Retos de la bioética (II y III)

II. ALGUNOS NUEVOS RETOS PARA LA BIOÉTICA Vamos ahora a ofrecer una visión ágil dealgunos problemas ‘de frontera’, …

II. ALGUNOS NUEVOS RETOS PARA LA BIOÉTICA

Vamos ahora a ofrecer una visión ágil dealgunos problemas ‘de frontera’, de temáticas que han surgido desde los progresos de la investigación científica y que, sin que toquen a números grandes de la población (aunque a veces sí afectan a muchas personas), son objeto de atención continua en los debates bioéticos por la presión de algunos grupos de investigadores y compañías farmacéuticas, apoyados por los medios de comunicación, y por las esperanzas que se han generado en la sociedad desde las informaciones casi constantes sobre los nuevos horizontes de la medicina. De modo especial, nos centraremos en los temas que se refieren a la fase inicial de la vida humana y a los últimos descubrimientos en el ámbito de la medicina reparadora.

1. La fecundación artificial

No buscamos ahora esbozar un cuadro global de los continuos progresos que se han dado en el ámbito de la reproducción artificial, sobre todo desde que se empezó a aplicar la fecundación ‘in vitro a la especie humana, una práctica que tiene como punto de arranque simbólico el nacimiento de la primera ‘bebé probeta’ (Louise Brown) en 1978.

Una vez que la técnica se ha introducido ampliamente en el mundo de la procreación humana y que ha generado grandes esperanzas entre quienes desean tener un hijo, millones de personas han recurrido y siguen recurriendo a las clínicas de fertilidad. En muchos casos, se trata de parejas (casadas o en unión libre) afectadas por diversos problemas de esterilidad. En otros casos, sobre todo desde hace pocos años, también acceden parejas que no quieren tener un hijo con una enfermedad genética determinada, o que desean conseguir con certeza un hijo dotado de ciertas características escogidas previamente (según motivos ‘médicos’ o de otro tipo).

Para contentar al mayor número posible de personas, los investigadores ofrecen diversos caminos para alcanzar el resultado solicitado por los padres (o por una mujer en solitario). La lista de posibilidades técnicas es larga: inseminación artificial (homóloga o heteróloga), fecundación in vitro (con la posibilidad de congelar a los “embriones sobrantes”) con sus diversas variantes (ZIFT, TET, ICSI, SUSM), diagnóstico preimplantatorio, donación de embriones y de óvulos, etc.

Los gobiernos y los parlamentos han intervenido, en ocasiones con poca competencia técnica y con escasa atención a los principios éticos en juego, para regular este nuevo ámbito de la medicina. La línea seguida en muchas leyes ha sido la de contentar al mayor número posible de personas, dejando de lado el respeto debido a la vida o la salud de los embriones, u olvidando cuál sea la modalidad correcta de ayudar (no sustituir) a los padres en su dimensión procreadora.

En esta carrera por contentar todas las peticiones, no se ha ofrecido la suficiente atención al tema que sería más importante: el problema de la esterilidad. La mayor parte de las técnicas usadas no curan la esterilidad, sino que establecen un dominio del laboratorio sobre la generación de nuevas vidas humanas.

Los resultados han sido y siguen siendo dramáticos. Aunque han nacido miles y miles de niños gracias a la fecundación in vitro, se calcula que en muchos casos por cada niño nacido con la FIVET o la ICSI han fallecido, en el camino, unos nueve embriones. Se ha llegado a peticiones absurdas y discriminatorias: se pide un niño de una raza determinada, o con un ADN concreto; o incluso, el caso fue real, se llegó a solicitar la ‘producción’ de un hijo que fuese completamente sordo para contentar a una pareja de lesbianas que también eran sordas.

