Reagan, Obama, Castro, Pinochet y los de aquí

Reagan Barack Obama recibe el premio Nobel de la Paz

Ronald Reagan fue recibido por buena parte de la opinión pública europea, especialmente la española, como un hombre risible, falto de preparación, un actor de segunda fila que llegaba nada menos que a la presidencia de Estados Unidos, el país de la competencia, y ese solo detalle debería indicarnos que algo no encajaba en el diagnóstico. Para el análisis no importaban los resultados electorales obtenidos en sus dos mandatos, y todavía menos que su plataforma a la presidencia hubiera sido el buen desempeño como gobernador del estado más potente de la Unión, California, más propenso a votar demócrata que a un republicano como Reagan. Ese hombre que cambió la correlación de poder en los Estados Unidos, otorgando al bando republicano un predominio político que aun disfruta, que es considerado uno de los grandes presidentes americanos, fue percibido en términos muy negativos por la ilustración europea. En sentido opuesto tenemos a Obama. Ha entusiasmado a los mismos que denigraban a Reagan, tanto que le dieron un ridículo Premio Nobel de la Paz prácticamente antes de empezar. Empezó como presidente en enero de 2009, y le otorgaron el Nobel de aquel mismo año. Relampagueante. Tan grotesco era, que el propio Obama, lo esconde. Pues bien, este genio de la política, según los de aquí, deja como balance la mayor pérdida de poder republicano de los últimos 80 años, que se dice pronto. Un verdadero Waterloo en términos de congresistas y senadores, federales y estatales, así como gobernadores. Reagan favorecía a los ricos, pero las clases medias y muchos trabajadores, los llamados “demócratas de Reagan”, le votaron. Obama, un demócrata progresista, ha conseguido al fin de su mandato que los trabajadores blancos, que nutrían antes a la clase media, emigraran en masa a votar a un candidato tan estrafalario como Trump

Moraleja: el candidato de las élites cosmopolitas europeas, o es derrotado, o, si gana, deja el campo sembrado de derrotas. Lo que les parece bueno desde aquí (y mira que es difícil siendo europeo no llorar ante el embrollo que nos deja Obama, Siria y Oriente Medio, Rusia), resulta rechazado por quienes lo eligen. Se lo deberían hacer mirar.

Porque el problema, la percepción deformada por la ideología hasta engendrar visiones monstruosas, no se limita a Estados Unidos, sino que se repite en términos más trágicos con dictadores como Pinochet y Castro. La opinión de Pinochet aquí es infernalmente mala, mientras que a Castro muchos aun lo califican de líder de la revolución, lo cual bien mirado tampoco es tan contradictorio con ser un autócrata sanguinario. Como apuntaba con datos contrastados el Programa Archivo Cuba, Castro ha conseguido que los trabajadores de su país tengan el salario medio de 23 euros al mes, uno de los menores del mundo, de manera que todos los cubanos que no pertenecen a la “élite revolucionaria” han de invertir su tiempo libre en buscarse la vida para sobrevivir. La economía está destruida desde hace décadas, empezando por la que era su actividad básica, la producción azucarera, hasta que Castro le metió la mano. Ha vivido y lo hace todavía primero de la subvención rusa y, después, venezolana. Seguro que el embargo de los Estados Unidos tiene un fuerte impacto, pero también es cierta la gran incapacidad del gobierno cubano que ha apuntillado al país, empezando por el sinsentido de tierras agrícolas baldías, a pesar del déficit de alimentos. Cultivarlas no es algo que impida el embargo, más bien debería haber sido un estímulo. Pero lo peor de todo son los muertos. Castro liquidó en su propio país a 7.173 personas, Pinochet menos de la mitad 3.216. Esto no exculpa al dictador chileno de sus brutalidades, pero si sitúa al cubano en el plano que le corresponde. Y no solo eso. Pinochet se marchó acatando el resultado después de perder un referéndum que retornó la democracia a Chile. Castro ha muerto en la cama, manteniendo solo, y al final con ayuda de su hermano, una férrea dictadura, que sigue encarcelando personas por sus ideas. Pinochet dejó una herencia económica muy buena, y Castro una economía de derribo, como hemos visto. Pinochet no impedía que emigrase quien quería, Castro persiguió, en casos hasta a la muerte, a quienes huían de Cuba, hasta que entendió que era mejor no ponerle puertas al campo; menos bocas que alimentar y más remesas de los emigrados cubanos no dejaba de ser un respiro. Cuba es hoy un país económicamente inviable, sin los envíos de los exiliados y la ayuda venezolana. Chile, por el contrario, es un ejemplo de buen hacer económico para América Latina. No hace falta matar, encarcelar, reprimir, ahogar la libertad para disfrutar de las “ventajas” del régimen cubano. Eso sí, con una dieta obligadamente baja en calorías, casi sin grasa animal y pocas posibilidades de consumir bebidas azucaradas, la salud de los cubanos es francamente buena. Pero para hacer régimen no es necesario desencadenar revoluciones mortíferas y regímenes totalitarios, basta con ponerse a dieta… libremente.

Pero en último término el problema de fondo no es lo que sucede fuera de Europa, sino que es nuestro, de la cultura que hemos construido aquí, que orienta nuestros juicios y decisiones, y que trasmite tamañas distorsiones. ¿Cómo vamos a diagnosticar la realidad si la visión de gran parte de quienes opinan, informan, producen cultura y política está tan distorsionada? Eso sí que es la posverdad, y no las elecciones de Trump Sin cambios radicales lo nuestro se va a hacer puñetas en una década.

Hazte socio

También te puede gustar

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no se va a publicar. campos obligatorios *

Puedes utilizar estas etiquetas HTML y atributos: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>