Regeneración y Renacimiento

En mi anterior artículo ‘Destrucción y Renacimiento’ preguntaba cómo articular la destruida moral colectiva, y les de…

En mi anterior artículo ‘Destrucción y Renacimiento’ preguntaba cómo articular la destruida moral colectiva, y les decía que se trata de una tarea casi imposible dada la devastación que sufrimos, pero que incluso aun así es necesario procurar un renacimiento moral basado en la ética de la virtud. Pero, ¿cómo construir esta ética común? El 10-N es una buena fecha para pensarlo juntos.

Esta tarea exige un proyecto cultural, y unos sujetos colectivos capaces de concebirlo y realizarlo. El primer paso es recuperar el concepto de virtud en la cultura común, y retornarle la comprensión popular que tenía en el pasado, porque la sociedad desvinculada ha destruido incluso su sentido. La virtud es una práctica buena cuyo aprendizaje y ejercicio permite realizar un bien sin necesidad de un complejo proceso auto deliberativo. Así, el muchacho se esfuerza porque sabe esforzarse, al igual que en el plano físico, corre porque ha corrido. Existen dos tipos de virtudes, unas son intrínsecas a una profesión, otras son de carácter general. Por ejemplo, la política requiere de la virtud específica de la amistad civil, mientras que la prudencia, la capacidad de elegir el camino bueno más adecuado para un fin, es necesaria a todos, como lo es la honestidad; de ahí que una sociedad de políticos corruptos sea el espejo de una sociedad corrupta. Nuestra cultura está construida sobre las virtudes aristotélico-tomistas, que aún perduran de forma degradada, y a las que todavía apelamos sin excesiva conciencia de ello. Se trata de recuperar ese trasfondo social desvaído, y reconstruir el edificio de la virtud en nuestro tiempo mediante un proyecto cultural y político que desempeñe unas tareas tales que estas: 1) Su conocimiento y práctica en todos los niveles de la educación. 2) La formación en la virtud de nuestras comunidades, familias, escuelas, empresas, poblaciones, asociaciones, en el periodismo, y claro está en la política. 3) Normas que favorezcan la virtud, y no recompensen la mala práctica; es decir aquella acción o estilo de vida que genera un coste social, una externalidad negativa a la sociedad. 4) Se requiere de unos acuerdos fundamentales capaces de reconocer y recompensar la virtud, no tanto en sí como por las externalidades positivas, los beneficios que aportan a la sociedad.

Todo esto que parece complejo solo lo es porque no dialogamos sobre cómo realizarlo.

Publicado en La Vanguardia el 11 de noviembre de 2014

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