Cientos de miles de embriones están congelados a más de 190 grados bajo cero en espera de lo que decidan sus padres, o se encuentran en estado de completo abandono. Se crean debates jurídicos sumamente complejos, por ejemplo si un hijo quiere saber quién fue su padre (un donador anónimo de esperma), o si una lesbiana exige ser pagada por el padre (legalmente anónimo) de un hijo obtenido a través de inseminación artificial, o si una mujer que donó sus óvulos quiere luego conocer la identidad de los hijos nacidos gracias a ella.

Ante esta situación, es necesario un esfuerzo serio y eficaz, a través de una educación capilar y de leyes bien elaboradas, para que ningún hijo empiece a existir como simple resultado de la intervención técnica, y para que nunca sean usados, en la procreación, gametos de donadores anónimos. En otras palabras, hace falta una campaña orientada a suprimir las técnicas de fecundación extracorporal (sobre todo las más usadas, FIVET e ICSI) y a prohibir la donación de esperma o de óvulos.

La Iglesia ha intervenido ampliamente en estas temáticas con dos instrucciones de la Congregación para la doctrina de la fe. La primera, titulada Donum vitae, fue publicada en febrero de 1987. La segunda, Dignitas personae, apareció en diciembre de 2008 y supuso una actualización de lo ya indicado en 1987 a la luz de los nuevos problemas en el ámbito de las técnicas reproductivas y de otros descubrimientos científicos.

Presentar de modo adecuado por qué muchas técnicas de fecundación artificial violan el respeto debido al embrión en su vida/salud y en el modo correcto de transmitir la vida (en el matrimonio, como fruto del amor, entre los esposos) es uno de los grandes retos de la bioética. Al mismo tiempo, hay que educar a los jóvenes y a los adultos en el respeto hacia la fecundidad, indicando qué comportamientos pueden dañar el funcionamiento correcto del propio sistema reproductivo, y cuáles permiten conservarlo en buenas condiciones, lo cual llevaría a una disminución notable de la esterilidad y de la infertilidad. Ello no implica dejar de lado la investigación sobre aquellas técnicas que permitan curar a las parejas que no pueden tener hijos, siempre que tales técnicas respeten el sentido genuino de la procreación humana.

De la mano de lo anterior, es urgente mejorar los sistemas de adopción de forma que pueda ofrecerse a tantos miles de hijos abandonados el cariño de parejas que los acogerán con un profundo sentido de responsabilidad, según un criterio que recomiendan algunos especialistas en el tema: la adopción es dar un hijo a unos padres, pero sobre todo es dar unos padres a un hijo.

2. Células madre (troncales) y medicina regenerativa

Una de las fronteras más recientes de la medicina contemporánea consiste en la búsqueda de caminos para reparar órganos y tejidos humanos que hayan sufrido daños por diversas causas (enfermedades o accidentes). Para ello, se está trabajando, y ya se ha llegado a algunas aplicaciones concretas, en el estudio de cultivos de diversas líneas celulares. Tocamos así el tema de las investigaciones con células madre o células troncales (en inglés, Stem cells), un ámbito relacionado con las posibles aplicaciones que tales investigaciones tendrán en el ámbito de la medicina regenerativa.

La bioética se encuentra ante estudios y experimentos de no fácil comprensión y con noticias que provocan en la opinión pública un vivo interés, en parte por las esperanzas de curación ante enfermedades sumamente graves (como el Alzheimer), en parte por los debates ante los medios usados para obtener células madre.

De un modo genérico, podemos decir que las células madres pueden tener dos orígenes: desde células extraídas de individuos con un suficiente desarrollo fisiológico (fetos, niños, adultos), o desde células obtenidas a través de la destrucción de embriones. Las primeras reciben el nombre de células madre adultas, y las segundas son conocidas como células madre embrionarias. Podrían darse más posibilidades, por ejemplo, conseguir células madre desde embriones sin destruirlos, o ‘reprogramar’ (desespecializar) células madre adultas hasta convertirlas en células madre embrionarias, etc.

