Relativismo moral y dogmas liberadores

Sucede que desde la óptica relativista no existen deberes absolutos: de ninguna norma puede decirse que obligue siempre y en todo caso. Lo grav…

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Sucede que desde la óptica relativista no existen deberes absolutos: de ninguna norma puede decirse que obligue siempre y en todo caso. Lo grave es que, si no existen deberes absolutos, tampoco podremos, con coherencia, afirmar que existen derechos absolutos (de los que nunca y por nadie podamos ser despojados). Pues ya sabemos que el correlativo, la otra cara de los deberes, son los derechos; sólo en base al deber de todos y cada uno pueden afirmarse los derechos de todos y cada uno. De este modo, no habrá manera de fijar un fundamento sólido a los derechos del hombre, a los derechos naturales, ya que se supone que la naturaleza del hombre sería relativa, algo así como un cambiante y variable caleidoscopio.

No podría afirmarse, por ejemplo, que siempre y en todo caso un hombre inocente no haya de ser perseguido. Ya que tampoco esa norma moral, por hipótesis, sería absoluta y siempre cabría la excepción y en determinados casos un hombre inocente podría ser perseguido. Bastaría que se dijera que ello redunda en un bien para el conjunto de la sociedad, de una nación o de una clase social: la terrible experiencia de la violación sistemática de los derechos humanos por sistemas ideológico-políticos como el nazismo y el comunismo, que, mientras no tenían en su ideología perversa por qué tener un fundamento absoluto de la moral, no tenían por qué tener escrúpulos, y no creían en un Dios que es realidad absoluta y que nos manda hacer el bien y prohíbe hacer el mal.

Acababan absolutizando lo relativo, la razón de Estado, el bien de la nación o de una clase social. Ya dice Benedicto XVI, con sabiduría, que el totalitarismo se basa en relativizar lo absoluto y en absolutizar lo relativo. Paradójicamente, mientras no reconocían ningún fundamento inmutable a deberes y derechos del ciudadano, terminaban imponiendo pesadísimos e inhumanos deberes, al tiempo que cercenaban los más naturales derechos, a todos o una parte de la ciudadanía.

No estamos lejos, por desgracia, de revivir esos tintes históricos tiránicos. El primer paso en ese avance hacia el abismo (avance que es llamado ‘progreso’) es desarmar al hombre de sus creencias en normas morales inmutables, que siempre y en todo caso son obligatorias. La imposición a través de medios coactivos, políticos, de categorías relativistas (imposiciones educativas, como la asignatura de Educación para la Ciudadanía), o a través del monopolio de medios de comunicación que crean forzadamente un estado de opinión. Y se saluda esta dictadura del relativismo como gran liberación del hombre, mientras se esconde el proyecto totalitario a que sirve de antesala. Se saluda toda herejía, el fin de todo dogma, como aurora de la libertad del hombre.

Pero, ¿es esto cierto?: Supongamos que se pone en duda un ‘dogma’, que es radicalmente liberador, como que “Dios es bueno”. Forzosamente, o no se creerá en Dios, o, peor, aún, no se creerá que Dios sea bueno. Ahora bien, ¿qué frutos puede producir la adoración de un Dios no bueno?: un hombre que, imitando ese remedo de la divinidad, será perverso, que astutamente recurrirá a los medios más malignos para sus fines. Y hay que observar que aquellos que aparenten ser religiosos, pero que abriguen esa concepción, serán los peores.

De manera que, en la sociedad construida sobre la negación de determinados luminosos dogmas (que Dios es bueno, que nunca hay que atentar contra un inocente, etc.), nadie podría estar seguro de que no atenten contra él, de que no sea, por ejemplo, asesinado. De modo, que las herejías sobre aspectos fundamentales, como los descritos, son el mayor veneno, el mayor tóxico, el mayor disolvente de los fundamentos en que reposa una persona libre y una sociedad que resulte mínimamente humana. La negación de determinados dogmas constituye, en realidad, un suicidio personal y de la sociedad que la incuba.

Pero, salgamos al paso de una conclusión enfermiza: ¿se trataría, pues –rizando el rizo del totalitarismo– de mandar a los herejes a la hoguera? De nuevo, unos ‘dogmas’ liberadores nos invitan a condenar el error, pero no al que se equivoca; a condenar la herejía inhumana, pero a ser humano con el hereje, a pagar al mal con bien. Nos advierten también de que nadie puede juzgar el interior, la intimidad de una persona. Y que, por muy inhumano que sea lo que propicie, un hombre nunca pierde su dignidad de persona y sus derechos como ser humano o sus derechos naturales.

Concluyamos que el olvido de determinadas creencias ancladas en el corazón del ser humano, el avance hacia un relativismo suicida, convertiría nuestra sociedad en una caótica y terrible selva.

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