Raoul Auclair y la Europa imposible de las diez naciones

Hoy podríamos dibujar un mapa político de Europa formado por 45 estados distintos, pero esto tampoco nos daría una visión realista sobre las “naciones” que han construido la Europa que hoy conocemos

Si bien Luis Suárez, en su magnífico estudio sobre la historia europea, nos habla de La Europa de las cinco naciones (España, Francia, Inglaterra, Alemania e Italia), tomando el concepto de nación en su sentido más general y menos limitativo, y es indiscutible que esas cinco naciones y su interrelación a lo largo de los siglos forman el núcleo primordial de lo que hoy llamamos Europa, no deja tampoco de ser cierto que esa definición resulta en buena medida excluyente, y nos deja una cierta insatisfacción al contemplar un mapa de Europa y los grandes espacios vacíos que ese enfoque dibuja al Oriente y al Norte. No hay duda de que Escandinavia, los Balcanes y Rusia (al menos hasta los Urales) forman parte también de la historia de Europa, y resultaría incompleto todo discurso sobre Europa que no tuviera en cuenta esta realidad.

Hoy podríamos dibujar un mapa político de Europa formado por 45 estados distintos, pero esto tampoco nos daría una visión realista sobre las “naciones” que han construido la Europa que hoy conocemos. Cinco naciones son pocas para contemplar Europa en toda su riqueza histórica, y cuarenta y cinco son de todo punto excesivas, dejando a un lado el error que supondría identificar “estado” con “nación”. Se trata de encontrar un punto medio que suponga una aproximación lo más fiel posible a las naciones en que Europa puede ser dividida y contemplada con rigor histórico, teniendo en cuenta que, como afirma Raoul Auclair, el concepto de nación desborda al de estado, y debe entenderse como una entidad no necesariamente política, sino más bien ética y moral.

El propio Auclair (La fin des temps) nos hablaba en 1947 de diez pueblos y de diez naciones, diez pueblos que toman el relevo del Imperio romano tras su caída y diez naciones que esos pueblos van edificando a lo largo de siglos hasta determinar lo que llamamos Europa. Esos diez pueblos son:

  • Los Hérulos y los Lombardos en la península itálica
  • Los Francos y los Burgundios en la Galia
  • Los Visigodos en España y en Aquitania
  • Los Suevos y los Alamanes en Alemania
  • Los Sajones en Inglaterra
  • Los Ostrogodos más allá del Danubio
  • Los Vándalos, instalados finalmente en el litoral mediterráneo de África

La civilización que nacerá de esos diez pueblos sera “romana en sus estructuras civiles y cristiana en su fe” (op.cit.). Los europeos de hoy somos hijos de esos diez pueblos y de su fusión con los antiguos habitantes romanizados del espacio antes sometido al imperio. De esa interacción nacerán, con el tiempo, diez nuevas “naciones” (en el sentido definido por Auclair) que formarán Europa: Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Iberia, los Países Bajos, Escandinavia, la Europa Central, la Europa Balcánica y Rusia.

Ahora bien, siguiendo al mismo autor, ese número, diez, nos conduce directamente a una de las claves metahistóricas que conciernen a nuestro tiempo, suponiendo que asumamos, aunque sea a título de hipótesis, que bajo la historia subyace una metahistoria que la conduce hacia un fin superior a ella misma. En definitiva, esa noción teleológica de la historia está en el fundamento de las culturas judía y cristiana, y constituye lo esencial del relato bíblico, que está en la base de la cultura europea, por lo que no está fuera de lugar, aunque la cultura moderna no lo admita, remitirse a esa teleología.

Europa, lo queramos o no, está construida sobre un fundamento cristiano que une, consolida y da firmeza a las herencias griega, judía y romana que forman nuestra civilización, y Auclair acude a la Biblia para rastrear la implicación de esas diez naciones en el futuro de Europa, proponiéndonos una visión que no deja de ser inquietante, pero que tal vez explica nuestro presente y nos permite prever en alguna medida nuestro futuro. Por eso me ha parecido necesario hacer aquí una breve exposición de esa propuesta.

