Richard M. Weaver: la sociedad moderna y la psicología del niño malcriado

Extractamos una parte del libro “Las ideas tienen consecuencias” publicado en junio de 2008 enEspaña por editorial Ciudadela. En p…

Extractamos una parte del libro “Las ideas tienen consecuencias” publicado en junio de 2008 enEspaña por editorial Ciudadela.

En palabras de su autor, Richard Weaver, durante aproximadamente cuatro siglos, el hombre ha creído que su redención dependía de que supiera conquistar la naturaleza. Debe de ser por ello que el hombre moderno piensa que el cielo no es más que espacio y tiempo y, como puede verlo todo a través de su gran linterna mágica, cree que la redención es cosa fácil de obtener. Su comportamiento explica la psicología de las masas urbanas, que es psicología de un niño malcriado.

Los científicos lo han llevado a creer que no hay nada que no pueda saber, los falsos propagandistas le han dicho que no hay nada que no pueda poseer. Como el principal propósito de los segundos es aplacar, se le han dado suficientes motivos para pensar que basta con reclamar y quejarse para obtener lo que se le antoje, en lo que no pasa de ser una faceta más del imperio del deseo.

Al niño malcriado no se le ha enseñado a comprender que puede existir alguna relación entre esfuerzo y recompensa. El niño quiere algunas cosas, pero tener que pagar por obtenerlas es manifiestamente un abuso o una expresión de mala fe por parte de sus dueños. Este escollo lo supera (…) gracias al engaño.

La degradación moral nunca puede servir de excusa, pero del urbanita, como del pagano, podemos llegar a admitirla, ya que estos seres nunca han tenido la oportunidad de salvarse. Se han visto expuestos incesantemente a una falsa interpretación de la vida, y aunque podamos lamentarlo, difícilmente puede sorprendernos lo desproporcionadas que son sus exigencias.

Se les ha hecho creer que el progreso es algo que sucede de manera automática, lo que no los predispone a afrontar obstáculos, y nada sorprendentemente han interpretado el derecho a alcanzar la felicidad como el derecho a gozar de ella, como si se tratara del derecho a voto.

Las cosas serían distintas si estos presupuestos formaran parte de alguna visión espiritual, pero como se les ha dicho que la felicidad puede alcanzarse en un mundo limitado a lo aparencial, están preparados para sufrir las desilusiones y el resentimiento que alimentan las psicosis de masas del fascismo.

Se les ha inculcado, en suma, que el mundo es una realidad previsible, de modo que cuando fuerzas imprevisibles vienen a romper el idilio que mantienen con él, naturalmente se sienten frustrados. Sus superiores en la jerarquía tecnológica han abusado de su confianza, por lo que son proclives a padecer crisis periódicas que les sirven para ajustar cuentas.

Pensemos en un habitante cualquiera de Megalópolis. La linterna mágica le ha evitado la contemplación del abismo, gracias a lo cual concibe el mundo como una máquina relativamente sencilla que basta un poco de habilidad para ponerlo en marcha. Y al hacerlo, le brinda el mundo comodidades y satisfacciones, esas mismas que los líderes demagógicos le dicen que le pertenecen por derecho propio. Pero de vez en cuando se puede entrever algún misterio, y por más que se esfuercen los ingenieros, la máquina no logra evitar del todo estas interrupciones.

Al igual que sus ancestros, tiene que enfrentarse a dificultades, pero como esto es algo que no figuraba en el contrato original, sospecha la intervención de una mano maligna y se da a la infantil tarea de culpar a otros individuos de cosas que son inseparables de la condición humana.

La verdad es que nunca se le ha enseñado a saber en qué consiste ser un hombre. Nadie le ha dicho que es el producto de la disciplina y la formación, y que debería agradecer el estar sometido a exigencias que lo obligan a crecer; éstas son ideas de las que desertaron los libros de texto con la llegada del Romanticismo. El ciudadano actualmente es hijo de unos padres indulgentes que satisfacen todos sus caprichos e inflan el ego hasta incapacitarlo para cualquier forma de lucha.

El hombre comienza a consentir este estado de cosas cuando la vida urbana se impone sobre la vida rural. Cuando abandona el campo para encerrarse en vastos recintos de piedra, cuando ha perdido lo que Thomas Browne llamaba el pudor rusticus, cuando su supervivencia depende en última instancia de una compleja urdimbre de intercambios humanos, el hombre acaba olvidando el anonadador misterio de la creación. Y comienza a vivir su condición de déraciné, de desarraigado, en un medio artificial que le impide ver la totalidad del contexto y que escapa a su control.

Innegablemente, estas circunstancias son características de la mentalidad burguesa, como nos recuerda la misma etimología de la palabra “burgués”. El habitante de las ciudades, que disfruta de comodidades de humana fabricación, no puede concebir siquiera la hipótesis de que haya fuerzas que escapan a su comprensión. Es un ser que aspira al aislamiento y desprecia y hostiga a los filósofos, profetas y místicos, a los salvajes eremitas, que insisten en desplegar ante sus ojos el tema de la fragilidad del hombre.

