunque San Agustín no lo hubiera dicho nunca, las cosas son porque Dios las ve y son como Dios las ve. No son en absoluto porque las veamos tú o yo (pues ni tú ni yo creamos la realidad al verla), ni son del todo como las vemos nosotros.

El conocimiento de la realidad, y más en concreto en sus aspectos de bien y mal, en su totalidad, es algo que en propiedad solo pertenece al Creador. Ese conocimiento es el fruto de un árbol que al hombre se le prohibió comer, tras ser creado por Dios a su imagen y semejanza. En este terreno no nos corresponde a nosotros saber sino lo que Dios ha querido revelarnos e ir enseñándonos, y la primera enseñanza es que el árbol no es el árbol del mal, sino del bien y del mal. ¿Esto es cerrar los ojos a la realidad o abrir las puertas al relativismo? No, redondamente no; esto es ponernos en guardia contra la tendencia prevalente hacia el mal, la que hace ver el mal en primer lugar, y muchas veces solamente el mal. Y es ponernos en guardia también contra quienes se dedican a descubrirlo, se ceban en darle vueltas y lo expanden a troche y moche, pensando, en el mejor de los casos, que hacen un gran favor al resto de los mortales.

Por supuesto que hay que denunciar el mal, por supuesto que hay que combatirlo dándolo a conocer, pero para esa tarea se necesita mucho tacto acompañado de todo un cortejo de virtudes, particularmente la de la prudencia. ¿Quién y dónde ha dicho que la denuncia del mal es un absoluto que hay que sacar adelante siempre? ¿Quién tiene autoridad suficiente para decir que la denuncia no debe conocer límites? Porque una cosa es prevenir males mayores, sanear los ambientes, luchar por el bien, etc., que son todos motivos muy nobles, y otra es tener atiborrado permanentemente el pesebre de la carnaza, sin dar treguas para que mengüe. Hasta tal punto hay consumidores suficientes de raciones de morbo que los creadores de las fake news saben que tienen la clientela asegurada.

La difusión del mal hace mal aun en el mejor de los casos, que es cuando la denuncia acarrea bienes derivados de manera secundaria. La difusión del mal hace mal y quien no sale del círculo de la denuncia del mal, hace mal, se hace mal a sí mismo y hace mal a los demás porque contribuye a su difusión. Esta difusión tiene varios efectos dañosos, pero hay al menos dos, a cual más nocivo, que merecen una consideración que en mi opinión no le concedemos. Uno es el riesgo de escándalo (y con frecuencia escándalo a ciencia cierta, sin que medie riesgo ni probabilidad) cuyo peligro moral está en la inducción a que otros repitan conductas similares a las que se airean. El otro es la autoexculpación. El centramiento en lo mal que hacen las cosas los demás es una estrategia perfecta para no atender a nuestras propias mellas, entre otras cosas porque no queda tiempo para el examen de sí mismo. Ni tiempo ni ganas, ya que la mirada en el espejo de nuestras sombras (que quizá sean de la misma naturaleza de las denunciadas) nos devuelve una imagen repelente de nosotros mismos, y eso es algo que a nadie le gusta.

¿Qué bien hace quien nos señala el mal una y otra vez sin más propósito que su propagación o la acusación permanente? ¿Qué bien recibe quien no nutre su alma sino de noticiarios y cotilleos, incluidos los espacios informativos que se suponen rigurosos? ¿Qué son estos informativos sino una síntesis concentrada de hechos dolosos, suavizada con algunas dosis (muy pocas) de noticias más o menos inocuas? ¿De verdad necesitamos saber cuántas violaciones, asesinatos, estafas, fraudes y demás variantes de podredumbre se repiten entre nosotros? Para llevar una vida sana (sana en todos los órdenes), ¿nos hace falta saber qué barbaridad se le ha ocurrido a cualquier desalmado, sea en una minúscula aldea, sea en cualquiera de nuestras grandes ciudades?, ¿es tan importante estar al tanto de barrabasadas acaecidas a miles de kilómetros, en lugares a veces recónditos?

Al decir esto no se me despistan los derechos individuales respecto a la información.Ya sé que todos tenemos derecho a dar y recibir información y que es un derecho recogido en la Constitución y amparado por las leyes. Pero con mucha frecuencia da la impresión de que es un derecho que no conoce límites, y al mismo tiempo creo que confundimos el derecho con la obligación. Ya sé que hay quienes se dedican a dar información y tienen todo el derecho a hacerlo, pero ese derecho no genera ninguna obligación por la cual yo deba estar pendiente de qué se dice por todas partes. Fuera de estar informado de lo que se refiera al cumplimiento de mis deberes como ciudadano, todo lo demás es optativo, tengo derecho a ello, pero no obligación. Como tampoco existe la obligación de convertirnos en eslabones de ninguna cadena de trasmisión de lo dicho por otros, sean noticias de medios de comunicación establecidos, sean de ámbitos reducidos.

Escribo para cualquiera que tenga a bien leer lo escrito, pero pienso ahora sobre todo en mis correligionarios, en mis hermanos de fe católica. Desde esta perspectiva de fe conviene recordar que lo nuestro no es hablar mal sino bien. Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4, 29). Y no es acusar sino excusar. Acusar es oficio propio del jefe de los demonios, de quien la Sagrada Escritura habla con diversos nombres (Luzbel, Satanás, gran dragón, padre de la mentira, maligno, etc.). Pues bien, entre esos nombres (me arriesgo a pensar que bastante desconocido) está el de “acusador”, “el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche” (Ap 12, 10).

Quienes de entre nosotros hayan recibido el mandato de investigar en el mal y/o realizar tareas de acusación (por profesión, por ejemplo) no tendrán más remedio que cumplir con su cometido, pero les ha tocado un encargo desagradable para el cual les vendría bien vacunarse contra los patógenos propios de la morbosidad; quienes no estamos en ese caso, cuando nos dedicamos a propalar el mal o a metemos a acusadores, ¿nos damos cuenta de a quién hacemos el juego?

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