Auclair nos conduce a un episodio bíblico que, como todos, ha sido desgraciadamente demasiado olvidado: el sueño de Nabucodonosor y la profecía de Daniel. Recordemos la historia. Estamos en el segundo año del reinado de Nabucodonosor (602 a.C.). El rey ha tenido un sueño inquietante y, tras el fracaso de sus magos y astrólogos en darle una interpretación, Daniel, uno de los jóvenes judíos exiliados que el rey ha instalado en su corte, se ofrece para interpretarlo. Estas son las palabras de Daniel:

Estando tú, oh rey, en tu cama, tus pensamientos se agitaban por saber lo que había de suceder en el porvenir; y el que revela los misterios te ha hecho saber lo que ha de suceder.

En cuanto a mí, me ha sido revelado este misterio, no porque la sabiduría que hay en mí sea mayor que la de todos los vivientes, sino para que yo dé a conocer al rey la interpretación y para que entiendas los pensamientos de tu corazón.

Tú, oh rey, mirabas, y he aquí una gran estatua. Esta estatua, que era muy grande y cuyo brillo era extraordinario, estaba de pie delante de ti; y su aspecto era temible.

La cabeza de esta estatua era de oro fino; su pecho y sus brazos eran de plata; su vientre y sus muslos eran de bronce; sus piernas eran de hierro; y sus pies en parte eran de hierro y en parte de barro cocido.

Mientras mirabas, se desprendió una piedra, sin intervención de manos. Ella golpeó la estatua en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.

Entonces se desmenuzaron también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro; y se volvieron como el tamo de las eras en verano. El viento se los llevó, y nunca más fue hallado su lugar. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una gran montaña que llenó toda la tierra.

Este es el sueño. Y su interpretación también la diremos en presencia del rey:

Tú, oh rey, eres rey de reyes porque el Dios de los cielos te ha dado la realeza, el poder, la fuerza y la majestad.

Todo lugar donde habitan los hijos del hombre, los animales del campo y las aves del cielo, él los ha entregado en tus manos y te ha dado dominio sobre todos ellos. Tú eres aquella cabeza de oro.

Después de ti se levantará otro reino inferior al tuyo, y otro tercer reino de bronce, el cual dominará en toda la tierra.

El cuarto reino será fuerte como el hierro; y como el hierro todo lo desmenuza y pulveriza, y como el hierro despedaza, así desmenuzará y despedazará a todos éstos.

Lo que viste de los pies y de los dedos, que en parte eran de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, significa que ese reino estará dividido; pero en él habrá algo de la firmeza del hierro, tal como viste que el hierro estaba mezclado con el barro cocido.

Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, así el reino será en parte fuerte y en parte frágil.

En cuanto a lo que viste, que el hierro estaba mezclado con el barro cocido, se mezclarán por medio de alianzas humanas, pero no se pegarán el uno con el otro, así como el hierro no se mezcla con el barro.

Y en los días de esos reyes, el Dios de los cielos levantará un reino que jamás será destruido, ni será dejado a otro pueblo. Éste desmenuzará y acabará con todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre, del mismo modo que viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención de manos, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro cocido, la plata y el oro”.

La exégesis tradicional ha identificado las partes del coloso con cuatro periodos o imperios:

  • La Cabeza de oro, o la monarquía babilónica del segundo imperio de Asiria
  • El Pecho y los Brazos de plata, o el imperio de los Medo-Persas
  • El Vientre y los Muslos de bronce, o el imperio greco-macedónico
  • Las Piernas de hierro, o el Imperio romano

Esa exégesis ha defendido que, tras la caída del Imperio romano, el cristianismo es esa montaña que golpea y destruye al coloso y llena toda la tierra, por lo que, con el cristianismo extendido a todo el mundo, la profecía ha llegado ya a su fin.

