Resentimiento checheno y nihilismo

Existe una íntima relación entre resentimiento y nihilismo. El resentimiento es una intoxicación del alma, una alteración sustantiva de la memoria, l…

Existe una íntima relación entre resentimiento y nihilismo. El resentimiento es una intoxicación del alma, una alteración sustantiva de la memoria, la inteligencia y la voluntad cuyo origen se halla en una humillación recibida. El hombre resentido siente el deseo de destruir a su agresor, de aniquilarle, de convertirle en nada. De ahí la estrecha e íntima relación entre resentimiento y nihilismo.

Friederich Nietzsche ya captó lúcidamente esta profunda vinculación y relacionó directamente la emergencia del nihilismo occidental con la experiencia del resentimiento. Su tesis es clara y verdadera, pero, como indicó posteriormente Max Scheler, se equivocó al aplicarla al cristianismo porque, contrariamente a lo que pensaba el profeta de la muerte de Dios, el cristianismo no se funda en el resentimento, sino en la experiencia del perdón incondicional de Dios, el Señor de la vida.

El resentimento se cuece en los adentros, pero cuando explota, se manifiesta con toda su dimensión destructiva; cuando emerge a la superficie, se expresa bajo el rostro más inhumano, más brutal.

Resulta imposible comprender los bárbaros acontecimientos del Caucaso, la muerte de tantos niños inocentes, sin ahondar en la relación entre resentimiento, nihilismo y terrorismo. André Glucksmann en su magnífico ensayo en torno al 11-S, Dostoievsky en Manhattan, ya pone de manifiesto que la génesis del terrorismo está en el nihilismo, en la voluntad de destruir y de causar mal a todos, sin distinción alguna. Pero esta voluntad no nace por generación espontánea, sino que es el resultado de una experiencia anímica, de una pasión del alma, para decirlo al modo de Descartes, que es el resentimiento. El caso de Chechenia es un ejemplo paradigmático de ello. El terrorista checheno responde reactivamente a una humillación previa, a una agresión sufrida y el resentimiento cocido lentamente en su alma alimenta su voluntad destructiva.

Los analistas que profetizaron el principio de una nueva era después del monumental evento del 11-S no se han equivocado en absoluto. Vivimos en la era del resentimiento planetario, de terrorismo global. Desde el 11-S hasta el drama del Cáucaso han transcurrido apenas tres años. El 11-M, que marcó el destino político de nuestro país, constituye una expresión más de este terrorismo global que amenaza en desmoronar el frágil “orden” del mundo. En todos los casos, ya sea local o global, próximo geográficamente o lejano, el terrorismo constituye un atentado contra la vida humana y, en este sentido, vulnera el derecho más fundamental de todos y el cimento de todo el orden jurídico.

Contra el terrorismo, pues, firmeza, pero no en el sentido de Putin. Tampoco en el sentido de Bush. La “guerra contra el terrorismo” tal y como se ha articulado durant estos tres últimos años ha resultado ser ineficaz y el mundo es más inestable, mucho más que antes del 11-S. El terrorista condensa en su acto destructivo todo el odio de un pueblo entero; se convierte, de este modo, en la línea de fuga de un resentimiento colectivo que ha crecido lentamente como consecuencia de las humillaciones, vejaciones y abusos sufridos.

La comunidad internacional no debe ser indiferente a la génesis del terrorismo y debería tomar consciencia que la lógica de acción-reacción sólo nos lleva a una espiral de violencia sin límites, que se acrecienta exponencialmente. Mahatma Gandhi ya lo vió y expresó con su ejemplo otro modo de encauzar los conflictos entre naciones. Después de él vinieron Martin Luther King y Nelson Mandela entre otros. Deberíamos estar más y mejor informados de las acciones del ejército ruso en Chechenia y denunciar como Putin vulnera sistemáticamente el derecho de los pueblos a decidir libremente su futuro.

En la tragedia del Cáucaso, el terrorismo segó la vida de muchos niños inocentes. Cuando uno contempla atónito las fotografías de esos niños desnudos y ensangrentados que algunos periódicos de ámbito nacional publicaron, siente un profundo estremecimiento. Siente aversión hacia este mundo que estamos construyendo y repugnancia por el género humano. El sufrimiento de los niños y el dolor infinito, inenarrable de las madres es el resultado fáctico del resentimiento checheno. Fiodor Dostoievsky, en el siglo XIX, describe con realismo el dolor uy la explotación de los niños en la Rusia del Zar. Algunas escenas que narra en Los hermanos Karamazov nos causan temor y temblor. Pues bien, una vez más la realidad supera la ficción. Ni siquiera Dostoievsky hubiera imaginado tanto dolor.

En los albores del siglo XXI, la vida humana, la más inocente de todas, la de decenas de niños, se convierte en carnaza del resentimiento. Yo no deseo un mundo de esta naturaleza para las generaciones venideras. En estos contextos, ya no sabemos qué decir a nuestros hijos, no sabemos explicarles razonadamente el mundo en que vivimos. Max Scheler constató que el resentimiento es creador de cultura, pues bien, en este siglo sabemos que el resentimiento es creador de una cultura de la muerte y los que apostamos por una cultura de la vida y de la libertad no podemos dejarnos desalentar por tanto odio.

No quiero pensar que estamos más cerca del perverso final. Prefiero imaginar que los hombres y la mujeres de buena voluntad podrán enderezar el mundo. Quiero creer, como Paul Ricoeur, que al final, el Bien se impondrá al mal, pero cada día tengo menos argumentos para sostener esta fe.

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