Retratos del Medioevo, de Gerardo Vidal Guzmán

El Medioevo ha sido a menudo deformado tanto cuando se ha intentado reducir a una época de oscurantismo como cuando se ha edulcorado su realida…

El Medioevo ha sido a menudo deformado tanto cuando se ha intentado reducir a una época de oscurantismo como cuando se ha edulcorado su realidad desde posturas más o menos románticas. Tales deformaciones, especialmente la primera, han calado hondo en el imaginario occidental contemporáneo. Es por ello de agradecer todo intento de acercar tal época al público no especializado. Y una manera de intentarlo es a través del popular género biográfico. Si a esto le sumamos la concisión, la huida de complicaciones literarias innecesarias y alguna anécdota divertida cada dos o tres páginas, obtendremos una idea certera del contenido y de la intención de estos Retratos del Medioevo.

El autor, que ya experimentó este género en series precedentes de Retratos de la Antigüedad Griega, de la Antigüedad Romana y de la Primera Cristiandad, consigue ofrecer un cuadro creíble de la época. Más allá de los personajes concretos en torno a los cuales gira cada uno de los capítulos, nos muestra las relaciones entre los ámbitos de la piedad, de la intelectualidad, del arte; de tal manera que la Edad Media resplandece como un tapiz estampado con una amplia pluralidad de colores pero con una unidad de fondo que la trasciende.
El contraste entre caracteres humanos discrepantes, la amplia variedad de respuestas a unos mismos retos, todo encuentra cabida en uno u otro momento al repasar las trayectorias de los medievales más ilustres. Desde el hombre corriente que conquista el mundo a pesar de sus orígenes al aristócrata que se hunde en la miseria de su propia ambición. Desde San Benito a Dante, desde Mahoma a Guillermo de Occam, desde Carlomagno a Giotto; uno a uno van desfilando ante el lector estos grandes protagonistas de la Historia. A través de ellos, asistimos al nacimiento y a la consolidación de la Cristiandad; a las sucesivas crisis y reformas de la Iglesia; a las transformaciones en el arte que desembocarán en el gótico; a la sed de sabiduría cristiana que impulsará las tareas intelectuales monásticas y el nacimiento de las universidades. El autor no se arredra ante cuestiones espinosas como las cruzadas, la inquisición, el Islam, los templarios, etcétera. Sin caer en angelismos, permite ir algo más allá de los habituales prejuicios en tales cuestiones y reubicarlas en coordenadas de debilidades humanas, proyectos fracasados, etcétera, pero todo ello sin perder de vista un juicio acerca del conjunto de la época que resulta esclarecedoramente positivo.
Son de especial interés los capítulos dedicados a San Benito, San Gregorio Magno y Gregorio VII para comprender que la Iglesia también en la Edad Media pasó por períodos de profundas dificultades, pero que la Providencia suscitó para cada época los carismas adecuados para afrontarlas con sabiduría. Algo menos interesantes, aunque quizás más cautivador en función de los intereses del lector, son los capítulos dedicados al nacimiento del amor cortés en torno a figuras como Leonor de Aquitania y el trobador Bernard de Ventadour. Para la evolución del arte, es ilustrativa la genealogía del gótico en que el Abad Suger desempeña un papel fundamental así como el realismo pictórico de Giotto, origen de las grandes revoluciones artísticas posteriores. Por supuesto no podía faltar una síntesis de las biografías de santos tan conocidos como San Bernardo, Santo Domingo, San Francisco, etcétera. Y respecto a santo Tomás de Aquino, el autor, siguiendo al genial Chesterton, recoge estas elocuentes palabras, que pueden servir como resumen de la imagen del medioevo transmitida en este volumen: “[santo Tomás de Aquino] ejerció en su gran cabeza una hospitalidad tan generosa como magnánima, y lo mismo continuó haciendo después de muerto. Su amor por la verdad y su total desinterés por cualquier mezquino prurito de originalidad han contribuido a hacer de su obra un hito en la cultura filosófica de Occidente y continúan siendo razón suficiente para que el mundo católico lo proponga como el punto de referencia más insigne de los que ha producido el pensamiento cristiano” (página 234).
Gerardo Vidal Guzmán
Retratos del Medioevo
Rialp
Madrid, 2008
293 páginas
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