Sorprendentemente, la exégesis olvida que, tras las piernas de hierro, la profecía menciona unos pies y –específicamente – unos dedos, mezcla de hierro y de barro de alfarero o arcilla, por lo que no es tan sencillo darla por concluida. Nos indica también que el hierro y la arcilla no pueden unirse, por lo que ese reino será frágil y estará dividido, “mezclado” por medio de alianzas pero no “pegado”, y que mientras esos pies subsistan, el coloso permanecerá en pie. Sólo cuando la piedra golpea y destruye los pies, el coloso se derrumba. Por eso es lícito preguntarse qué representan esos pies y dedos de hierro y arcilla, si el coloso sigue todavía en pie y qué debe producirse para que caiga finalmente y se cumpla en su totalidad la profecía.

Auclair defiende que no hay ningún motivo para considerar que el coloso ha sido destruido y la profecía ha llegado a su cumplimiento, puesto que, tras la caída del coloso, Daniel anuncia un reino levantado por Dios que “jamás será destruido”. En efecto, resulta muy difícil, por no decir imposible, considerar que nos encontramos ya en ese momento, en vista del estado más que lamentable en que se encuentra nuestro mundo. Por ello, si pretendemos que la profecía tenga algún sentido, es necesario encontrar otra interpretación a su final.

Auclair nos proporciona –tal vez – un argumento más convincente. Defiende que el hierro y la arcilla que forman los pies y los dedos de la estatua representan el cesarismo y el cristianismo, los dos polos opuestos entre los cuales se ha constituido Europa. El cesarismo es la herencia de la Roma pagana en nuestra sociedad, y el cristianismo es la exigencia del hombre espiritual que se levanta contra la materialidad de esa estructura. Es un mundo “sometido al mismo tiempo a César y a Dios” (op.cit.), contradicción que explica su fragilidad, y el autor nos advierte que “morirá víctima de esa fragilidad”.

Para Auclair, los dedos de los pies son esas diez naciones mencionadas más arriba, herederas de las piernas de hierro (el Imperio romano), que tienen por ello en su constitución ese mismo hierro, pero mezclado con la arcilla del cristianismo, irreconciliable con el hierro. “Ese ‘reino’, formado por los reinos cristianos, permanecerá dividido, puesto que su naturaleza comporta una insoluble contradicción” (op.cit.). Ese “reino” es nuestro tiempo, el Tiempo de las Naciones, el tiempo en que vivimos y que debe señalar el fin de esas mismas naciones y el nacimiento de un nuevo Reino “que jamás será destruido”. Pero el nacimiento de ese nuevo Reino supone –según la profecía – la destrucción previa del nuestro.

Según la interpretación de Auclair, las naciones de Europa en nuestro tiempo permanecerán divididas. “Por esfuerzos que hagan, no conseguirán ya unirse para convertirse en la unidad de un imperio” (op.cit.), y ello porque Dios dio su fallo terminante a través de la boca de Daniel. Por ello –y según esa interpretación – todos los esfuerzos de la Unión Europea para llegar a una verdadera unión resultarán infructuosos. Sus naciones se revolverán unas contra otras, primando sus intereses particulares, y el Reino “que jamás será destruido” no llegará sin que esas naciones se hayan precipitado en la caída del coloso.

Muchos han intentado a lo largo de la historia “soldar los trozos” de ese imperio nunca nacido (Carlomagno, Otón I, Carlos V, Napoleón, Hitler…) y ninguno lo ha conseguido. Por otra parte, tampoco parece que esté en camino de lograrlo este esfuerzo, aparentemente tan poco productivo, que llamamos Unión Europea. Podemos poner en duda la pertinencia de la tesis de Auclair; la mentalidad moderna nos lleva sin duda a descartarla, pero, ¿no es acaso perfectamente coherente con la historia de todos esos intentos fallidos y con nuestro presente más rabioso, con la división sobre las políticas de inmigración, con el “Brexit”, con la homogeneización financiera y fiscal siempre aplazada…?

Tal vez, aunque resulte doloroso, deberíamos reflexionar sobre la visión de Auclair, especialmente por lo que tiene de anuncio de ese Reino para el cual –tal vez – deberíamos comenzar a prepararnos espiritualmente, atendiendo más a nuestra trascendencia que a nuestras necesidades materiales e inmediatas, porque, tenga o no razón Auclair, ese Reino, si no colectivamente, sí, con toda seguridad, individualmente, llegaremos a conocerlo, o a perderlo.

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