Aquí podemos ofrecer un criterio que vale, en general, para cualquier tipo de experimentación: nunca puede ser justo un experimento que implique daños graves en los seres humanos que participen en tal experimento. Este criterio se aplica en dos perspectivas: no es correcto perjudicar (o incluso destruir) la vida de un ser humano en vistas a curar (potencialmente) a otro; y no es correcto poner en marcha un experimento potencialmente terapéutico para un enfermo si los riesgos del mismo son muy elevados, tanto que llegarían a neutralizar los beneficios esperados.

Desde esta perspectiva, resulta claro que nunca será justo obtener células madre embrionarias desde la destrucción de embriones. Todos aquellos grupos de presión que piden con insistencia que sea posible usar los mal llamados ‘embriones sobrantes’ están simplemente defendiendo que unos seres humanos tengan permiso para destruir y usar como si se tratase de animales de laboratorio a otros seres humanos, los más débiles, los más frágiles, los más necesitados: los embriones.

Igualmente será injusta cualquier técnica que intente producir embriones humanos simplemente para usarlos (y destruirlos) luego en diferentes tipos de experimentos. Como también es injusto cualquier experimento que implique manipular óvulos hasta el punto de activarlos a través de una transferencia nuclear o de otra manera, si no existe certeza (una certeza difícilmente alcanzable) que tales óvulos no se han convertido en embriones humanos, aunque estén tan ‘dañados’ que sea imposible que se desarrollen de modo correcto. La breve existencia de un embrión, intencionalmente ‘fabricado’ como no viable según la técnica usada, no otorga ningún permiso para usarlo como objeto, como material biológico de interés para los laboratorios.

Respecto de las células madre adultas (obtenidas desde seres humanos suficientemente desarrollados) hay muchas esperanzas y no existen objeciones éticas graves, pues en principio resultaría posible obtenerlas sin provocar daños en el donante. Queda por recordar que el uso de tales células debe realizarse con la máxima certeza (alcanzable dentro de los límites de la ciencia empírica) de que no se vayan a producir daños en quienes las reciban en un transplante.

Para este tema, como para cualquier experimentación realizable desde seres humanos y sobre seres humanos, vale la idea según la cual no todo lo técnicamente posible se convierte de modo automático en algo moralmente aceptable, según una fórmula que aparece en la instrucción Donum vitae. Contamos, además, con un juicio autorizado en la instrucción Dignitas personae, que habla sobre las células madre en los nn. 31-35, y que ofrece los criterios éticos sobre este nuevo ámbito de la investigación biomédica.

La documentación sobra las células madre es enorme. Como fuente informativa y como reflexión ética es útil el siguiente estudio: J. Suaudeau, Le cellule staminali: dall’applicazione clinica al parere etico, in Pontificio consiglio per la famiglia, Famiglia e questioni etiche, volume 2, EDB, Bologna 2006, 309-418 (con una amplísima bibliografía actualizada).

3. Clonación

En estrecha relación con los dos ámbitos apenas considerados (reproducción artificial, células madre) ha surgido un amplio debate sobre la clonación humana, especialmente desde que en 1997 fuera publicada la noticia sobre la clonación de la oveja Dolly, y desde las ulteriores noticias sobre clonaciones conseguidas en otros mamíferos. El debate cobra una especial viveza ante noticias que aparecen de vez en cuando, algunas de las cuales han resultado ser un auténtico fraude, sobre posibles clonaciones de embriones humanos.

Numerosos países y la comunidad internacional en su gran mayoría han expresado su condena respecto del posible recurso a la clonación reproductiva, orientada a conseguir el nacimiento de seres humanos idénticos (al menos respecto del ADN en el núcleo) a otros seres humanos. Sin embargo, se ha producido división de opiniones a la hora de juzgar sobre la licitud o ilicitud de la mal llamada ‘clonación terapéutica’ de embriones humanos.