Parte de su embotamiento se debe a que ha sustituido la primitiva tendencia a relacionarse con otros por una impostada autosuficiencia. Si fuera capaz de concebir la presencia de algo más grande que su propio yo y de apreciar el mérito de ponerse al servicio de una causa común (es decir, de valorarla, y no simplemente consentir a ello por sometimiento), podría superar su deficiente educación aun viviendo en la ciudad. Pero en cuanto decide rivalizar en “igualdad”, ya no puede salvar esa distancia absoluta que es el individualismo. La ciudad esteriliza tan completamente al espíritu como a la carne.

Estos son hechos comprobables en cualquier sociedad, pero en la nuestra presentan un vicio añadido, por mor de la extensión de la ciencia. Si las ciudades fomentan en el hombre la creencia de que es capaz de sobreponerse a las limitaciones de la naturaleza, la ciencia le inculca la ilusión de que puede librarse del esfuerzo.

De hecho, la lección que el hombre aprende en esta escuela es que el mundo está en la obligación de garantizarle la vida a la que cree tener derecho, y le resulta más fácil aprenderla cuando además se le hace creer que la ciencia le facilitará esa tarea. La ciudad lo protege y la ciencia le da de comer: ¿qué más puede pedir un utilitarista? ¿Y qué otra lección puede extraer el hombre, como no sea la de que el trabajo es una maldición que conviene posponer todo lo posible, hasta que la ciencia descubra cómo erradicarla?

La maldición originaria desaparecerá el día en que el hombre ya no tenga que ganarse el pan con el sudor de su frente, y la publicidad se encarga de decirnos que ese día no está lejos.

Es difícil imaginar parte de defunción más claro de la idea de misión. Los hombres ya no se sienten llamados a actualizar su potencial, nada hay en su horizonte capaz de evocar remotamente las metas laborales que se ponían los constructores de catedrales.

Y sin embargo, mientras sean incapaces de proponerse algo comparable a esas metas, lo que nos aguarda es un autocomplaciente derroche de halagos y denuestos, probablemente rematado con alguna enfermedad real. Ahora que la religión ha sido convenientemente emasculada, sólo la profesión médica parece recordarnos la sabia y vieja verdad de que el trabajo es nuestra mejor terapia.

Los polos opuestos de lo actual y lo potencial generan tensiones que interrumpen el disfrute de la comodidad integral. De ahí la impaciencia que el hombre masificado siente ante los ideales.

Se dirá, y con razón, que no hay forma aparentemente más inocente de depravación que el culto a la comodidad, pero cuando aparece acompañada por sofisticados ingenios tecnológicos, la dificultad de convencer a la gente, no ya de que renuncie a ella, sino tan sólo de que considere sus consecuencias, resulta sencillamente invencible.

Una dificultad agravada, desde luego, por la casi total imposibilidad de lograr que los principios vuelvan a parecernos aceptables, tan es cierto que cuando todo contribuye a la satisfacción de nuestros deseos, la búsqueda de la comodidad ni siquiera alcanza la condición de pecado venial.

En el empeño de restaurar los valores, es fundamental observar que el grado de comodidad alcanzado y los logros de la civilización no guardan entre sí ninguna relación. Antes bien, la obsesión de la facilidad es uno de los más infalibles síntomas de decadencia, presente o inminente.

La civilización griega, por poner un ejemplo de altura, fue notablemente deficiente en comodidades materiales. Los atenienses asistían a sus tragedias sentados en piedras al aire libre. El neoyorquino de hoy se instala en una mullida butaca a ver obras correctamente clasificadas de entretenimiento.

Cuando el griego se retiraba a pasar la noche, no se tendía en un colchón de látex: se arrebujaba en su capa y dormía echado en un banco, como un pasajero de tercera clase, añadía Clive Bell. Tampoco había adquirido el hábito de quejarse por su magra dieta, y las privaciones que padecía su cuerpo no suponían obstáculo alguno al magnífico despliegue de su imaginación.

(…)

La cultura consiste, en realidad, en una infinidad de pequeñas cosas, pero entre ellas no se encuentran sofás ni camas ni baños extravagantemente decorados. Éstas son comodidades, ciertamente, para los sentidos corporales, pero como la cultura se desenvuelve imaginativamente, la persona culta, hasta cierto punto, suele vivir fuera de este mundo.

El culto a la comodidad, así, representa sólo un aspecto más de nuestra voluntad de vivir completamente inmersos en ese mundo. En el que, sin embargo, es fácil advertir una anomalía: por el mismo hecho de vivir únicamente en él y de no mantener relaciones con ese otro mundo literalmente “improbable”, se acaba atendiendo sólo a lo temporal y pasajero, con una consiguiente merma en la eficacia.

Podemos incluso sentirnos satisfechos con nuestra condena a no crear grandes obras de arte o a no practicar rito alguno, ¿pero qué pasa si además resulta que nuestra adicción a la comodidad nos incapacita para la supervivencia?

