Realidad y mito de las “nuevas familias”

Mounier ya dejó escrito que uno de los peligros que acechan a la persona en nuestra sociedad es la manipulación del lenguaje, la trasformación del sen…

Forum Libertas

Mounier ya dejó escrito que uno de los peligros que acechan a la persona en nuestra sociedad es la manipulación del lenguaje, la trasformación del sentido de las palabras. Los regímenes totalitarios han prestado siempre una gran atención al lenguaje y sus herederos a través del extraño cóctel de la revolución cultural de los años 60, desembocaron en el lenguaje de lo políticamente correcto que hoy sufrimos, y que no es nada más que una forma masiva de censura, donde por ejemplo el negro deja de ser tal para convertirse en una persona de “color” -¿de qué color?- o, en un impreciso subsahariano. ¿Es mejor esta ocultación que proclamar la dignidad de la negritud?

Quienes más han triunfado en esta tarea de la manipulación del lenguaje son las organizaciones del homosexualismo político y de la ideología de género. Es en este contexto hay que situar las “nuevas familias” en contraposición a la familia “tradicional”.

¿Qué hay detrás del contenido de lo “nuevo”? Pues básicamente las familias monoparentales, es decir el fruto de una ruptura previa y, sobre todo y de manera destacada, no en razón de su número sino de la ideología que nos venden, las parejas homosexuales. Porque al igual que en las olvidadas leyes sobre parejas de hecho a quien fundamentalmente le importa este nuevo concepto es al homosexualismo político. Las leyes sobre parejas de hecho han pasado a mejor vida, no porque ya no se den en el mundo heterosexual, sino porque el homosexualismo político ya tiene su ley de matrimonio y aquella norma era tan solo un instrumento hacia este fin.

Históricamente y en todo el mundo la familia es la consecuencia de dos hechos previos. Uno es el matrimonio entre el hombre y la mujer cuya singularidad como institución previa e independiente del Estado radica en su complementariedad genotípica y fenotípica que es la que permite generar descendencia y educarla. Sobre esta institución se basa la sociedad tal y como la conocemos. Esta unión matrimonial y esta descendencia es la que genera los lazos de lo que llamamos familia, que enlaza a su vez unos matrimonios con otros componiendo la red social primaria sobre la que se asienta la sociedad civil y sus otras instituciones derivadas.

En el fondo de la cuestión late la siguiente premisa: Hay que destruir la idea de que existe un modelo determinado de familia, aquel que es deseable para sus miembros y para el buen funcionamiento de la sociedad. Hay que cargarse la idea de que lo mejor para el hombre y la mujer es la posibilidad de casarse y conseguir la sostenibilidad de este vínculo. Hay que cargarse que lo bueno para un niño es disponer siempre de padre y madre. Esto que es lo obvio es socavado de una manera tal bajo discursos distintos que obliga a repetirlo y recordarlo. Afirmar que existe un modelo deseable no es culpabilizar de nada a nadie, es evidente que es más deseable ser director de una gran compañía que no peón albañil, pero esto no significa que se produzca una culpabilización social de estos últimos ni que éste deba sentirse inferior, puesto que son iguales en dignidad. La idea de culpabilización en función del rol del individuo es una perversión que surge del implícito de pensar que no todas las personas poseen idéntica dignidad siempre, estén sanas o enfermas, libres o presas, ricos o pobres, homosexuales o heterosexuales. Las nuevas familias no son otra cosa que la nueva máscara del homosexualismo político para continuar la construcción de la homosociedad, arrasando con ello con todas las instituciones socialmente valiosos.

Pero una vez abierta estas dinámicas lo difícil es encontrarle un límite. Vean sino lo que dice el editorial del pasado domingo de El Mundo, cuyo director es habitual y destacado participante del programa de Jiménez Los Santos en la COPE “Dado que si la esencia del matrimonio deja de estar vinculada a la heterosexualidad y se basa exclusivamente en los lazos sentimentales y en la voluntad de convivencia, por analogía pueden caber nuevas formas de unión como el matrimonio plural, ya que el número de personas tampoco tendría por qué considerarse esencial”. En otras palabras, la poliandria y la poligamia. Como propuesta no está nada mal.

El panorama es este: Matrimonios que se disuelven por simple voluntad de uno de los cónyuges sin necesidad de que exista ninguna causa, es decir, la aplicación del repudio. El matrimonio convertido no en la institución responsable de la generación de personas y de su educación, sino un vínculs sentimental o sexual, algo insólito en la sociedad (entonces, ¿quién es el responsable institucional objetivo, con derechos y deberes específicos, de traer personas al mundo y cuidarlas de su buena inclusión en la sociedad?). Transexualismo sin necesidad de cambiar las características sexuales y por tanto, modificable a lo largo del tiempo. Mujeres que con independencia de su edad y de no tener pareja pueden, mediante fecundación artificial, tener hijos; es decir “Abuelas” con hijos en lugar de nietos, viviendo solas con ellos, como un nuevo juguete humano. Niños seleccionados por sus padres de acuerdo a criterios genéticos. “Matrimonios plurales” de acuerdo con el planteamiento del diario de Pedro J. Ramírez, que unidos al divorcio ultrarrápido, el bisexualismo, el cambio de sexo y la fecundación asistida van a generar un sistema de relaciones peor que caótico. Esto no es tremendismo, esto es simplemente unir todos los elementos legales que ya existen y proyectarlo en su funcionamiento al futuro. La única objeción que se puede plantear a esta descripción es la de decir que este modelo será siempre minoritario. En otras palabras: que las familias “tradicionales”, esto es, la familia, ya correrán con el riesgo y el coste de mantener vertebrada la sociedad. Pero si es así, si esta es nuestra responsabilidad, nuestra también debe ser la capacidad de dirigir la sociedad. Pero, ¿por qué no es así?

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