Refugiados: actuemos con dignidad o lo pagaremos en el futuro

Europa ha recibido ya un millón de refugiados

Europa puede destruirse a sí misma, no por la crisis de los refugiados, sino por la forma como está abordando este reto, con miedo, avaricia, incluso con tintes histéricos. Vayamos por partes. Somos vitalmente conscientes de que no es lo mismo teorizar sobre la inmigración que vivir en un barrio o una escalera con inmigrantes. En muchos casos el choque de costumbres llega a ser molesto, incluso conflictivo. El hecho de que reciban ayudas provoca recelos, incluso agravios comparativos. En el caso de los refugiados, la mitad hombres, muchos de ellos solos, la gran mayoría jóvenes y de media edad, con una visión diferente de los comportamientos de la mujer, dan lugar a actos y agresiones -muchos menos que los que explota la prensa sensacionalista- que ha llevado a serios conflictos y afrentas. Pero dicho todo esto, donde afloran lo sentimientos hay que llamar a la razón. Europa ha recibido un  millón de personas que, con la excepción de Suecia, en el resto de los países constituyen una cifra ínfima, marginal de su población. La atención a estas gentes puede dar lugar a pequeño planes de desarrollo que animen la alicaída economía europea. En muchos casos, son gente en edad de trabajar, con o sin familia, pertenecientes a nuestro equivalente de clase media, puesto que son los únicos que pueden pagar el coste del viaje a las mafias del contrabando de personas. Por tanto, hay elementos de sobra para establecer un balance positivo, y no es el menor de ellos, el rejuvenecimiento necesario, aunque modesto por las cifras, de la población europea.

Hay un millón y ya están aquí, son un hecho, y a corto plazo, por mucho que hagamos, el flujo puede disminuir, pero no cesará. ¿Qué hay que hacer? El deber de lo bueno coincide con el interés del bien común, más si hay una visión de solidaridad intergeneracional. Lo quieran o no, esta gente está aquí. Podemos hacer varias cosas. Una, tratarlos de manera indigna, encerrándolos en guetos de miseria, como el escándalo del poblado, una verdadera población de más de 5000 habitantes en las cercanías del túnel del canal de la Mancha. Podemos ayudarlos con desprecio, aplicando medidas que ofenden por la forma más que por el fondo, como la medida aprobada por el parlamento danés y que ya vienen aplicando los suizos para requisarles sus bienes personales, cosa que no hacen con sus nacionales que reciben ayudas (los inmigrantes con más recursos podrían contribuir en proporción a los mismos, recibiendo una parte menor de ayudas y todo sería más presentable). En Inglaterra se ha llegado a pintar de color rojo las puertas de sus hogares o a obligarlos a llevar un brazalete para acudir a determinados servicios.

Hemos de ser conscientes de que el trato indigno lleva aparejado la siembra de resentimiento, de no integración, y eso será terrible para el futuro de Europa, porque quienes no se integran tiene muchos números de transformarse en apocalípticos, convirtiéndose en bases formidables para el asalto europeo de la Yihad.

Por el contrario, la buena integración es la mejor terapia para disuadirla aquí y allí. Mostremos las raíces de nuestra civilización cristiana, si es que todavía sabemos encontrarlas, trabajemos con la misma excelencia con la que lo hicieron los padres fundadores cuando reconstruyeron Europa, porque podemos hacerlo, además, en unas condiciones infinitamente mejores que las que ellos soportaron. Seamos seres humanos hechos y derechos, en lugar de quejicas, temerosos e indignados porque el prójimo llama a nuestra puerta. Y que nuestros gobiernos sepan insuflar esta dignidad a sus actos y a nuestras conductas.

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