¿De qué se trata? La ‘clonación terapéutica’ sería una técnica con la que se obtendrían (hipotéticamente) embriones humanos destinados a ‘donar’ (a través de su destrucción) células madre embrionarias, con las que se podrían realizar diversos experimentos, orientados especialmente a dos fines: para conocer mejor qué mecanismos químicos y de otro tipo explican la diferenciación celular en las distintas etapas de desarrollo embrionario; y para obtener células madre embrionarias con las que realizar cultivos celulares y transplantes con los que curar a personas enfermas, evitando los problemas de rechazo que suelen producirse si el ADN de las células o tejidos transplantados es distinto del que posee el sujeto beneficiado.

El juicio ético ante estas dos posibilidades es claro: nunca será correcto posesionarse del inicio de nuevas vidas humanas, como se haría con técnicas que, además de recurrir a la fecundación extracorpórea, estarían orientadas a imponer un ADN determinado a un embrión humano, que así sería tratado casi como si fuera un objeto o un animal de laboratorio. Es más grave la situación cuando no sólo se impone un ADN al embrión clonado, sino que además tal embrión es destinado a su destrucción (en la ‘clonación terapéutica’), como ha recordado de modo claro la instrucción Dignitas personae en los nn. 28-30.

Queda en discusión un procedimiento, todavía en fase experimental, de transferencia a un óvulo de un núcleo de una célula adulta que haya sido alterado, lo que permitiría, hipotéticamente, que el resultado de tal transferencia no llegase a ser nunca un embrión. Tal técnica recibe el nombre de ANT (Altered Nuclear Transfer). Ante esta nueva posibilidad ha de aplicarse el criterio de cautela: mientras no exista certeza de que el resultado de esta técnica no sea un embrión humano, tales experimentos no pueden ser llevados a cabo sobre óvulos humanos, como recuerda Dignitas personae en el n. 30.

Sobre el tema de la clonación y de algunas técnicas de transferencia nuclear, cf. M. López Barahona – S. Antuñano Alea, La clonación humana, Ariel, Barcelona 2002; Pontificia Academia pro Vita, Reflexiones sobre la clonación, Libreria Editrice Vaticana, Città del Vaticano 1997; F. Pascual, «Clonación, antropología y ética», Alpha Omega 10 (2007), 225-244.

4. Genoma humano, ingeniería genética y diagnóstico prenatal

El mundo de la biología está alcanzando notables progresos en el conocimiento del genoma humano y en aquellas técnicas que puedan introducir modificaciones en el mismo o en otros seres vivientes.

Estamos ante un tema novedoso, aunque en el pasado hubo formas más o menos serias para cruzar diversos tipos de plantas o animales, si bien se carecía de conocimientos sobre el ADN, su funcionamiento y sus posibilidades. En la actualidad, los laboratorios pueden modificar los cromosomas de plantas y de animales, sea en su origen (es decir, en los gametos que darán lugar a un nuevo individuo, o en el embrión en sus momentos iniciales), sea en sucesivas fases de desarrollo (con alteraciones de algunas células que no modificarían, en principio, la estructura de todo el organismo vivo, sino sólo la de algunos de sus tejidos u órganos).

La aplicación de estas técnicas en el mundo de las plantas y de los animales ha de ser regulada por la bioética, en el sentido de que deben ser evitados aquellos experimentos que puedan provocar daños de gravedad en el equilibrio ecológico de una región o de todo el planeta. Al mismo tiempo, hay que evitar miedos excesivos que puedan bloquear investigaciones (por ejemplo, sobre los organismos genéticamente modificados, OGM) orientadas a ofrecer importantes beneficios a un nivel de riesgo muy bajo.

Respecto del ser humano, son válidas aquellas investigaciones orientadas a intervenir sobre el gen de algunas células de un individuo adulto para ayudarle a superar una enfermedad, en el respeto de los criterios que toda experimentación debe acoger. Este tipo de actuación es conocida como terapia génica sobre células somáticas, y es considerado positivamente en la instrucción Dignitas personae (n. 26).