Se ha visto antes lo de que el animal gordo y fofo sucumba ante el flaco y hambriento, esa alegoría de la experiencia, y tampoco hace falta evocar los días de la degeneración romana, por más que se trate de un ejemplo ilustrativo. Quizá sea más útil centrarse en lo fundamental y preguntarse si el dichoso culto a la comodidad no será una consecuencia inevitable de esa pérdida de la fe en las ideas que conduce a la desmoralización social. Visto así, parece significativo que su origen resida en esa clase media que aspira a la moderación en todas las cosas, incluida la virtud, como observó Nietzsche.

Una vez repudiados los ideales, la gente se vuelve sensible a los pinchazos del hambre como el animal al tábano, pero este incentivo, por las razones ya señaladas, no basta para reemplazar la función del trabajo sistemático como aspiración suprapersonal. Volverse pragmático también es volverse inútil. Tocqueville, siempre atento a las consecuencias de los distintos ideales sociales, vio con claridad este fenómeno que describe así en La democracia en América:

En épocas de fe, la finalidad última de la vida se encuentra más allá de esta vida. Los hombres de esas épocas, por consiguiente, de un modo natural y casi involuntario, se acostumbran a vivir durante largos años con la mirada puesta en un objeto inmóvil hacia el que constantemente dirigen sus pasos, y aprenden lenta e insensiblemente a reprimir la multitud de deseos insignificantes y pasajeros que los acosan… Ello explica por qué las naciones religiosas han logrado frecuentemente resultados tan perdurables, ya que ocupadas únicamente de las cosas del otro mundo, descubrían el gran secreto del éxito en éste.

Las grandes ideas arquitectónicas no nacen del amor por la comodidad, pero la ciencia está constantemente diciéndole a las masas que el futuro será mejor porque las condiciones de vida se suavizarán. La suavidad como ideal de vida hace que una virtud como el heroísmo viril se convierta, como los sentimientos de los que hablaba Burke, en algo “absurdo y anticuado”.

El camino hacia la comodidad y mediocridad quedó expedito en cuanto la Edad Media abandonó la moral de Platón y adoptó la de Aristóteles. La doctrina de la prudencia racional condujo a este filósofo a declarar, en su Política, que el mejor gobierno del Estado es el que recae en la clase media. En su opinión, la vida virtuosa debía consistir en el rechazo de los extremos y la búsqueda de una vía intermedia entre opuestos, considerados dañinos.

Tal doctrina impide contemplar la posibilidad de que existen virtudes que no pierden su valor al incrementar su fuerza, que hay virtudes, como la valentía y la generosidad, que pueden ser llevadas al extremo en que el hombre se anula a sí mismo. Por descontado, la idea de humildad y modestia que esto conlleva es perfectamente ajena a las filosofías que recomiendan la búsqueda de la prosperidad y el éxito mundanos.

Con esta concepción contrasta marcadamente la de Platón (expresada certeramente, también, por el cristianismo), consistente en perseguir la virtud hasta que las consideraciones mundanas resulten superfluas.

Aristóteles no pasa de ser una especie de historiador natural de las virtudes, que se dedicó a observarlas y describirlas del mismo modo que observó y describió las técnicas dramáticas, sin atender a su dimensión espiritual. Una vida adaptada a este mundo que sepa evitar las dolorosas experiencias que deparan los extremos, incluidos los de la virtud: no en otra cosa consisten los consejos a su hijo Nicómaco.

Es fácil advertir por qué semejante teoría pudo seducir a los caballeros renacentistas y después a la burguesía. Incluso el tomismo, basado como está en Aristóteles, consiguió que la Iglesia católica se apartara de la vía ascética y la rigurosa moral de la patrística y buscara cierto grado de conformidad con el mundo. Una diferencia que ha llevado a alguno a afirmar que la diferencia entre Platón y Aristóteles es que, mientras con el primero se levantaron las catedrales, con el segundo se construyen casas solariegas.

Esta veta no se ha agotado. Está presente en (…) las Cuatro Libertades de Roosevelt, que articula los conceptos de comodidad y seguridad. Para la oposición a la filosofía, esto es, por supuesto, lo apropiado, pero otros, animados por aspiraciones espirituales, también han dado en enseñar esta doctrina, como vio Emerson: “Como Plotino, parece que el heroísmo se avergüence de su aspecto. ¿Qué pensaría si sueños dorados y castillos en el aire, afeites, cumplidos, rencillas, natas y natillas fueran la única preocupación de la sociedad?”.

Como quien ansía realizar su ideal no suele preguntar si la silla en la que le toca sentarse es blanda o si hace bueno ahí afuera, es evidente que la dificultad y la dureza son condiciones heroicas. Esfuerzo, humildad, resistencia: éstas son las cualidades del héroe, en las que el niño malcriado sólo ve calamidades de la naturaleza y malignidad humana.

NOTA: Este texto está tomado del libro de RICHARD M. WEAVER LAS IDEAS TIENEN CONSECUENCIAS, publicado porla editorial Ciudadela

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