Reflexión navideña sobre Corea del Sur

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Existe un litigio entre las dos Coreas que ahora se vuelve a activar que tiene un motivo concreto: el árbol de Navidad que Corea del Sur ha instalado en una situación cercana a la línea de demarcación que separa a los dos estados. Más que un árbol, se trata de una estructura luminosa que puede ser vista desde lejos. Corea del Norte considera que el encendido de este símbolo constituye un elemento de propaganda y una agresión, simplemente porque puede verse, aunque se encuentre en territorio soberano de Corea del Sur. El radical totalitarismo del comunismo coreano intenta censurar incluso la vista, simplemente esto, uno de los cinco sentidos del ser humano.

Este árbol tiene un detalle que es el que me hace formular está reflexión: culmina con una gran cruz. Es un hecho que vale la pena subrayar. Los árboles de Navidad, que son una tradición Nórdica que se ha extendido primero por todo el área anglosajona, especialmente Estados Unidos, y que de allí ha sido importada por Europa, no acostumbran a lucir habitualmente, aunque tampoco sea una extrañeza, símbolos cristianos. Todo es mucho más evanescente. La mayor significación que posee habitualmente es cuando se adorna con estrellas que recuerdan la estrella de Belén. En el caso coreano la referencia es mucho más directa, la cruz. Y esto brinda el punto central de la reflexión. Corea no es un país de cultura cristiana, aunque el cristianismo ha enraizado y tiene un gran potencial. La iglesia coreana es dinámica y tiene muchísimo prestigio, pero la cruz sigue siendo, a diferencia de Europa, no el símbolo de una determinada cultura sino sobretodo de una fe religiosa. A pesar de ello, una sociedad cuya base cultural está enraizada en otras tradiciones religiosas, como el budismo, no tiene ningún inconveniente en que la cruz adorne este símbolo de navidad, seguramente porque encuentra una razón de coherencia entre lo que se celebra y el símbolo que lo expresa.

Situados en nuestros países de Europa, y en España de una manera particular, esta coherencia brilla por su ausencia. Cada vez más se intenta presentar la Navidad como un hecho desligado del cristianismo, cada vez se intenta ignorar lo que significa realmente la Navidad. Seguramente esto favorece una visión absolutamente deformada marcada por el híperconsumismo, pero esto no es bueno; no es bueno para la conciencia de quiénes somos, y no es bueno porque el sentido de la Navidad poco tiene que ver con este desenfreno, para los que pueden hacerlo, de consumir sin medida sino que es en realidad un mensaje de amor y de grandeza. De amor a los seres humanos y de grandeza de estos mismos seres, lo suficientemente grandes como para que Dios decidiera encarnarse en uno de sus cuerpos.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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