En cambio, es éticamente incorrecta la ingeniería genética cuando se aplica para modificar el ADN completo de un individuo (al intervenir sobre los gametos o sobre el zigoto) en orden a conseguir un ser humano adulto al que se le haya impuesto un cierto modo de ser, o intervenir en su información genética simplemente para “mejorarlo”, sin que exista ninguna necesidad médica para tal intervención. Sobre el tema contamos con el juicio autorizado de Dignitas personae, nn. 26-27.

Los estudios sobre el genoma humano han llevado a un notable progreso en las técnicas diagnósticas, incluso antes del nacimiento, para conocer aquellos factores de riesgo que predisponen o que provocan de modo inevitable enfermedades o defectos más o menos graves. El uso de este conocimiento en clave terapéutica (para ofrecer una ayuda a las personas en el decurso de su vida, incluso en la etapa prenatal) es perfectamente legítimo y promoverá una medicina mucho más precisa y personalizada. Pero es totalmente injusto usar los estudios genéticos para establecer discriminaciones y para aumentar una práctica ya presente en muchas sociedades: la que convierte el diagnóstico prenatal en una especie de sentencia de muerte, al recurrirse de modo casi automático al aborto eugenésico cuando se descubre en el hijo alguna enfermedad cromosómica.

A este respecto, es oportuno evocar las palabras dirigidas por el Papa Benedicto XVI a un congreso organizado por la Academia Pontificia para la Vida con el título “Las nuevas fronteras de la genética y el riesgo de la eugenesia” (21 de febrero de 2009):

“Es necesario confirmar que toda discriminación ejercida por cualquier poder sobre personas, pueblos o etnias en virtud de diferencias debidas a reales o presuntos factores genéticos es un atentado contra la misma humanidad. Hay que confirmar con fuerza la misma dignidad de todo ser humano por el hecho mismo de haber llegado a la vida. El desarrollo biológico, psíquico, cultural o el estado de salud no pueden convertirse nunca en un elemento de discriminación. Es necesario, por el contrario, consolidar la cultura de la acogida y del amor que testimonian concretamente la solidaridad hacia quien sufre, derribando las barreras que la sociedad levanta con frecuencia discriminando a quien tiene una discapacidad o sufre patologías, o peor aún, llegando a la selección y el rechazo de la vida en nombre de un ideal abstracto de salud y de perfección física”.


III. A modo de conclusión


Los retos que debe afrontar la bioética son numerosos y exigen un trabajo continuo de actualización y de estudio para establecer puentes a través de los cuales hacer presentes a los hombres y mujeres de nuestro tiempo los principios éticos y las urgencias que deben ser atendidos en el mundo contemporáneo.

Como vimos al inicio, la bioética no puede sucumbir al estado de asedio en el que actualmente vive. La continua sucesión de noticias sobre descubrimientos científicos, y las discusiones sobre tantos temas de frontera no deben ser motivo para perder de vista lo fundamental. En toda actividad médica y científica, hay que reconocer la dignidad de cada ser humano en las distintas fases de su existencia, y hay que elaborar aquella ética capaz de promover una medicina a la medida del hombre. “La confianza en la ciencia no puede hacer olvidar el primado de la ética cuando está en juego la vida humana” decía Benedicto XVI en el discurso, antes citado, del 21 de febrero de 2009.

La bioética sostendrá o promoverá, entonces, sistemas sociales y políticos atentos a la salud, al trabajo seguro y al ambiente; modos de vivir y de comportarse en los que se conserve el patrimonio de la propia integridad física y psicológica. Se convertirá en el mejor aliciente para una “movilización general” (usando una fórmula empleada por Juan Pablo II en la encíclica Evangelium vitae, n. 95) que contrarreste tantos signos de la cultura de la muerte, para que cada vez sea más real y concreta una auténtica cultura de la vida. Ese es quizá el mayor reto de la bioética, de ayer, de hoy y de siempre, por el que vale la pena una disciplina a la vez anciana y joven.

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